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Resumen

02/09/2006

UN SIMPLE MORTAL

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(No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Canción: la tortura. Shakira y Alejandro Sanz)

  Gina, sabes perfectamente lo que debes hacer, no dejes que todo ese odio te queme el alma, porque sabes que no puedes seguir así toda la eternidad.

Mathew tenía razón, no podía seguir como un alma en pena por todos los rincones, sólo porque aquel mortal me había abandonado por su Julieta. Yo sabía perfectamente cual era la venganza que debía ejecutar.

No debes ser compasiva con los mortales y menos con los que te hacen daño, lo sabes.

Lo sé – le dije, me acerqué a él y le abracé.

Mi dulce Mathew, siempre había estado conmigo, desde el principio. Aunque ahora sólo fuéramos amigos, no podíamos vivir el uno sin el otro. Él me convirtió en lo que ahora soy, y creó este lazo indestructible que nos une eternamente. Pase lo que pase, Mathew siempre estará aquí conmigo, a mi lado. Y sé que él tiene razón cuando me dice que, o olvido a ese simple mortal o le sirvo la venganza en un plato muy frío.

Pero tendrás que ayudarme – le dije.

Lo sé, y sabes que lo haré, mi dulce Princesa.

Me encantaba que me llamara así, cuando esa palabra salía de su boca, sentía que nada podía separarme de él.

Entonces lo haremos esta noche. – le anuncié.

¿Estás segura?.

Completamente. Quiero que este fuego deje de quemarme el alma, quiero dejar de sentirme triste y desolada, quiero recuperar mis fuerzas, por eso tiene que ser esta noche, no quiero demorarlo más.

Entonces será esta noche – sentenció mi amado Mathew.

Le conté cual era mi plan y tras eso salimos a buscarle.

El mortal estaba cenando con su Julieta en un romántico restaurante del centro de la ciudad. Reían felices y ajenos a lo que les esperaba. Mathew y yo entramos en el restaurante. El mortal me reconoció nada más verme. Como no iba a hacerlo, hasta hacía un par de semanas habíamos compartido la misma cama varias noches. Me había susurrado al oído que me amaba, que yo era única y especial. Pero ahora estaba en aquella mesa, acariciando la mano de aquella Julieta, diciéndole que la amaba más que a nada en el mundo. Y mi corazón se quemaba oyendo aquello.

Tranquila. – me susurró Mathew al oído, al ver que aquellas palabras me corroían.

Nos sentamos en una mesa, cercana a la de ellos. Mathew se puso dándoles la espalda, frente a mí. Yo podía verles perfectamente desde mi sitio. Un camarero se acercó a nosotros y nos dio la carta.

¿Desean tomar algo?

Dos cafés, muy calientes – pidió Mathew. Evidentemente no nos los tomaríamos, pero debíamos tratar de aparentar la máxima normalidad posible.

Mathew abrió la carta y empezó a leerla (en realidad no la leía, trataba de escuchar y sentir los pensamientos del mortal y su Julieta), yo hice lo mismo.

Cuando nos trajeron los cafés, el mortal pidió la cuenta. El camarero nos preguntó que íbamos a cenar.

Todavía no lo tenemos decidido – dijo Mathew - ¿verdad, querida?

Afirmé con la cabeza, y el camarero abandonó nuestra mesa.

El mortal dejó el dinero en la bandejita que el camarero le había traído la cuenta, y él y la chica se levantaron de la mesa. Mathew y yo esperamos a que salieran del local, entonces también nosotros abandonamos el local.

Les seguimos, hasta que al llegar a una oscura y solitaria calle le dije a Mathew:

Ahora.

Ambos empezamos a volar a gran velocidad, en cinco segundos los atrapamos. Yo cogí a la chica, rodeándola con mis brazos por la cintura. Mathew cogió a Othello (mi dulce mortal), aunque este intentó zafarse de sus brazos, pero sin éxito. Mathew se situó frente a mí, con Othello delante de él, sujetándolo fuertemente por el cuello.

Yo, sin soltar a Julieta, incliné su cabeza hacía la derecha, y con furia clavé mis dientes en su cuello.

¡Noooooooooo! – gritó Othello en un aullido ensordecedor.

Empecé a succionar con fuerza. Y la vi a ella en la cama, con mi dulce Othello entre sus piernas, desnudos ambos, él bombeando contra ella, sudorosos los dos. Les vi jurándose amor eterno.

Miré a Othello, sus ojos vidriosos parecían mirarme con odio, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Sentí su dolor y el mío, y no puede evitar sentirme triste. Seguí succionando, quitándole la vida a Julieta, para llenarme con esa vida. Sentí las calientes lágrimas de sangre saliendo de mis ojos. Aquello era una locura, pero era mi locura, estaba loca de amor por aquel mortal.

Sentí el último suspiro de vida de Julieta, pasando a través de mis venas y la solté, dejándola caer al suelo, ya moribunda. Me abalancé sobre mi amado Othello y clavé mis dientes en su cuello. Mathew le soltó. Othello trató de apartarme sin conseguirlo, mientras gritaba:

¡Noooo! ¡Noooo! ¡Déjame!.

Pero no le hice caso, succioné su sangre igual que había hecho con la de Julieta, y de nuevo la vi a ella, pero también me vi a mí, y a él. Los dos en la misma cama, amándonos, su sexo dentro del mío, sus manos acariciando mis senos, sus labios besando los míos y su voz susurrándome al oído: "Te amo". Le solté en ese instante, me mordí la muñeca y la acerqué a sus labios:

¡Bebe! – le ordené.

¡No, Gina, no me hagas esto! – suplicó él, mirándome con compasión.

¡Bebe, condenado mortal! – grité enfurecida, poniéndole mi muñeca sobre sus labios para obligarle a succionar.

Bebió hasta que aparté la muñeca de sus labios. Tras eso, Othello cayó al suelo retorciéndose, sintiendo como su cuerpo moría para volver a renacer como un inmortal. Mathew se acercó a mí y me susurró al oído:

Muy bien Princesa, muy bien. – Su mano acarició una de mis nalgas. Sus labios besaron mi cuello desnudo y una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo.

El deseo empezó a surgir en mi, así que arrastré a Mathew hacía la pared, él se dejó arrastrar por mí, sabía perfectamente lo que quería de él. Sabía que necesitaba aquello y se dejó hacer. Cuando mi cuerpo se pegó al suyo, su sexo ya estaba totalmente erecto. Así que con suma rapidez ambos nos desnudamos.

¡Gina! – gritó Othello.

Pero no le escuché, ya no podía escucharle. Mi corazón ya no le pertenecía, ahora era de Mathew, mi dulce Mathew, mi oscuro príncipe. Su sexo erecto, expuesto ante mi, parecía pedirme que lo devorara, así que acerqué mi boca a él. Mathew puso sus manos sobre mi cabeza, mientras su mirada se perdía sobre Othello.

¡La has perdido, condenado imbécil! ¡Las has perdido a ambas! ¡Te advertí que no le hicieras daño a mi princesa o lo pagarías caro! ¡Ja, ja, ja, ja! – su risa sonó como un estruendo en mis oídos, mientras mi boca se cerraba sobre su erecto pene y empezaba a succionar.

Mis colmillos se deslizaron suavemente sobre la caliente carne, y Mathew se estremeció. Seguía riendo, mientras yo podía comprobar que dejaba de sentir los pensamientos de Othello; ya era un vampiro casi por completo, y sus pensamientos se cerraban para mí, su creadora.

Me concentré en darle placer a Mathew, acaricié sus huevos, mamé su polla y la saboreé.

¡Ven Princesa! – me pidió Mathew, haciéndome poner en pie.

Me cogió por la cintura, me elevó frente a él, aupándome, y me dejó caer sobre su pene erecto, altivo, llenándome por completo. No abrazamos. Sus labios se posaron sobre mi cuello y los míos sobre el suyo. Comencé a moverme sobre su falo erguido, mientras él me sujetaba por las nalgas, ayudándome a subir y bajar. Yo me apretaba contra él una y otra vez, sintiéndole, llenándome de él. Mi cuerpo estaba ansioso de sentirle, de amarle como hacía mucho tiempo que no le amaba. Nos miramos a los ojos. Y él me dijo:

Te amo, Princesa, te amo.

Te amo, mi oscuro Príncipe - le correspondí.

Ambos nos habíamos olvidado ya de Othello, que estaba sentado en un banco, dándonos la espalda, a unos metros de nosotros.

Me sentía llena, y amada, mientras ambos gemíamos y nos estremecíamos de placer, sintiendo la pasión que destilaban nuestros cuerpos. Una pasión única, que sólo podíamos sentir con alguien de nuestra especie.

¡Noooooo! – gritó Othello desde el banco, probablemente estaba sintiendo la pasión que había entre Mathew y yo en ese momento, descubriendo que mi amor por él estaba muriendo dentro de mí y quemándole su corazón.

Yo seguía cabalgando sobre el erecto falo de mi amado Mathew, el fuego de la pasión recorría nuestros cuerpos y nos quemaba dentro. Sentí como su pene se hinchaba dentro de mí, mientras mi vagina le estrujaba. Nuestros movimientos se hicieron vertiginosos y en pocos segundos su esencia se derramó en mi, a la vez que mi cuerpo estallaba en un demoledor orgasmo. Cuando dejamos de convulsionarnos, él me posó sobre el suelo, nos abrazamos y mirándonos a los ojos nos dijimos al unísono:

Te amo.

No vestimos, y entonces, Othello, sentado y abatido sobre el banco, me preguntó:

¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto?

Porque quitarle la vida a ella y condenarte a ti a la vida eterna era el mejor castigo para reparar el daño que me has hecho.

Sabes que no lo hice queriendo.- se justificó.

Si, pero te advertí que amar a un vampiro es duro. Que debía ser para siempre o no podría ser.

Lo sé, pero no podía amarte eternamente. Lo sabes.

Lo sé, en el fondo la culpa es mía. No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Ambos nos echamos a llorar. Mathew que estaba junto a mí, me cogió de la mano y me dijo:

Vamos, vámonos de aquí.

¿Y él? – le pregunté – Sabes que sin nosotros no podrá sobrevivir.

Mathew se acercó a Othello y le tendió la mano.

Anda, vamos, tienes muchas cosas que aprender y seguro que pronto encuentras alguna mortal que te ame eternamente.

Othello se levantó, Mathew volvió junto a mí, pasó su brazo por detrás de mis hombros y empezamos a caminar, unos pasos más atrás Othello nos seguía, abatido, mirando el cuerpo inerte de Julieta. Mathew me miró, adivinando lo que estaba pensando (él no podía leer mis pensamientos por ser mi creador) y el cuerpo empezó a arder, desvaneciéndose en pocos segundos. Y juntos los tres nos perdimos en la oscura noche.

 

Erotika, (Karenc)

02/09/2006 22:58 Autor: Erotikakarenc. Enlace permanente. Tema: General Hay 1 comentario.

17/09/2006

ALGO MÁS.

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Sé que lo nuestro es algo más. Algo más que amor, algo más que deseo, algo más que pasión.

Irene se desliza por la mesa sensualmente, mientras yo la observo, sentado en la silla que hay al final de esta. Su cuerpo menudo, pero bien formado me excita. Su pelo rubio y largo, cae refinadamente sobre sus hombros y baila al ritmo que ella lo hace. Me mira a los ojos con esos ojos verdes que tanto me gustan. Me besa desde la distancia mostrándome sus rojos y carnosos labios. Me vuelve loco Irene.

La música suena en la cadena de música y se extiende por toda la estancia. Sus manos recorren su cuerpo por encima del corto y vaporoso vestido que lleva. Veo sus muslos, firmes y bien torneados, al contraluz de la ventana que hay tras ella. Es preciosa y besaría el suelo que pisa. La amo a pesar de todo.

Ahora acaba de tenderse boca abajo sobre la mesa, con su cara frente a mí, mirándome. Sus brazos extendidos hacía mí. Los cojo y tiro de ellos para acercarla. Su cara queda a unos centímetros de la mía, la beso en los labios. Luego la hago girar, para que sus piernas queden colgando de la mesa frente a mí. Ella se tumba. Abro sus piernas, le subo la falda hasta la cintura y empiezo a besar sus rodillas.

Me encanta su piel sedosa, voy subiendo beso a beso por sus muslos, suaves y tiernos, hasta llegar a su ingle. Ella gime, se retuerce. Sé que está excitada, que me desea. Meto mis dedos por la goma de sus braguitas, blancas e inmaculadas, y las deslizo por sus piernas hasta quitárselas. Me mira expectante, sabe perfectamente lo que voy a hacer pero espera pacientemente, mientras me observa con esa carita traviesa que tanto me gusta.

¡Vamos! – Ronronea impaciente.

Acerco mi boca a su sexo y sacando mi lengua, le doy un suave y rápido lametón a su abultado clítoris. Siento su sabor dulce y salado a la vez, en mi boca. Ella suspira, se estremece y enseguida cierro mi boca sobre su clítoris, empiezo a lamerlo y chuparlo suavemente. Mi sexo se hincha entre mis piernas. La deseo más que nunca y más que nunca será mía. Muevo mi lengua por su sexo, lamo sus labios vaginales, introduzco la lengua en su oscuro agujero y ella gime. Sé que desea tenerme dentro, pero sigo con las caricias bucales. Vuelvo a su clítoris, lo chupo, lo mordisqueo con suavidad y lo rodeo con la lengua, su respiración se acelera ante el evidente síntoma de que va a correrse, por eso acelero mis caricias sobre esa mágica zona. Empieza a gritar y estremecerse presa del orgasmo, mientras yo saboreo sus jugos que salen abundantemente de su sexo. Cuando ha dejado de estremecerse, la hago bajar de la mesa, nos abrazamos y nos besamos. Su mano se pierde entre nuestros cuerpos y acaricia mi sexo por encima del pantalón.

Deslizo mi mano entre su cuerpo y el mío, acaricio su sexo erecto. Aaron suspira excitado. Le miro a los ojos y estos me dicen lo que desea, así que me agacho frente a su entrepierna. Le desabrocho la cremallera, luego el cinturón y por último el botón. Dejo caer los pantalones al suelo y acerco mi boca a su pene. Lo mordisqueo levemente por encima de la tela del slip. Me encanta ese olor que tiene. Con la boca, muerdo la goma del slip y ayudada de una mano lo deslizo hacía abajo tratando de quitárselo y liberar el magnifico instrumento, que se alza altivo y deseoso. Restriego la punta por mi cara, atrapo la verga con una mano y abro la boca. Mientras acerco mi boca al dulce instrumento observo a Aaron que me mira excitado, mordiéndose el labio inferior. Me encanta cuando hace eso, y hace que me excite más. Cierro mis labios sobre el capullo y empiezo a lamer, sin dejar de observar a Aaron que sigue mirándome. Muevo la lengua trazando círculos y chupo la punta. Hago que la polla entre y salga de mi boca. Aaron gime y yo sigo con mi labor. Lamo el tronco y desciendo hacía los huevos. Los chupeteo y me recreo saboreándolos. Estoy tan húmeda que no puedo evitar llevar una de mis manos a mi entrepierna y acariciarme el clítoris suavemente. Suspiro, gimo, Aaron me observa. Sus ojos me piden más. Y yo me pongo en pie frente a él suplicándole: .

Hazme tuya como sólo tú sabes que me gusta.

Aaron no se hace derogar.

 

La hago inclinar de espalda a mí sobre la mesa. Su culito queda expuesto ante mí y ella sabe que eso me encanta y me excita, por eso lo mueve. Esta chica sabe como volverme loco y por eso, no puedo evitar caer rendido a sus pies día tras día. Acerco mi verga erecta a su húmedo sexo y la rozo suavemente contra sus labios vaginales. Irene se retuerce, gime. Sé que me desea, pero quiero alargar este momento. Quiero que me desee aún más. Me inclinó sobre ella y beso su hombro desnudo, lo lamo ascendiendo hacía su oreja, mientras dejo mi sexo alojado entre sus piernas. Llego a su oído y lamo el lóbulo, lo mordisqueo e introduzco la lengua en el pabellón auditivo. Irene se eriza y gime:

¡Aaaaaahhhhh!

Al retorcerse mi sexo choca contra el suyo, que está tan caliente como una tea. Me incorporo y trazo una línea recta con mi dedo índice desde la base de su cuello, siguiendo toda la columna vertebral hasta llegar a la raja de su culo. Ese culo que me vuelve loco y que deseo tanto poseer. Hundo mi dedo en esa raja, la acaricio con suavidad y poco a poco busco el agujero trasero. Lo acaricio suavemente con el dedo, lo introduzco y lo muevo dentro y fuera, mientras Irene se retuerce de placer.

Siento su dedo entrando y saliendo de mi ano. Me encanta que Aaron me haga eso. Nunca, ningún otro hombre me ha hecho sentir tanto placer como él, ninguno conoce tan bien mi cuerpo como él. Sin sacar su dedo de mi ano, siento como acerca la punta de su sexo al mío y como la hace resbalar hacía mi interior. Suspiro, y empujo hacía él para que su verga me entre por completo. Quiero tenerla dentro de mí, quiero sentir ese placer que tanto me gusta sentir. Quiero que me haga morir de placer. Mi cuerpo es suyo y sólo suyo, ahora. Empieza a moverse, primero despacio. Saca su dedo de mi ano y me sujeta por las caderas, poco a poco va acelerando el ritmo como a mí me gusta y empuja cada vez con más fuerza, mientras yo gimo y le grito que quiero más, que la quiero sentir aún más adentro. Ambos gemimos y gritamos. Suspiramos. Nuestros cuerpos se aman en una unión perfecta que sólo podemos lograr el uno con el otro.

Empujo con fuerza, como sé que a Irene le gusta que lo haga. Dejo que mi sexo entre y salga del suyo con rapidez, sin compasión, empujando con fuerza. Siento las húmedas paredes de su sexo apresando el mío y enloquezco al verla moverse como un animal. Me encanta follarla así, mientras observo sus nalgas chocando contra mi pelvis. Me encanta que grite, que disfrute, que tenga todo lo que otros no han sabido darle. Sus jugos se mezclan con los míos, mientras mi mano acaricia su clítoris y ella se retuerce y me grita:

Sí, sigue así cariño, dámela toda.

Y siento que su excitada voz aún me provoca más, por eso empujo con más fuerza hacía ella y siento como las paredes de su sexo se contraen alrededor de mi erecto pene. Sé que va a correrse y yo también, por eso empujo y empujo con más fuerza cada vez.

Empiezo a sentir como mi cuerpo se convulsiona, grito, gimo, exploto en un maravilloso orgasmo, mientras sigo empujando hacía Aaron que también está a punto de correrse. Lo sé porque él también gime y empuja cada vez con más fuerza, volviéndome loca de placer. El roce de su pelvis contra mi culo me enerva y emite un agradable sonido, un golpeteo entre ambos cuerpos. Siento como su semen me llena y nuestros cuerpos se convulsionan a la vez, es el mágico momento, la cúspide de nuestro amor. Poco a poco nos vamos serenando, recobramos la compostura y Aaron se separa de mí.

Ambos nos vestimos, arreglamos nuestras ropas y miró el reloj.

¡Ostras que tarde! ¡Vamos ayúdame a poner la mesa antes de que tu querida mujercita y Toni lleguen!.

Esta bien – Me dice Aaron.

Y entonces empiezo a sentirme culpable, porque Irene, es mi mejor amiga y yo le estoy traicionando, acostándome con su marido...

Sé que no debería hacer esto, que Irene es la mejor amiga de Ana y que entre los dos la estamos traicionando. Además está Aaron, que tampoco se merece esto, pero es que Ana me vuelve loco y no lo puedo evitar. Además, mi matrimonio se ha vuelto tan monótono.....

 

 

Erotikakarenc

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17/09/2006 19:25 Autor: Erotikakarenc. Enlace permanente. Tema: General Hay 4 comentarios.
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