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Resumen
- 13/01/2009 22:19 - ALGO DIFERENTE
- 28/01/2009 16:25 - ATADA
ALGO DIFERENTE

La observo mientras fuma frente a la ventana. No es que sea una chica especial, quiero decir que no es nada del otro mundo, no es muy guapa, pero tampoco es fea. No es alta, pero tampoco es baja, es una chica normal como cualquier otra, pero yo tampoco soy nada del otro mundo, también soy normal, bastante normal. Pero que importa como seamos si lo importante es lo que pasó. Lo importante es que aquella noche no sé como, terminamos haciendo algo que jamás pensé que ella y yo acabaríamos haciendo, algo diferente a todo lo que habíamos hecho antes con otras parejas. Ni siquiera recuerdo el momento en que me fijé en ella y empecé a verla como algo más que una simple amiga.
Pero la cuestión es que acabamos en esta habitación, y... ni siquiera sé por donde empezar. Yo jamás había hecho algo como aquello, y menos con alguien como ella. No sé como surgió todo, creo que me dejé llevar, ambos nos dejamos llevar. Primero cuando ella me sacó a bailar, la seguí y me dejé llevar por ella; luego, al sentir su cuerpo pegado al mío, y ese calor intenso que me transmitía, también me abandoné a ella y finalmente, cuando me pidió que nos fuéramos a un lugar más tranquilo también me dejé llevar. Por eso me llevó hasta esta habitación (su habitación) y yo me dejé. Sabía que a ella le gustaban aquel tipo de numeritos, porque ella misma me lo había contado alguna noche de confesiones a la luz de las velas; y me dejé hacer, me dejé llevar por ella. Entramos en la habitación y tras cerrar la puerta, me acorraló contra esta y me besó con pasión. Sus labios rozaron los míos y el resto del mundo desapareció para mí, traté de concentrarme sólo en ella, en sus labios dulces, en sus manos que empezaban a quitarme la camiseta. Mis manos se deslizaron hasta sus hinchados senos que acaricié muy suavemente por encima de la semitransparente blusa que llevaba.
Cuando nos separamos y pude observar la habitación, me quedé de una pieza. Aquello era demasiado para mí. Había una silla en el centro, con correas en los reposabrazos y en la parte baja de la silla, a la altura de los tobillos. En un rincón junto a la ventana había una cama de matrimonio, y justo debajo de esta, a los pies una mesa llena de vibradores, consoladores, esposas, arneses, etc. Gabriela se acercó a la silla, acarició uno de los reposabrazos muy suavemente con su mano izquierda y poniéndose detrás de esta, me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- Anda, siéntate.
Le miré expectante y nerviosa, mientras me acercaba y sus ojos me miraban con picardía. Me senté en la silla mientras nuestras mirada seguían fijas la una en la otra, como si quisieran escudriñar los pensamientos del contrario. Intuía lo que iba a pasar y en otras circunstancias lo hubiera rechazado, pero aquella mujer, con sus intensos ojos verdes, me atraía enormemente y por eso le obedecí. Nada en aquel momento me hubiera podido convencer de lo contrario, deseaba obedecerla, seguir su juego y jugarlo con ella. Tras sentarme, Gabriela se puso frente a mí, acercó su boca a la mía y volvió a besarme; sus labios me supieron a miel, haciéndome estremecer de deseo, luego sentí como descendían por mi torso desnudo, hasta mi pezón, que atrapó entre sus dientes y lo mordisqueó levemente. Sentí como mi cuerpo se estremecía con el contacto de sus dientes sobre mi piel y gemí cerrando los ojos. Siguió descendiendo, lamiendo mi piel con su lengua, hasta que arrodillándose frente a mí, llegó a los pantalones. Desabrochó el cinturón, mientras su mirada pícara, chocaba con la mía excitada; estaba guapísima con aquella expresión maliciosa y traviesa, con su largo pelo rubio cayendo a un lado. Su cara era todo un poema de rimas perfectas y por primera vez la veía tan hermosa y distinta a otras veces, era como si mis ojos la miraran de otra manera. Me bajó la cremallera del pantalón, y me lo quitó, mientras yo elevaba el culo para facilitarle el trabajo.
Mi cuerpo se quedó desnudo, ya que casi nunca llevo ropa interior, sólo en ocasiones especiales. Gabriela me miró con deseo y acercó sus dedos a mi sexo y lo tocó durante unos segundos, los suficientes para hacerme temblar de deseo, pero enseguida me ató las correas de los reposabrazos y luego las de los tobillos. Me quedé inmóvil, esperando que ella actuará. Yo la observaba y su cuerpo de curvas perfectas me iba llevando poco a poco al infierno de la pasión. Entonces empezó a contonearse frente a mí, quitándose la ropa sensualmente. Se desabrochó la falda de tubo que llevaba y la dejó caer al suelo, mientras sus caderas se movían de un lado a otro haciéndome desearla más y más. Se desabotonó la blusa sin dejar de mirarme fijamente a los ojos y moviéndose como si bailara al son de una imaginaria música, se la quitó y la dejó caer a un lado con suma delicadeza. Se giró de espaldas a mí, su retaguardia era perfecta, marcada por su columna vertebral y un culito que sobre salía en una curva perfecta que me hacía desear llevar mis manos hasta él para tocarlo, acariciarlo y amasarlo, pero no podía, las ataduras me lo impedían. Acercó sus manos al corchete del sujetador y se lo aflojó, volvió a girarse de cara a mí, sujetando el sostén con las manos. Se bajó un tirante, luego el otro y finalmente, cogió el sujetador y me lo tiró a la cara y antes de que cayera sobre mis piernas pude oler su aroma de mujer. Sus pechos redondos y firmes quedaron libres, y no pude evitar lamer mis labios resecos. Deseaba a aquella mujer como nunca había deseado a ninguna otra, quería hacerle el amor, hasta que gritara de placer, hacerla mía por primera vez, pero las ataduras me impedían levantarme de la silla y eso aún aumentaba más la sensación de deseo.
Su siguiente movimiento, tan estudiado como los anteriores, fue meter un par de dedos por la goma de las braguitas y dar una vuelta sobre sí misma, mientras movía su culo como una bailarina mora al son de la danza de los velos. Se quedó de espaldas a mí, y muy suavemente se bajó las braguitas, mostrándome su redondo y hermoso culo desnudo. Yo estaba a mil, cada vez la deseaba más, ansiaba meter mi boca entre aquellos dos cachetes, llevar mi lengua hasta su vulva y lamer, sentir el sabor de su sexo en mi boca y hacerla vibrar. Totalmente desnuda ya, se giró hacía mí tapándose el sexo con las manos. Y diciendo:
-¡Tachán! - Las apartó, mostrándome su depilado sexo.
Suspiré sintiendo el deseo quemando en mi entrepierna, y la miré fijamente. Era preciosa y sólo quería que se acercara a mí y me acariciara o me hiciera algo, cualquier cosa, quería sentir su piel pegada a la mía y su aliento junto al mío. Como si leyera mis pensamientos se acercó, acarició mis rodillas, se postró frente a mí y sus manos ascendieron por mis muslos hasta llegar a mi sexo que empezó a acariciar y manosear mientras mi cuerpo se erguía, se daba a ella, se dejaba hacer. El deseo por ella era cada vez más fuerte, a pesar de que para mí aquello era algo incomprensible, jamás había sentido tanto deseo por ninguna otra mujer. Sentí su boca sobre mi sexo, su lengua lamiéndolo y un estremecimiento cruzó mi cuerpo. Me senté al borde de la silla, con las piernas abiertas, para acercar mi sexo a su boca y facilitarle el acceso. Sus labios calientes sobre mi ardiente sexo, me hacían estremecer y estuve a punto de correrme, pero ella muy sabiamente, se apartó cuando oyó como mis gemidos se aceleraban y mi cuerpo se convulsionaba violentamente. Me desabrochó las ataduras y me dijo:
- Ven, mejor vamos a la cama.
Una vez más la obedecí y la seguí. Hubiera ido al mismísimo infierno por ella y más en aquel momento. Se tendió sobre la cama, y se acarició el cuerpo de arriba a abajo de un modo lascivo, como si quisiera atraerme hacía ella.
- Anda, dame placer, cariño - me dijo.
Me puse sobre ella sintiendo su piel ardiente y desnuda pegada a la mía, me sentía en la gloria. Luego la besé en los labios y fui descendiendo despacio, beso a beso, desde su boca, por su cuello, su hombro, hasta su pecho, en el que me entretuve chupeteando y lamiendo su pezón, mientras con mis mano lo estrujaba suavemente, tratando de mimarlo. Lo saboreé y lamí, como si fuera un niño pequeño tratando de sacarle todo el jugo. Ella gemía y se retorcía de placer, vi como su piel se erizaba; estaba preciosa y me emocionaba pensar que todo aquel placer se lo proporcionaba yo. Continué el camino descendente hacía su ombligo y metí en él mi húmeda lengua, Gabriela volvió a retorcerse de placer, y yo seguí lamiendo, separando sus piernas, hasta llegar a su clítoris. Lo busqué con la lengua y empecé a lamerlo suavemente, rodeando el mágico botón. Gabriela empezó a gemir, sus gritos llenaban la habitación de éxtasis, mientras yo seguía lamiendo, descendía con mi lengua hasta su vagina y la introducía sintiendo el gusto meloso de su sexo en mi boca, un delicioso sabor que sentía por primera vez en mi vida, lo que hacía que me pusiera a mil y deseara más y más cada vez. Volví a lamer su clítoris, mientras introducía un par de dedos en su vagina y empezaba a moverlos dentro y fuera como si fueran un pequeño pene. Gabriela aumentó el ritmo de sus gemidos, mientras su culito golpeaba el colchón con cada embate de mis dedos hacía el interior de su vagina. Empecé a explorar su punto g y a acariciarlo suavemente, intensificando el roce cada vez más, hasta que Gabriela se corrió entre gritos y gemidos de placer. Cuando dejó de convulsionarse se acercó a mí, y me dio un beso en la boca diciéndome:
- Ahora te toca disfrutar a ti, querida.
- Sí, quiero que me folles con uno de esos arneses - le indiqué señalándole la mesa.
- Para ser tu primera vez con una mujer tienes muy claro lo que quieres ¿no, querida?.
La miré con ojos traviesos sin responderle. Ambas sabíamos lo que queríamos y lo que debíamos darnos en ese momento. Por eso aquel encuentro era algo diferente a lo que habíamos hecho antes, porque para ambas era la primera vez que estábamos con otra mujer.
ErotikaKarenc (Autora Tr de Tr)
Texto de la licencia
ATADA

- Cariño, ya estoy en casa – oí su voz desde la habitación y eso me despertó un poco.
Me dolían los brazos, que seguían suspendidos de las cadenas, también me dolían las piernas, en realidad me dolía todo el cuerpo, ya que llevaba unas cinco horas allí colgada, desnuda y con los ojos vendados. Oí sus pasos acercándose a la habitación, y luego la puerta se abriéndose y a él que seguía acercándose a mí. Podía imaginar su cara de satisfacción y deseo al verme en aquella postura, indefensa ante él y ante cualquier y eso me excitó aún más de lo que ya estaba.
- Vaya, veo que has disfrutado con tu juguetito.
Entre mis piernas aún seguía en marcha el vibrador que había dejado él colocado antes de irse, se movía a baja potencia, pero la suficiente para hacerme estremecer y haber llenado mi entrepierna de jugos que descendían por mi piel hasta mis rodillas.
- Cariño he traído a un invitado – dijo Cristián - ¿Te acuerdas del chico del quinto? ¿El que nos observaba el otro día mientras follábamos en la terraza?
Afirmé con la cabeza, pues el placer que sentía no me dejaba responder ya que no podía dejar de jadear, mientras recordaba como aquel muchacho de unos 18 años nos había estado observando dos tardes atrás, cuando Cristian y yo, follábamos en la terraza. La escena que el muchacho debió ver, seguramente fue atrayente, excitante y fuera de lo normal, yo asomada a la baranda, con las tetas colgando, la muñecas atadas a la espalda, Cristián detrás de mí, sujetando por las caderas y arremetiendo con fuerza mientras tiraba de mi pelo, excitado como nunca. Seguro que desde esa tarde, cada noche sueña con ser él el que me folla de esa manera.
- Dime preciosa ¿Cuántas veces te has corrido mientras esperabas a que volviera?
Traté de serenarme, respiré hondo y respondí:
- D…Dos.
El chico joven que Cristián había traído permanecía en silencio, sólo se oía su respiración, supongo que la situación lo tenía un poco sorprendido. Verme allí extasiada, desnuda y atada a las cadenas que pendían del techo, con un arnés entre las piernas, debía ser una imagen impactante para un joven de unos 18 años.
- Bien, pues ahora vas a disfrutar de una joven verga de verdad, ¿estás dispuesta?
- Claro, sabes que sí, que haré todo lo que me pidas – respondí nerviosa y sumisa.
Aunque Cristian sabía de sobras que haría y me dejaría hacer cualquier cosa. No tenía otra opción. Con él nunca la había.
- Bien, me encanta que seas tan puta, lo sabes ¿verdad? – añadió acercándose a mí y pellizcándome un pezón, lo que me hizo gritar con cierta intensidad. – Vamos a quitarte esto ya – dijo desabrochando el arnés y sacando el vibrador de su refugio – y a ponerte más cómoda – añadió, soltando mis manos esposadas de la cadena – y ya sabes ponte sobre la mesa con ese culito bien en pompa para que nuestro amigo pueda follarte.
Obedecí, caminando con cierta dificultad los tres pasos que me separaban de la mesa que había a mi derecha. Una mesa de escritorio que sólo usábamos para eso, para que Cristián me follara a su antojo tras cada sesión de sado a la que me sometía en aquella habitación. Me incliné sobre la mesa y mostrando mi culo y mi sexo esperé. Seguía con la venda en los ojos y no podía ver nada, sólo escuchar, sentir e imaginar. Cristián le indicó al joven:
- Venga, es toda para ti.
Yo esperaba ansiosa a que el joven se acercara y no tardó en hacerlo. Sentí sus manos sobre mis caderas y su pene chocando ansioso contra mi vulva húmeda y deseosa de sentirle, lo guió con gran perfección y me penetró de una sola embestida haciéndome gemir. El muchacho empezó a acometer sujetándome por las caderas y haciendo que mi cuerpo se balanceara adelante y atrás mientras yo me apoyaba en la mesa. Enseguida empecé a sentir el placer de sus arremetidas, sentía sus huevos chocando con mis labios vaginales, su pene entrando y saliendo, rozando las paredes de mi ardiente sexy y eso me enardecía más. El chico me embestía sin parar, acelerando sus movimientos volviéndome loca de placer mientras oía como Cristián se movía por la habitación, seguramente filmando la escena, ya que le gustaba hacerlo y luego mirar las cintas. Tenía alma de vouyer.
En cada arremetida sentía como mis senos se balanceaban produciéndome aún más placer. El joven también disfrutaba de aquel momento y gemía gozando de mi sexo, su verga se hinchaba dentro de mí haciendo que mi excitación se elevara más y más. El chico aceleró más sus movimientos y finalmente se corrió llenando mi sexo con su caliente semen aunque sin conseguir que yo me corriera. Luego se apartó de mí fatigado y satisfecho, y yo me quedé semitendida sobre la mesa, exhausta y jadeante.
- Muy bien chaval – le dijo Cristián – cuando quieras repetir, sólo tienes que decírmelo.
Oí ruido, como si el chico se estuviera vistiendo y luego la puerta abriéndose y cerrándose, sin duda había salido de la habitación. Pensé que también Cristián había salido para acompañarle hasta la puerta, pero el tacto de sus dedos sobre mi húmeda vulva me sacó de mi error. Luego acercó sus manos a la venda y me la quitó.
- ¿Te lo has pasado bien? – Me preguntó.
- Sí, pero no del todo – respondí pues al no haber conseguido el orgasmo aún estaba excitada y deseosa de sentir una buena polla que me lo proporcionara.
- Bien, entonces, vístete de zorra que iremos a dar una vuelta para solucionarlo
- Pero… yo…- protesté.
- ¡Haz lo que te he dicho! – Me ordenó con voz firme abandonando la habitación.
Ir a dar una vuelta significaba que tenía en mente salir a la calle y hacerlo en un lugar público, donde cualquiera podía vernos y más a aquellas horas, ya que aún no eran las diez de la noche; cosa que yo odiaba y me daba mucha vergüenza, pero precisamente por eso, él me castigaba de aquella manera, porque sabía cuando me disgustaba que lo hiciéramos en un lugar público a la vista de cualquiera.
Como me había ordenado me puse el traje de zorra, que era un arnés con un vibrador y varias cintas de cuero que cruzaban todo mi cuerpo, desde las piernas, hasta mis senos desnudos y recorrían la espalda. Luego me puse la gabardina que solía usar en estos casos y salí de la habitación. Carlos ya me estaba esperando en la puerta con las llaves en la mano.
- ¿Nos vamos? – Me preguntó.
Caminé hacia él afirmando con la cabeza, estaba avergonzada, pero también excitada, aunque la excitación era más debida al vibrador que llevaba entre las piernas y que a cada paso entraba y salía de mi ya húmeda vagina. Salimos a la calle y caminamos un par de manzanas hasta el parque más cercano, eran ya de noche, y gracias a Dios, había poca gente en la calle, pues el frío otoñal ya empezaba a notarse. En el parque sólo nos cruzamos con un par de personas que llevaban a sus perros de paseo. Aunque ambos me miraron como si yo fuera una puta, quizás porque era evidente que bajo la gabardina no llevaba demasiada ropa, pues mis piernas desnudas así lo evidenciaban. Cristián me hizo caminar hasta un escampado donde no había nadie, excepto unos cuantos bancos y árboles. Nos detuvimos y girándose hacía mí me indicó:
- Bien, zorrita mía, ya puedes quitarte la gabardina y mostrarme ese traje de zorra.
- ¿Aquí? – Pregunté algo avergonzada.
- Sí, venga, no te hagas de rogar.
Obedecí y me desabroché la gabardina abriéndola luego para mostrar mi cuerpo semidesnudo. Me la quité despacio, mirando a todas partes y rezando para que no apareciera nadie que pudiera verme desnuda.
- Bien – dijo acercándose a mí Cristian y terminando de quitármela – Ven aquí – me cogió del brazo y me llevó hasta un árbol diciéndome – apóyate en él.
Lo hice, como siempre, obediente y dócil, me sentía abierta a él y a cualquiera que pudiera vernos y entonces él aprovechó para desabrochar el arnés y quitar el vibrador. Seguidamente, rozó mis labios untando sus dedos en los jugos que habían salido de mi sexo haciéndome estremecer.
- Perfecto, como siempre, húmeda y excitada, como a mi me gusta, que putita eres. Bien, ¿Qué quieres que haga ahora?
Era una pregunta retórica que me hacía siempre que hacíamos un paseíto de aquellos. Ya que sabía de sobras lo que quería, lo que deseaba, lo que mi excitación y mi sexo pedían a gritos.
- Follarme – gemí excitada, expuesta a él, un tanto avergonzada por si se acercaba alguien.
Oí como se bajaba la cremallera del pantalón y se lo desabrochaba, lo que me enervó aún más, a pesar de la vergüenza que aquella situación me causaba. Luego acercó su sexo al mío e introdujo el glande. A continuación me tomó por las caderas y terminó de penetrarme, haciendo que toda su verga se hundiera en mi coño. Gemí agitada, sintiendo como cada centímetro de aquel instrumento entraba en mí. Empezó el mete-saca haciéndome estremecer en cada una de sus embestidas. Primero estas fueron lentas, haciéndome notar como su sexo entraba y salía de mí, luego fue acelerando sus movimientos, torturándome con sus acometidas, empujándome hacía el tronco del árbol sobre el que estaba apoyada.
- ¡Qué calentito está ese conejito follador! –le encantaba dedicarme aquel tipo de frases que me hacían sentir como una puta, un objeto que sólo servía para ser follado - Aún puedo sentir el semen de tu amiguito dentro – musitó acercándose a mi oído, mientras yo seguía gimiendo.
Cristián continuó arremetiendo, cada vez con más fuerza, cogiéndome de mi largo y suelto pelo. Y siguió martilleándome con su pene, de modo que podía sentir sus huevos chocando contra mi clítoris, lo que provocó que mi sexo se excitara cada vez más y empezara a sentir el inicio del orgasmo, me había olvidado ya por completo que estábamos en un parque público y disfrutaba de aquel momento. También él se estaba excitando cada vez más, podía sentirlo porque su polla se hinchaba dentro de mí y su respiración se hacía más jadeante. Hasta que logró que me corriera, a la vez que también él lo hacía inundándome con su blanquecina leche. Tras eso me ordenó que le limpiara el pene. Así que me arrodillé frente a él y lo lamí y saboreé dejándolo totalmente limpio. Luego me vestí poniéndome la gabardina y volvimos a casa. Gracias a Dios, nadie nos había visto.
Una vez en la casa me cambié de ropa, me vestí y tras despedirme de Cristian salí a la calle. Caminé las tres manzanas que me separaban del lugar a donde iba, saqué las llaves de mi bolso, abrí y subí hasta el piso. Tras entrar saludé:
- Hola cariño.
Desde la cocina su voz me respondió:
- Hola cariño.
Tras quitarme el abrigo y dejarlo en la percha junto al bolso, entré hasta la cocina.
- ¿Qué tal el trabajo? – Me preguntó Max.
- Bien, ya sabes, limpiar por aquí, limpiar por allá – le respondí.
Luego me acerqué a él, que estaba preparando la cena, pegué mi cuerpo al suyo y le besé en la nuca.
- No me desconcentres ahora, ¿quieres? Por cierto, sigue sin gustarme que trabajes para ese hombre ¿cómo se llama?
- Cristian y no puedo hacer otra cosa, me paga muy bien, ya sabes.
- Sí, ¿pero es necesario que trabajes hasta tan tarde?
Miré el reloj eran casi las diez y media.
- Sí, cielo, ya sabes que además de limpiarle el piso debo prepararle la cena. Entiéndelo, amor; como tu has dicho me paga muy bien, y tal y como están las cosas no puedo perder ese cliente.
- Si, ya sé, ya… - aceptó finalmente con cierto descontento.
- Me voy a dar una ducha mientras terminas de hacer la cena – le dije.
- Bien, vale.
Me fui desnudando por el pasillo, llegué al baño, llené la bañera de agua caliente y me sumergí en ella, mientras pensaba que si hacía aquello era por el dinero, porque Cristián me pagaba muy bien y con eso de que cada dos por tres nos subían la hipoteca…
Erotikakarenc
Texto de la licencia
