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EROTIKA. RELATOS Y PENSAMIENTOS

Infidelidad

TRAICIÓN

TRAICIÓN

Jamás creí que pudiera sucederme algo así y aún ahora, después de seis meses de intenso amor y apasionados encuentros entre Víctor y yo no puedo creerme que me haya sucedido a mí. Siempre pensé que estas cosas sólo pasaban en las películas, que la vida real era más dura y que… no sé, sólo sé que le amo a pesar de las circunstancias que nos rodean, a pesar de que yo esté casada con Julián, a pesar de que su mujer sea mi hermana Judith.

Todo empezó, como ya he dicho, hace seis meses. Víctor me llamó una tarde; dos días antes del cumpleaños de mi hermana. Quería prepararle una cena especial, los cuatro solos. Me dijo, que por supuesto, él me ayudaría a prepararlo todo, y sobre todo el postre, ya que él era pastelero. Quedamos el día antes de la cena para ir a comprar lo que utilizaríamos, fue una compra divertida, ya que Víctor es muy bromista y socarrón.

Debo decir, además, que Víctor es un hombre bastante atractivo, y como la mayoría de mujeres que le conocen, no puedo negar que desde el momento en que lo conocí, hace seis años, me sentí atraída por él; y esa atracción aumentó cuando Judith empezó a contarme como era Víctor en la cama. A través de ella supe que Víctor tenía un buen aparato, que le gustaba hacer el amor suavemente, e innovando en cada encuentro, haciendo de este algo especial. No le gustaba hacerlo siempre en la misma posición sino ir cambiando a medida que el momento se calentaba más y más. Y claro, a través de todas esas descripciones creo que me fui enamorando de él o por lo menos, mi deseo hacía él fue creciendo poco a poco, preguntándome como sería sentirle dentro, estar entre sus brazos y disfrutar de una maravillosa sesión de sexo de esas que mi hermana solía contarme. Y eso, unido al aburrimiento que tenía en mi matrimonio, iba acrecentando día a día la atracción que sentía hacía mi cuñado.

Lo peor, o lo mejor de aquel día, fue que justo antes de que Víctor y yo nos encontráramos frente al supermercado para comprar, Judith acababa de llamarme para contarme como iban sus cosas y sobre todo como había sido la apasionante noche que ella y Víctor habían pasado. Me contó que lo habían hecho, como siempre apasionadamente, y que por primera vez habían practicado el sexo anal. Aquello me puso a cien, sobre todo por la detallada explicación que mi hermana me hizo de cómo había ido todo.

Cuando llegué frente al supermercado temí que Víctor notara lo excitada que estaba, sobre todo porque me pareció que se me notaba, ya que tenía mucho calor y además, nada más verle, la imagen de su hermoso cuerpo desnudo y excitado se dibujó en mi mente con toda perfección. Traté de quitarme aquella imagen de la cabeza y nos saludamos y entramos en el supermercado. Durante toda la compra, Víctor estuvo muy pendiente de mí, pidiéndome consejo sobre lo que más le gustaría a Judith, etc. Al terminar de comprar, me acompaño a casa y me ayudó a subirlo todo. Tras dejarlo todo sobre la mesa de la cocina le pregunté:

- ¿Quieres tomar algo?

- Bueno – aceptó.

- ¿Una cerveza? – le ofrecí.

- Vale.

Abrí la nevera, saqué una lata y se la tendí. Él la cogió, la abrió y al hacerlo la cerveza salió a presión manchándole los pantalones justo en la zona donde quedaba su paquete. Pero yo, instintivamente cogí un trapo y le empecé a limpiar, tratando de secar el líquido. Noté como su sexo se ponía duro al rozarlo y me puse roja como un tomate. Miré a Víctor algo avergonzada y él me miró a mí, cogió el trapo y dijo:

- Deja, ya lo hago yo.

Ambos estábamos nerviosos por al situación, había un ambiente extraño entre los dos que hacía la circunstancia aún más difícil de lo que pudiera parecer.

- Lo siento – me disculpé.

Sentí como mis mejillas se ponían rojas y bajé mi mirada al suelo sonrojada. Víctor me cogió por la barbilla haciendo que le mirara directamente a los ojos y me dijo:

- No lo sientas, me has excitado sólo con un roce y… eso es algo maravilloso, ¿no?

Me quedé estupefacta al oír aquellas palabras, pero más sorprendida me quedé cuando Víctor me estrechó entre sus brazos y me besó. Cuando nos separamos yo no sabía que hacer y esta vez fue él quien me dijo:

- Lo siento.

- No, yo… - y no pude reprimir el deseo de besarle, necesitaba hacerlo y no me lo pensé dos veces.

En los siguientes minutos, todo lo que nos rodeaba desapareció, sólo existíamos él y yo; y la lujuria, el deseo nos invadieron a ambos. Y empezamos a besarnos, comiéndonos la boca, a la vez que nuestras manos exploraban el cuerpo del otro. Las de Víctor, acariciaron mi culo, subiendo la falda corta que llevaba. Yo entretanto le desabroché el cinturón, bajando la cremallera despacio, y metí la mano en busca de su erecto pene. Deseaba tenerle entre mis piernas, deseaba sentir mi cuerpo lleno de sus besos y sus deseos. Sentía mi sexo humedeciéndose cada vez más, mientras nuestras bocas se devoraban como si tuviéramos un hambre infinita del otro. Víctor metió su mano dentro de mis braguitas y buscó mi sexo que ansioso lo esperaba; mi mano estaba ya acariciando el suyo, moviéndolo de arriba abajo. Sentí como sus dedos se introducían en mi, ya húmeda, vulva y todo mi cuerpo se estremeció. Nuestras respiraciones sonaban cada vez más entrecortadas, se notaba la excitación que nos envolvía a ambos, la lujuria y las ganas de sentirnos, olvidándonos de todo lo demás, de Judith, de Julián, de nuestros respectivos matrimonio… en aquel momento y lugar sólo existíamos él y yo. Víctor me aupó y me subió sobre el mármol de la cocina. Aquello era una locura, una dulce locura, pero ninguno de los dos quería detenerla.

Mi cuñado me quitó las braguitas, mientras sus ojos se fijaban en los míos con un aire perverso. Vi como se guardaba las braguitas en su bolsillo y luego abriéndome de piernas y sin más preámbulo, hundió su boca en mi sexo. Fue una sensación sublime notar su lengua enredándose en mi clítoris. Suspiré y dejé que hiciera. Empezó a lamer, a mover su lengua sinuosa por mi sexo, produciéndome un agradable placer, algo que jamás había sentido, ya que hasta ese momento, ningún hombre me había hecho sexo oral. Sentir su lengua húmeda en mi clítoris, su boca chupeteándolo, fue algo maravilloso. Todo mi cuerpo vibraba y se estremecía a cada caricia de aquella dulce lengua. Empecé a gemir excitada, sintiendo como un cosquilleo empezaba a nacer en mi sexo, sentía que iba a correrme y mis gemidos empezaron a sonar cada vez más fuerte y más seguidos. Hasta que Víctor se detuvo ante la evidencia. Me hizo bajar del mármol, nos besamos apasionadamente, mientras yo metía la mano entre su cuerpo y el mío buscando su sexo, que asomaba por la goma del slip, estaba duro como una piedra y al rozarlo saltó, vibrando de deseo. Lo saqué y lo acaricié arriba y abajo, pero antes de que pudiera hacer nada más, Víctor me hizo dar media vuelta poniéndome de espaldas a él. Pegó su cuerpo al mío y sentí como guiaba su sexo hasta el mío, luego de un fuerte empujón me penetró. Sentir como su polla entraba en mí, fue aún mejor que sentir su lengua en mi clítoris, y como mi hermana me había contado más de una vez, podía sentirme llena con aquel falo dentro de mí. Me apoyé sobre el frío mármol de la cocina y Víctor tomándome por las caderas empezó a empujar, primero despacio, y luego acelerando sus movimientos, dándome cada vez con más furia y brusquedad. Aquel ir y venir de su sexo en el mío me hacía estremecer y gritar de placer, ambos queríamos alcanzar el orgasmo y no sólo porque lo deseáramos sino también porque sabíamos que en cualquier momento podía aparecer mi marido. Víctor masajeaba mi culo sin dejar de empujar una y otra vez y sin saber como, quizás por el placer que estaba sintiendo me dejé ir y en pocos minutos empecé a sentir como el orgasmo que llegaba. Y mi cuñado tampoco tardó mucho en descargar toda su leche dentro de mí. Cuando ambos dejamos de convulsionarnos, nos separamos y nos arreglamos la ropa y entonces al darme cuenta de lo sucedido empecé a sentirme culpable y…

- Víctor, esto no debería haber pasado… - dije con cierta tristeza.

Pensar que estaba traicionando a mi hermana y que su marido y yo habíamos tenido un momento tan apasionado y loco me encogía el corazón y me dolía en el alma.

- Lo sé, pero… no he podido evitarlo, ambos lo deseábamos.

- Sí, pero… mi hermana… Víctor, vete por favor, sal de mi casa.

- Pero… - protestó él, parecía querer justificar todo lo que acababa de suceder, cuando no tenía justificación posible para mí.

- Vete, necesito pensar, estar sola, por favor.

- Esta bien. Te llamaré.

Víctor salió de la casa y me quedé sola. Al mirar a mi alrededor me entraron unas ganas enormes de llorar porque me sentía sucia, había traicionado a mi hermana además de a mi marido y aquella era la peor de las traiciones.

Cuando llegó Julián unas horas después, ni siquiera sé como fui capaz de disimular como si nada hubiera ocurrido. Me preguntó que tal había ido la compra con Víctor.

- Bien – le respondí recordando lo sucedido en la cocina.

- ¿Has quedado con él para pasado mañana?

- No – le respondí – Mañana lo llamo.

En ese momento me di cuenta, que con toda la pasión y lo convulsionados que ambos estábamos después por lo sucedido no pensamos en quedar para la cena y para preparar toda la fiesta. Lo malo es que no sabía como podría enfrentarme de nuevo a Víctor sin caer en sus brazos, porque estaba segura de que volvería a hacerlo, porque lo deseaba, porque lo que Víctor me había hecho sentir aquella tarde, hacía mucho tiempo que no me lo hacía sentir nadie y me había gustado.

Al día siguiente, estuve media tarde dudando en si debía llamar a Víctor o no, no sabía como hacerle frente ni que decirle, pero tenia que hacerlo. Así que después de todo el día dudando y ensayando que iba a decirle, finalmente, al salir del trabajo, le llamé.

- ¿Diga? – Nada más oír su voz todo mi cuerpo empezó a temblar.

- ¿Víctor? Soy Helena, es que… - comencé a decir sumamente nerviosa – …te llamaba… para… quedar mañana.

- Sí. Oye, antes de seguir, siento lo de ayer y te prometo que no volverá a pasar – me dijo, aunque por el tono de voz me resultaba difícil creerle.

- Sí, vale, pero olvidémoslo, ¿quieres? – le pedí yo aunque en realidad, me era difícil olvidarlo.

- Esta bien. ¿Qué tal si quedamos a eso de las siete? – me sugirió.

- Vale, a las siete en casa - y sin despedirme colgué.

Estaba muy nerviosa y estaba segura de que al volver a vernos caería de nuevo en sus garras, era algo inevitable. Por eso para distraer mi mente y quitarme el sentimiento de culpa llamé a Julián.

- Hola, cariño. ¿Has salido ya de la oficina? – Le pregunté – Podría pasarme por ahí e ir a tomar algo.

- No, lo siento, cielo – me respondió él – pero tengo que terminar un informe, seguramente saldré tarde.

Indudablemente y como casi siempre, aquello era sólo una excusa tonta, yo sabía de sobras que no tenía ningún informe que terminar. Y me lo confirmó el olor a perfume de mujer que se había quedado impregnado en su ropa cuando llegó a casa, casi a las doce de la noche. Yo ya había cenado y estaba a punto de irme a la cama. Ni siquiera me pidió disculpas por llegar tan tarde, así que preferí pasar de él e irme a dormir. Poco a poco nuestro matrimonio se desintegraba, pero no parecía importarnos demasiado a ninguno de los dos. Es más, a mi me dolía lo sucedido con Víctor más por mi hermana Judith que por Julián.

Al día siguiente estuve nerviosa todo el día, imaginando una y otra vez que sucedería con Víctor y como debía reaccionar yo. Lo único que me tranquilizaba era saber que no estaríamos solos. Pero a la hora de la verdad, nada de lo que había imaginado y planeado me sirvió.

Cuando llegó a las siete en punto, fui a abrir la puerta y me quedé paralizada al verle. Estaba guapísimo, con unos tejanos que le quedaban como un guante, marcando su hermoso culito y una camiseta de manga corta.

- Hola preciosa – me saludó mostrando su esplendida sonrisa y con un atractivo gesto de seducción.

- Hola – le respondí sin dejar de mirarle, me había quedado embobada, quieta, por lo que él preguntó:

- ¿Puedo pasar?

- ¡Ah, sí, claro!

Entró y al hacerlo rozó disimuladamente mi mano. Pero su contacto aunque leve y casi imperceptible hizo que toda mi piel se erizara. Entramos en la cocina, yo le seguí como un perrito. Me moría de ganas por besarle, por ser suya otra vez, pero a la vez, dentro de mi cabeza se desataba una batalla entre la razón y el corazón, donde la imagen de mi hermana presidía el combate. No podía hacerle eso a mi única hermana, ella lo era casi todo para mí, formaba parte de mi vida, una parte muy importante y traicionarle de aquella manera, era lo peor que podía hacer.

- Bueno, ¿por dónde empezamos? - Me preguntó Víctor.

- No sé, yo… - respondí insegura – yo haré la cena, he pensado en una ensalada y algo de pescado, como te dije el otro día.

- Perfecto, yo me encargo del postre – dijo Víctor.

Víctor me explicó como haría el postre que tenía pensado hacer y le saqué los cacharros que necesitaba e inmediatamente nos pusimos manos a la obra.

Cuando puse el pescado en el horno y ya casi había terminado de hacerlo todo, miré a Víctor que estaba amasando los pastelitos que serviría de postre; estaba muy atractivo con el delantal que llevaba y una pequeña mancha de harina que se le había quedado pegada en la comisura de los labios. Y esa imagen me llevó de nuevo al paraíso e hizo discurrir mi imaginación hasta el punto de imaginarme que él y yo… pero inmediatamente saqué aquel pensamiento de mi cabeza y justo en ese instante oí la puerta que se abría.

- ¿Cómo va eso? – Oí que preguntaba mi marido.

- Hola – dijo la voz de mi hermana y al oírla me puse roja como un tomate.

Me sentí avergonzada, tanto que cuando entró en la cocina y se acercó a mí para darme un beso no pude mirarle a los ojos ni un solo momento, pero cuando se acercó a Víctor, también vi que él se sentía incómodo. Se besaron tiernamente, y luego mi hermana preguntó:

- ¿Os ayudo en algo?

- No, ni hablar – respondió Víctor – Tu eres la homenajeada, así que a sentarte al sofá.

- ¿Por qué no le enseñas los muebles nuevos de la terraza? – Le propuse a mi marido.

- Vale – aceptó este, y cogiendo a Judith de la mano se la llevó.

Cuando ambos hubieron salido de la cocina Víctor y yo nos miramos a los ojos y le sonreí, de nuevo vi la mancha de harina en su cara, que seguía justo en el mismo lugar, le sonreí y le dije:

- Tienes una mancha de harina en la cara.

-. ¿Dónde? – Me preguntó.

- Ahí – le señalé.

Hizo ademán de limpiársela pero no lo consiguió.

- No, aún la tienes – le avisé – espera.

Me acerqué a él y con mis dedos le limpie, de modo que con la yema rocé sus labios, sus carnosos y hermosos labios que parecían llamarme a gritos, pidiéndome un beso, y aunque algo dentro de mí me decía que no debía hacerlo, finalmente lo hice, le besé, hundí mi boca en la suya, busqué su lengua con ansia y la rocé; pegué mi cuerpo al suyo, y sentí el calor de su cuerpo hirviente. El deseo nos quemaba a ambos, pero la razón se impuso a esos deseos cuando sentí sus manos acariciando mi culo.

- No – dije apartándome de él – no podemos, ellos…

- Ellos están en la terraza y yo me muero por tenerte entre mis brazos otra vez.

- Víctor, es mi hermana y…

- Lo sé, pero…

Un nuevo beso abrasó mis labios y ya no pude resistirme más, yo le deseaba tanto como él a mí. Por eso dejé que sus manos me subieran la falda y se adentraran en mis carnes, todo mi cuerpo se estremeció, mi piel se me erizó y suspiré al sentir como su manos amasaban mi culo. Su sexo, a la altura de mi vientre, se hinchaba poco a poco con cada beso y cada caricia que imprimía en mi cuerpo. Mi mano se deslizó hasta ese mágico lugar, le bajé la cremallera del pantalón, busqué su pene erecto y lo saqué, todo con lujuria, rapidez y temor, pues podíamos ser descubiertos por nuestros respectivos en cualquier momento, ya que sólo unos metros nos separaban de ellos. Eso nos ponía en una situación demasiado comprometida que nos excitaba aún más. Víctor me sentó sobre la mesa donde había estado amansado los pasteles. Apartó las braguitas y acarició mi sexo húmedo y excitado. Luego, sin más preámbulos, acercó su erecto falo a mi vulva y me penetró.

Sentirle de nuevo fue algo grande y maravilloso, el deseo más esperado y ansiado de las últimas horas. Empezó a moverse entrando y saliendo en mí, y yo le abracé fuerte, como si quisiera sentirle pegado a mí, parte de mí. Nuestros cuerpos acompasaron sus movimientos y en una carrera de pasión se dieron sin límite hasta alcanzar la cima. Ni siquiera gemimos para no ser escuchados, ni descubiertos. Sentí como su sexo se hundía en mí una y otra vez, una y otra vez, mientras acallaba mis suspiros mordiendo su hombro; el también trataba de contener sus gemidos mordiendo mi cuello. Y allí en aquella cocina fuimos dos animales salvajes buscando el placer, el uno en brazos del otro. Noté como su sexo se hinchaba dentro de mí, como apretaba cada vez con más fuerza contra mí y como mi vagina se contraía apresando su polla, hasta que ambos explotamos en un maravilloso orgasmo. Y a pesar de lo peligroso de aquella situación he de decir que aquel fue el mejor orgasmo de mi vida, todo mi cuerpo tembló de pasión, de amor, de locura, al sentirlo.

Nos separamos y recompusimos nuestras ropas tratando de que todo volviera a estar en su lugar, como si nada hubiera sucedido. Traté de escuchar, pero nada se oía, al parecer mi hermana y mi marido aún seguían en la terraza.

Sin decir nada, Víctor terminó de hacer los pasteles y yo cogí los cubiertos y los vasos para poner la mesa. En ese instante escuché unos pasos que se acercaban:

- ¿Cómo va todo? – Preguntó Julián.

- Bien – le respondí sin mirarle a la cara, me sentía avergonzada.

- ¿Os ayudamos, queréis que pongamos la mesa? – Se ofreció.

- Bueno – le respondí pasándole los cubiertos y los dos vasos que tenía en la mano. ´

Él los cogió y luego me dio un tierno y suave beso en los labios. Aquel gesto me extrañó, sobre todo porque últimamente Julián era muy poco cariñoso conmigo. Salió de la cocina y entonces miré a Víctor, este me sonrió y me guiñó un ojo.

El resto de la noche fue extraña en todos los sentidos, Julián se mostró muy cariñoso conmigo, al igual que Judith con Víctor y así lo constatamos ambos mientras estábamos fregando platos y ellos veían la televisión. Hacia las doce de la noche mi amante cuñado y mi hermana se fueron y Julián y yo decidimos irnos a dormir. Aquella noche, Julián quiso hacerme el amor, pero yo no tenía ganas así que le dije que estaba muy cansada.

Desde entonces han pasado ya seis meses, seis meses de encuentros a escondidas, de momentos maravillosos, de hoteles perdidos y de promesas a largo plazo.

Y ahora camino por la avenida al encuentro de mi hermana, ayer la llamé, le dije que tenía algo que contarle, algo muy importante; estoy decidida y no quiero guardar por más tiempo este secreto. Ella también me dijo que tenía algo que contarme, lleva unos meses muy extraña e intuyo que algo le pasa.

Llego al café donde hemos quedado, me espera sentada en una de las mesas del fondo, me acercó a ella y la saludo.

- ¡Hola hermanita!

- ¡Hola! – Me responde ella.

- ¿Qué tal? – Le pregunto.

- Bien – responde ella – Quería decirte algo y… - empieza, en su voz noto que lo que quiere decirme es importante y no me va a gustar, me temo lo peor.

Pero de algún modo, yo estoy aquí para eso, ¿no? Pienso; para decírselo, ¿Qué puede ser peor si en realidad es lo que espero?

- Yo también quiero decirte algo – le digo.

- Espera, yo primero – añade mirando hacía la puerta y entonces le veo entrar, es mi marido con cara de circunstancias.

Me quedo petrificada al verle y empiezo a entender muchas cosas. Casi inmediatamente detrás de él entra Víctor y al ver la cara de Judith adivino que no se lo esperaba.

Pero lo más curioso de todo es que ante tan extraña y rocambolesca situación, Judith y yo nos echamos a reír, quizás porque el destino nos hizo una mala jugada que hoy ambas hemos decidido enmendar.

Erotikakarenc (Autora TR de TR)

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Cristales rotos

Cristales rotos

El suelo está lleno de cristales, rastros de la batalla que ella empezó. Aún me preguntó porque lo hice, porqué dañé su corazón, porque fui tan vil que sólo pude hacerle daño cuando ella es... es lo mejor de mi vida. Y ahora esta habitación vacía me parece un témpano helado sin ella, sin su olor, sin su ropa, sin sus pasos caminando y resonando sobre suelo. Y la cama es sólo un nido vacío, vacío de ella, vacío de sus gemidos, esos que me hacían sentir el más dichoso de los hombres por tenerla sólo para mí. Y ahora ella se ha ido, precisamente porque mancillé nuestro nido de amor cometiendo una locura, la mayor locura de mi vida. En el fondo me lo merezco, sí, sólo yo soy el culpable de que ella haya salido huyendo de mi vida como un gato herido. Sé que no debí hacerlo, pero la debilidad humana es más fuerte que la razón, a veces.

Aquella noche, los ojos negros de aquella mujer me hechizaron, y como empujado por el deseo me acerqué a ella, la invité a una copa y después de la primera vino la segunda y luego la tercera y al llegar a la cuarta ella me invitó a buscar un lugar más privado y yo me perdí en sus ojos negros. La invité entonces a venir a mi casa, estaba sólo y no pensé que Jennifer volviera aquella noche, esa fue mi mayor locura, mi peor error. Caminamos medio embriagados por el alcohol por las estrechas calles que llevaban a mi casa, llegamos a mi bloque y tras subir al ascensor, el primer beso estalló entre nosotros. Tras el beso, le siguieron las caricias y al llegar a mi piso ambos estábamos ya medio desnudos. Ebrios de deseo entramos en el piso. Las prendas fueron cayendo al suelo una tras otra, mientras los besos y las caricias se sucedían y como podíamos avanzábamos hasta la habitación. Caímos ya desnudos sobre la cama, mi sexo ardía, el suyo quemaba, éramos dos cuerpos sedientos de sexo. Sentí la humedad de su entrepierna cuando mi verga choco con su vulva, me introduje entre sus piernas, todo su cuerpo se estremeció al sentir como rozaba sus labios y ya no pude parar, aunque algo dentro de mí me decía que aquello no estaba bien, ya sólo pensaba en terminar, en derramarme en su interior, en dejar que mi deseo se desbocara sobre aquel hermoso cuerpo de mujer, a veces creo que era el diablo que vino a tentarme. Luego ella se colocó sobre mí y cabalgó como una experta amazona, dándome el placer que yo deseaba, haciéndome sentir su humedad y la mía, su deseo y el mío. Y así, ambos calmamos el ansia que teníamos por poseernos mutuamente, y estallamos casi al unísono en un maravilloso orgasmo. Y fue justo después, cuando nuestros cuerpos empezaban a calmarse tras el orgasmo cuando la vi. Allí, plantada en la puerta estaba Jenny, mi dulce ángel, observándome con los ojos llenos de lágrimas y odio, de tristeza y asco y no se me ocurrió otra cosa que decir la tan socorrida frase de: "Jenny, esto no es lo que piensas" pero si lo era, claro que lo era, le había engañado con otra mujer, había buscado sus besos y sus deseos en el cuerpo de otra mujer y había mancillado nuestro nido.

Después de eso, ya nada fue igual, tardé una semana en saber algo de ella y cuando la vi, le pedí perdón, y no sé porque razón, supongo que por amor, ella me perdonó, pero ya nada fue igual; la traición estaba ahí, y sus miedos aumentaban día a día. Cada vez que nos amábamos sobre nuestro nido de amor, una extraña mirada de dolor se dibujaba en sus ojos, hasta que hoy todo el dolor estalló entre sus manos. Gritó, me preguntó porqué y no supe que responderle, sólo supe decirle que la amaba.

¿Amor?, tú ni siquiera sabes lo que es el amor – me dijo simplemente ella. Y tras eso hizo la maleta y se marchó.

Y ahora mi corazón llora por ella, sufre por ella porque sé que no va volver, que ya no hay vuelta atrás y que la he perdido por una estupidez, por un deseo que quemó mi alma en una noche de locura.

 

Erotikakarenc (Autora TR de TR) Texto de la licencia

DESTINO

DESTINO

DESTINO

La avenida estaba a rebosar de gente caminando de un lado a otro y parándose frente a las tiendas para observar los escaparates, se notaba que era tarde de sábado. Elisa, Sonia y Alba caminaban entre la gente observando a su alrededor. De repente las tres se pararon ante un escaparate en el que había varios trajes de fiesta; Alba tenía que ir a una boda y estaban buscando un vestido adecuado.

- ¿Qué te parece ese rojo? – le indicó Elisa a Alba

- No está mal.

De repente una gitana pasó frente a ellas y se quedó mirando a Alba de un modo extraño.

- ¿Queréis que os lea la buenaventura? – Preguntó la gitana.

- No, gracias - respondió amablemente Sonia.

Pero cogiendo la mano de Alba y dejando la palma de esta abierta le dijo:

- Veo que antes de que acabe el día, le serás infiel a tu marido por primera vez.

- ¡Venga ya! – Dijo Alba incrédula.

Sonia y Elisa se rieron de la afirmación de la gitana, a lo que esta respondió:

- No os riáis, porque mañana por la mañana antes de la hora de comer os lo habrá contado con pelos y señales.

La gitana siguió su camino, mientras las tres amigas entraban en la tienda olvidando lo que la gitana acababa de decir. Alba se probó un par de vestidos y tras elegir uno y pagarlo, las tres amigas salieron de la tienda.

- Bueno yo tengo que irme a casa – dijo Sonia – Alfredo me está esperando para cenar e ir al teatro.

- Yo también tengo que irme – apostilló Elisa – Toni lleva demasiadas horas sólo con los niños y seguro que se la habrán armado gorda.

- ¿Ya me dejáis sola? ¡Ay, que ver! Con lo poco que me apetece pasar la noche sola en casa – a pesar de tener ya treinta y cinco años Alba aún no tenía hijos y probablemente nunca los tendría porque para Isidro, estos sólo: "Eran un estorbo que era mejor evitar".

- ¿Ya está otra vez de viaje, tu querido maridito? – Pareció burlarse Sonia.

- Sí, ya ves, otro fin de semana sola en casa.

- Qué te digo yo que este te pone los cuernos con su secretaria – añadió Elisa.

- Venga ya, no lo creo, está en un congreso de cirugía vascular en París – aclaró Alba.

- Con su secretaría, seguro – repitió Elisa.

- Bueno, la cuestión es que me dejáis sola – dijo Alba tratando de evitar el tema de la posible infidelidad de su marido.

Las tres amigas se despidieron y Alba tomó un taxi para volver a su casa, ya que iba bastante cargada con el vestido, los zapatos y el bolso que había comprado para la boda. En el taxi, mientras observaba como las calles iban pasando, volvió a recordar a la gitana y su sentencia sobre que le iba a ser infiel a su marido. Alba jamás había creído en esas tonterías del destino y de que este estaba escrito en las líneas de la mano, pero... observó su palma y aquellas líneas marcadas. ¿Estaría marcado allí su destino? ¿Sería cierto que iba a serle infiel a su marido? Bueno, si en realidad lo era, sería porque ella quisiera, pensó, no porque estuviera escrito en la palma de su mano. Inmediatamente alejó aquella estúpida idea de su cabeza. Y entonces se puso a pensar en Isidro, su marido. ¿Qué estaría haciendo? Seguramente escuchando la aburrida charla de un eminente Cirujano Vascular. Isidro no le contaba mucho de aquellos congresos, sólo lo referente a las charlas, coloquios, etc. No sabía si después de aquellas charlas salía a tomar algo con sus compañeros de carrera o si se retiraba a su habitación ó.. Y entonces las palabras de Elisa volvieron a su mente ¿Y sí Elisa tuviera razón e Isidro aprovechara aquellos congresos para serle infiel con su secretaria o con alguna enfermera? No, no podía ser, Isidro era un hombre cabal y fiel, estaba totalmente segura.

Llegó a su casa y como pudo, cargada con las bolsas, abrió la puerta. Subió y una vez frente a la puerta de su piso, introdujo la llave, la giró para abrir pero la cerradura parecía encallada. Probó algunas veces más pero la cerradura no funcionaba, y empezaba a estar desesperada cuando se acordó de su vecino. Era un joven de unos 25 años, muy atractivo, moreno y de intensos ojos verdes. Y, además, tenía un culito redondito muy apetecible, recordó Alba. Llamó al timbre y nerviosa esperó a que el chico le abriera, deseando que este no hubiera salido de marcha con sus amigos.

A los pocos segundos la puerta se abrió. Y el chico con cara de aburrimiento le preguntó:

- ¿Sí?

- Perdona que te moleste – empezó a explicarle Alba – pero es que vengo de hacer unas compras y la llave no me abre, parece que la cerradura esté encallada ¿Podrías ayudarme?

- Por supuesto – aceptó inmediatamente el muchacho.

Empezó a mover la llave, y estuvo un buen rato dándole vueltas, hasta que por fin, la cerradura cedió y la puerta se abrió.

- Muchas gracias, ¿por qué no pasas y te invito a tomar algo para agradecértelo? – Le propuso Alba al joven muchacho.

- Vale – aceptó este sin pensárselo demasiado.

Emilio, que así se llamaba el muchacho, cogió la llave de su piso, cerró la puerta de un golpe y siguió a Alba hasta el interior de su piso.

- ¿Estás sola? – Preguntó al ver que no había nadie en la casa.

- Sí, mi marido está en una de sus convenciones. ¿Qué quieres tomar? ¿Una cerveza? – Le ofreció Alba al muchacho, señalándole el sofá para que se sentara.

- Vale – aceptó este sentándose.

Alba dejó las bolsas sobre la mesa y se dirigió a la cocina.

Se sentía algo excitada al pensar que sentado en su sofá estaba ese joven al que de vez en cuando, si se lo encontraban en la escalera, le miraba el culo. Por un segundo, imaginó que el chico la hacía suya en aquel sofá, pero enseguida apartó aquellos pensamientos de su mente. Era una mujer felizmente casada y no podía permitirse tener aquel tipo de pensamientos.

Volvió al salón, con una cerveza, una coca-cola y un par de vasos, que dejó sobre la mesilla. Se sentó junto a Emilio y le llenó el vaso con la cerveza y se lo ofreció. Luego llenó el suyo de Coca-cola y se sentó en el sofá junto al chico.

- ¿No entiendo como puede dejarte sola tu marido todo un fin de semana? – Preguntó el muchacho, colocando su mano sobre la rodilla de Alba.

Al ver que Alba no decía nada ante ese gesto, el joven se tomó la libertad de acariciar la rodilla con suavidad.

- Mi marido sabe que le quiero y que puede confiar en mí – apostilló Alba.

Emilio siguió acariciando aquella fina rodilla y se aventuró a subir la mano hasta medio muslo. Muy educadamente Alba sacó la mano del chico de su muslo y se apartó un poco. El muchacho se acercó a ella y dijo:

- Yo no te dejaría nunca sola.

Alba sonrió y sin saber como sintió unos labios húmedos y calientes sobre los suyos y unos brazos que la apretaban con fuerza. Tras aquel robado beso, Alba musitó:

- No.

Pero aquella negación pareció animar al chico, que volvió a besarla y empezó a acariciar su cuerpo por encima de la ropa.

- No – repitió la mujer. Pero aquel no significaba sí, porque deseaba que aquellos labios se aventuraran a ir más abajo, que aquellas manos vencieran la barrera de su ropa y se adentraran en su piel.

Emilio hizo caso a los deseos de la mujer y empezó a desabrocharle la blusa musitándole al oído:

- Yo te amaría hasta dejarte totalmente satisfecha, hasta que no quedara en tu cuerpo espacio para más caricias.

Y mientras decía esto le quitaba la blusa a Alba muy despacio. Ella se dejaba, aunque algo en su interior le decía que no debería hacerlo.

- No, mi marido... – musitó tratando de zafarse de los brazos del muchacho.

- Tú marido te pone los cuernos con la guarra de su secretaria – dijo el muchacho.

- No, no puede ser.

- Sí, lo he visto con ella muchas veces – agregó Emilio.

Alba se dejó besar, dejó que Emilio lamiera su cuello y que le quitara el sujetador dejando libres sus senos. Aceptó que aquella transgresora boca de hombre lamiera y mamara sus senos y que las abusadoras manos le quitaran la falda que llevaba. El muchacho se situó de rodillas entre las piernas de la mujer. Metió los dedos por la goma de las braguitas y las deslizó despacio por las piernas hermosas de Alba. Alba aún seguía luchando por vencer las barreras de aquella infidelidad, no quería ser infiel a su marido, pero sentir los besos y caricias de aquel muchacho al que tantas veces había deseado... Emilio, tomó a Alba por el anverso de las rodillas y la deslizó por el sofá hacía afuera, haciendo que su culo quedara justo en el borde, y sin más preámbulos hundió sus labios en la húmeda vulva de la mujer. Aquella esencia le supo a la más dulce de las mieles y comenzó a saborearla, haciendo que Alba se estremeciera y gimiera, mientras apretaba entre sus manos el suave pelo de su amante. A punto de llegar al orgasmo, Alba logró apartar al muchacho y se levantó intentando huir de aquella locura.

- Por favor, Emilio, déjame.

Alba intentó escapar hacía su habitación, pero al llegar a la puerta que comunicaba el comedor con el pasillo, Emilio la alcanzó, y la abrazó pegando su cuerpo al de ella, y entonces le musitó al oído:

- Estás deseando que te haga mía, lo sé, llevas mucho tiempo deseándolo. Lo he visto en tus ojos cada vez que me miras.

Alba no pudo deshacerse de aquel abrazo, porque en realidad deseaba que siguiera; el muchacho tenía razón, deseaba que él la poseyera. Por eso dejó que Emilio acariciara de nuevo su cuerpo desnudo, que sus manos se perdieran sobre la suave piel de sus senos y luego descendieran hasta su empapada vagina, buscando el erecto clítoris, que muy dócilmente acarició. Alba gemía y se contorsionaba sintiéndose excitada como nunca antes lo había estado. Oyó como el muchacho, aún vestido, se bajaba la cremallera del pantalón, e inmediatamente, sintió aquel sexo caliente y erecto rozar los labios de su vulva. Quería sentirlo dentro, y el muchacho no tardó mucho en dirigirlo a la entrada de su vagina y muy despacio la penetró. Alba apoyó sus manos en el marco de la puerta para soportar mejor las embestidas que el muchacho empezó a darle. En pocos segundos, ambos cuerpos vibraban de placer y gemían de deseo. Emilio dio un par de empujones y luego se detuvo. Abrazó a la mujer y le susurró al oído:

- Vamos a la habitación.

Alba empezó a caminar, con su amante pegado a ella. Caminó despacio para que el sexo del muchacho no saliera del suyo y cuando llegaron a la habitación este le ordenó:

- Ponte de rodillas sobre la cama.

Alba obedeció y muy cuidadosamente se colocó sobre la cama de rodillas. Emilio se quedó de pie pegado a ella, con su verga dura y tiesa dentro del cálido agujero. Y así, tomó a Alba por las caderas y empezó a arremeter de nuevo, primero muy despacio y luego más rápidamente, lo que hizo que Alba empezara a gemir excitada.

Hacía mucho tiempo que Alba no se sentía tan deseaba y excitada y eso le gustaba. Emilio se tendió sobre la espalda de la mujer y acarició sus senos con suavidad. Poco a poco y con cada embestida Alba empezó a sentir como el cosquilleo previo al orgasmo se iba extendiendo por todo su cuerpo. Emilio empujaba cada vez con más fuerza y su sexo se hinchaba cada vez más dentro de la húmeda vagina femenina. Hasta que finalmente ambos se corrieron entre espasmos y gemidos de placer y cayeron rendidos sobre la cama.

Entonces Alba miró hacía la mesilla de noche, donde estaba la foto de su marido. ¿Cómo había podido serle infiel? Y, además, con el vecino. Luego recordó lo que le había dicho la gitana, y cayó en la cuenta de que se había cumplido. ¿De verdad el destino estaría marcado en las líneas de la mano? Miró su palma como si quisiera adivinar en cual de ellas estaba marcada aquella infidelidad.

- ¿Qué miras? – Le preguntó el muchacho con curiosidad.

- Nada. Oye, ¿es cierto lo que has dicho de mi marido, que me pone los cuernos con su secretaría?

- Sí – respondió el muchacho.

- ¿Y cómo lo sabes?

- Porqué les he visto más de una vez entrando en el hotel donde yo trabajo, muy acaramelados.

- ¿Acaramelados? – preguntó ella como sin aún no acabara de creerse lo que su amante le estaba contando.

- Sí, besándose, metiéndose mano.... ya sabes.

Alba se quedó pensativa sin saber que hacer o que decir. No podía creer lo que Emilio le acaba de contar, aunque si lo pensaba detenidamente, todo encajaba: El hecho de que llevara más de un mes sin tocarla, el que sus convenciones fueran cada vez más frecuentes, el que cuando estaban juntos pareciera que no tenían nada que contarse... Todo.

Se sintió engañada y por eso abrazó con fuerza a su amante y le susurró al oído:

- Hazme el amor salvajemente hasta que nos quedemos agotados de hacerlo.

Emilio no se lo pensó dos veces ya que Alba había sido un sueño para él desde el momento en que la conoció, una diosa a la que adorar. Besó a Alba con furia, la tumbó sobre la cama, abrió sus piernas y se encajó entre ellas. Apuntó con su erecta verga el húmedo agujero femenino y de una sola estocada la penetró.

Durante unos minutos ambos cuerpos cabalgaron en una carrera hacía el orgasmo, sintiendo el roce de sus pieles, comiéndose a besos, arañándose mutuamente, hasta que ambos alcanzaron el segundo orgasmo de la noche.

La noche fue larga para ambos y ambos disfrutaron hasta límites insospechados del placer más absoluto y por la mañana cuando despertaron Alba sólo deseaba llamar a sus amigas y contárselo. Por eso se levantó mientras Emilio aún dormía, se puso una ligera bata y cogió su móvil. Llamó a Elisa y le contó su aventura con su joven vecino y la maravillosa noche que acababa de pasar con él. Luego llamó a Sonia. Cuando colgó el teléfono, miró la hora, eran las doce del mediodía y en ese momento volvió a pensar en la gitana y aquella pregunta volvió a rondar por su cabeza. ¿De verdad, tenemos el destino marcado de ante mano o lo marcamos nosotros mismos a través de las decisiones que tomamos?

Erotikakarenc (Autora TR de TR)

 

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Buscando la pasión 2 (Entre dos hombres)

Buscando la pasión 2 (Entre dos hombres)

Tuve que ir descalza hacía la puerta. Abrí y allí estaba él. Más guapo sí cabe que la noche anterior. Mi nerviosismo aumentó al verle.

- ¡Hola! Pasa.

- Estás guapísima. – Me dijo- ¿Estas lista ya?

- No, me faltan los zapatos. Espera un segundo, enseguida estoy.

Volví a la habitación y seguí rebuscando en el armario, teniendo que meter la mitad de mi cuerpo dentro para buscar. No encontraba los zapatos, pero de repente sentí a Francisco pegándose a mí y susurrándome al oído:

- ¿Quieres que te ayude? – Besó mi nuca con suavidad y yo protesté:

- No, por favor, ahora no.

Sentí su sexo que estaba totalmente erecto y duro como una piedra, pegado a mis nalgas.

Venga, si lo estás deseando. – Dijo bajando la cremallera del vestido.

No, por favor, Francisco. – Traté de resistirme y apartarle de mí, pero él tenía razón, lo estaba deseando.

Y además me has hecho caso y no te has puesto ropa interior. – Añadió metiendo su mano por entre el vestido y acariciando mi seno derecho, lo que hizo que toda mi piel se erizara y mi sexo empezara a humedecerse.

Siguió besando mi nuca mientras masajeaba mi seno con su mano y con la otra subía la falda del vestido hasta alcanzar mi sexo y acariciarlo suavemente. El deseo crecía en mí, ansiaba volver a sentirle, tenerle dentro de mí, sentir sus besos y caricias sobre mi piel como la noche anterior. Francisco me hizo salir del armario y frente a frente me besó apasionadamente, mientras me quitaba el vestido dejándolo caer al suelo. Me abrazó con fuerza, poniendo sus manos en mi culo y apretándome contra él.

Me llevó hasta la cama y me tendió sobre ella preguntándome:

- Anoche lo hiciste con tu marido ¿verdad? Para quitarte la culpa.

Afirmé con la cabeza, mientras él acariciaba otra vez mis senos.

- Pues a partir de hoy sólo te follaré yo ¿Vale? – Dijo quitándose los pantalones y dejando libre su sexo erecto.

Volví a afirmar con la cabeza.

- Estarás siempre dispuesta para mí – Dijo mientras lamía mis senos. – Y siempre que te llame acudirás donde y como yo te diga.

- Sí. – Afirmé presa de aquel inmenso deseo que me quemaba la piel.

- ¿Lo prometes?

- Lo prometo. – Acepté.

Siguió lamiendo y sobando mis senos, masajeándolos y acariciando mi piel con la lengua, descendió poco a poco hasta llegar a mi sexo. Cerré los ojos y sentí como enredaba su lengua en mi clítoris, como lo succionaba y lamía haciéndome estremecer. Gemí excitada. Él siguió moviendo su lengua, de vez en cuando la introducía en mi vagina, otras veces chupaba mis labios vaginales o mi clítoris arrancándome gemidos de placer, hasta que logró provocarme el primer orgasmo. Se acercó a mi boca y me besó, luego me ordenó:

- Date la vuelta y ponte en cuatro.

Le obedecí. Él se situó tras de mí y sentí como restregaba su glande contra la humedad de mi sexo. Gemí nuevamente mientras él seguía frotando su sexo contra el mío. Finalmente lo guió hasta mi agujero y de un solo y fuerte empujón me penetró.

- ¡Ah! – Gimoteé.

Francisco se recostó sobre mi espalda, llevó sus manos hacía mis senos y los acarició suavemente mientras permanecía quieto sobre mí. Besó mi nuca y descendió con sus manos desde mis senos hasta mi sexo, donde adentró un par de dedos en mi bello púbico y buscó mi clítoris. Empezó a masajearlo con suavidad, lo que provocó que empezara a moverme haciendo que su sexo entrara y saliera de mí levemente.

Luego se incorporó quedándose de rodillas detrás de mí, y sujetándome por las caderas comenzó a empujar con fuerza una y otra vez. Yo me incliné reposando mi cabeza sobre la cama y dejé que me torturara haciendo que su verga entrara y saliera de mí en un lento movimiento de mete-saca. Hasta que se detuvo y me incorporé sobre mis brazos. Volvió a recostarse sobre mi espalda permaneciendo quieto, besó mi nuca, mi hombro, los lamió entretanto pellizcaba mis pezones. Nuevamente llevó sus manos hasta mi sexo y acarició mi clítoris. Me hizo poner de rodillas y sin despegarse de mí y mirándonos en el espejo que había en la cabecera de la cama me dijo:

Mírate, mira como disfrutas conmigo, seguro que con él no disfrutas tanto.

Tenía razón, con mi marido hacía mucho tiempo que no disfrutaba del sexo de aquella manera, habíamos perdido la pasión del principio e incluso el amor.

En aquel momento, al verme ensartada por mi amante en aquel espejo, deseando que me diera más, me di cuenta de aquello y de que mi amor por "mi marido" hacía mucho tiempo que se había acabado.

Entonces Francisco empezó a moverse, primero despacio y luego más deprisa. Una de sus manos seguía hurgando en mi clítoris, mientras con la otra me sujetaba por la cintura, marcando la pauta de mis movimientos. No pude evitar llevar mis manos a mis senos y acariciármelos para obtener un plus de placer. Empecé a gemir sintiendo el inconfundible cosquilleo del orgasmo naciendo desde lo más profundo de mi sexo y extendiéndose poco a poco por todo mi ser. También Francisco estaba a punto de correrse, su polla se hinchaba cada vez más dentro de mí, y cada vez empujaba con más fuerza. Llegué al fin al demoledor éxtasis, justo en el mismo instante en que lo hacía él. Y ambos caímos exhaustos, sudorosos y derrumbados sobre la cama. Nos quedamos acurrucados el uno junto al otro, abrazados durante un rato, hasta que miré el reloj, eran las dos y medía:

- ¿No tienes hambre? – Le pregunté.

- ¡Ostras! – Exclamó mirando el reloj de la mesilla - Había hecho una reserva en un restaurante cercano para las dos, pero supongo que ya la he perdido, es demasiado tarde.

- Supongo que sí. Si quieres puedo preparar algo.

- Vale. – Me dijo en tono cariñoso.

Me puse una bata semitransparente que tenía y me dirigí a la cocina mientras él se quedaba tumbado en la cama.

Empecé a preparar una ensalada y saqué un par de huevos y algunas patatas. Estaba batiendo los huevos para hacer una tortilla cuando oí la voz de Francisco a mi espalda.

- Estás muy sexy con esa bata – Me dijo, mientras pegaba su cuerpo desnudo al mío y me hacía sentir su verga dura reposando entre mis nalgas.

Sus manos se deslizaron hasta mis senos y los acarició suavemente.

- Fran me estás haciendo perder la concentración y así no voy a poder hacer la tortilla. – Protesté.

- Es lo que pretendo, desconcentrarte para que te concentres en mí. – Me dijo besando mi nuca. Empezó a besarme suavemente, pero justo en aquel momento sonó el teléfono.

Teníamos un teléfono portátil que generalmente estaba en la cocina, así que lo cogí.

- ¿Diga?

- Cariño, ¿cómo estás? – Me preguntó mi marido.

- Bien ¿y tú, Moisés? – Dije su nombre para que Francisco, que seguía besando mi nuca y acariciando mi cuerpo suavemente, supiera con quien hablaba. Yo me sentía nerviosa y un poco indecisa, sin saber exactamente que decirle a Moisés.

- Bien, he terminado más pronto de lo previsto con mi último cliente y he pensado que podríamos comer juntos por aquí cerca. – Me propuso.

De vez en cuando Moisés me llamaba para que comiéramos y así poder vernos con más frecuencia. Para él ese era un modo de resarcirme por tenerme tan abandonada constantemente, pero evidentemente, eso no era suficiente para nuestra relación, pues tenía muchas otras carencias.

- ¿Comer? Bueno... Es que...

- Dile que estás comiendo con una amiga. – Se apresuró a aconsejarme Francisco, susurrándomelo al oído.

- Es que estoy comiendo con Sara y luego queremos ir de compras.

- Vaya. – Se lamentó Moisés. – Otro día será.

- Lo siento cariño. – Le dije y colgué sintiéndome culpable de haberle mentido.

Francisco me abrazó con fuerza. Me hizo girar hacía él y de nuevo estampó un profundo y largo beso en mis labios, haciéndome olvidar cualquier sentimiento de culpa. En ese momento me di cuenta de que él me estaba dando algo que mi marido había dejado de darme hacía tiempo. Pasión, si, sentía que con Francisco estaba recuperando la pasión que había perdido con mi marido, pero también pensaba que para poder mantener aquella relación a largo plazo necesitábamos algo más, algo que aún era pronto para que lo tuviéramos, quizás con le tiempo acabaríamos logrando la confianza y la amistad que cualquier relación necesita para durar en el tiempo.

Tras el beso me despegué de él y le dije:

- Deja que termine de hacer la comida.

- No puedo, me tienes ardiendo. Es esa bata, me pone a mil. – Justificó.

- Esta bien, dejamos la comida para luego. – Acepté finalmente y dejé que empezara a desabrochar la bata.

Sus manos acariciaron mi piel desnuda con mucha suavidad. Sus labios besaron mi cuello, haciéndome estremecer de deseo. Mi sexo empezó a humedecerse, le deseaba otra vez, quería tenerle dentro. Sus labios descendieron desde mi cuello hacía mis senos, que los chupeteó. Primero lo hizo con el derecho. Lo chupó y lamió como si estuviera mamando, luego mordió mi pezón con suavidad, haciéndome estremecer y a continuación hizo lo mismo con mi pecho izquierdo, lo mamó y sobó y luego mordió mi pezón.

Yo estaba a mil, ardiendo de deseo, sintiendo como la humedad de mi sexo descendía por mis piernas. Francisco siguió descendiendo por mi vientre, lamiéndolo suavemente con su lengua, hasta llegar a mi sexo. Entonces enredó su lengua en mi clítoris y empezó a chupetearlo haciéndome estremecer. Sentí como la movía de mi clítoris a mi vagina, introduciéndola en ella y haciéndome gemir. Seguidamente noté como metía un par de dedos dentro de mí, mientras seguía mamando mi clítoris. Finalmente se puso en pie y me ordenó que me pusiera de espaldas a él. Me hizo apoyar sobre el mármol de la cocina, separó mis piernas y siguió lamiendo mi sexo. Dirigió su lengua hasta mi ano y también lo lamió introduciendo su lengua en él. Después cogió una de las zanahorias que tenía sobre el mármol para hacer la ensalada, precisamente la más grande, y sentí como la acercaba a mi sexo. Estaba fría y húmeda. La introdujo suavemente y luego empezó a moverla despacio dentro y fuera, mientras seguía masajeando mí clítoris. El deseo me estremecía y me hacía arder, deseaba más y más. Gemía excitada, mientras él lamía mi clítoris y movía la zanahoria como si fuera un vibrador. Seguidamente sacó la zanahoria y me la tendió diciéndome:

- ¡Anda, chúpala, zorrita!

Estaba tan excitada y desinhibida que lo hice, chupé la zanahoria saboreando mis propios jugos. A continuación, Fran se puso en pie, guió su verga hasta mi húmeda vagina y de un solo empujón me penetró.

- Ahora te voy a follar como te mereces, putita.

Empezó a empujar suavemente, sujetándome por las caderas y poco a poco fue acelerando el ritmo, haciendo que sus embestidas fueran cada vez más rápida. Yo gemía de placer y deseo, excitada como nunca lo había estado con ningún otro hombre.

Francisco empujaba unas veces lentamente, haciéndome sentir como su sexo entraba en mí suavemente, para acelerar sus movimientos después, penetrándome con fuerza y llevándome casi al borde del orgasmo, para detenerse entonces, y volver al ritmo pausado y lento del principio y luego volvier a acelerar. Me tuvo así unos cinco minutos, hasta que logró que me corriera en un maravilloso orgasmo. Entonces, sacó su sexo de mí y llevándome hasta la silla de la cocina, donde se sentó, me dijo:

- Ahora me vas a follar tú a mí, putita.

Me puse sobre él. Guié su erecta verga hacía mi húmedo agujero y descendí sobre ella. Empecé a cabalgar, haciendo que entrara y saliera de mí, controlando el ritmo para darme el máximo placer y tratar de dárselo a él. Francisco trataba de morder y lamer mis senos, mientras yo subía y bajaba, también los apretaba con sus manos y los masajeaba. Hasta que a punto de llegar al orgasmo, ambos empezamos a gemir, yo aceleré aún más mis movimientos y él apretó más sus manos sobre mis senos. La descarga fue maravillosa para ambos. Sentí como su sexo me llenaba por completo hinchándose dentro de mí y como inundaba mi sexo con su leche justo en el mismo momento en que mi orgasmo terminaba. Nos quedamos abrazados un rato. Luego nos vestimos y comimos rápidamente, ya que él tenía que volver al trabajo.

Por la noche, pasadas ya las diez, y cuando yo ya había cenado apareció mi marido, como siempre disculpándose por llegar tan tarde:

- Lo siento, cariño. Tuve una reunión con un cliente muy importante a última hora y no he podido terminar antes. – Dijo.

- No te preocupes – Le excusé – La cena está en la nevera.

Seguí viendo la televisión, esperando que me preguntara como he había ido la tarde con mi amiga, pero no dijo nada. Cenó, luego se sentó en el sofá y tras mirar un rato la televisión nos fuimos a la cama dándonos un simple y mecánico beso en los labios para darnos las buenas noches.

Me fastidiaba el poco interés que mostraba por mí y por las cosas que yo hacía, me hacía sentir como un viejo mueble al que ya se había acostumbrado a tener en un rincón y del que creía que ya no valía la pena preocuparse.

A la mañana siguiente, Moisés salió a trabajar y sólo cinco minutos más tarde llamaron por teléfono, medio dormida aún, descolgué:

- Diga.

- ¡Hola cielo! ¿Qué tal has dormido?

- Bien.

- Bueno, quiero que te pongas el vestido más estrecho y sexy que tengas, sin ropa interior debajo, y que vengas para acá. Te espero en media hora.

- ¿Tú estás loco? ¿Y mi marido?

- Prometiste que harías siempre lo que yo te pidiera. – Me dijo y recordé la conversación que habíamos tenido la tarde anterior. Tenía razón, se lo había prometido.

- Esta bien. – Acepté.

(Erotikakarenc )

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

BUSCANDO LA PASIÓN.

BUSCANDO LA PASIÓN.

- Ve para allá. – Me dijo Moisés. – Ya nos encontraremos allí en cuanto termine con esta clienta.

Era la tercera vez aquella semana que Moisés me dejaba "plantada" por culpa de uno de sus clientes. Pero lo que más me molestaba era que la fiesta a la que teníamos de acudir estaba organizada por su jefe, el Sr. Marquez, un prestigioso abogado de nuestra ciudad. La fiesta se celebraba en su casa, un gran ático en uno de los edificios más modernos y caros de la ciudad.

Y allí estaba yo, con mi vestido nuevo, una copa en la mano y más sola que la una, esperando que Moisés apareciera. En lugar de eso, el que apareció fue un guapo moreno de intensos ojos negros que no dejaba de mirarme. Era un chico moreno, alto, y muy guapo. No sé porque, pero en el preciso instante en que nuestras miradas se cruzaron sentí un extraño cosquilleó en mi entrepierna.

- ¡Hola! ¿qué tal? – Me preguntó Angela, esposa de uno de los compañeros de trabajo de Moisés.

- ¡Hola!

Empezamos a hablar de nuestras cosas, de lo que nos había pasado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, etc. Entre tanto el chico moreno seguía observándome.

- Ese chico lleva un buen rato mirándote. – Me indicó Angela.

- Sí, ya me he dado cuenta. Bueno, voy a tener que llamar a Moisés – me disculpé - hace rato que tendría que haber llegado.

- Ok.

Me dirigí hacía la gran terraza para huir del bullicioso ruido de la fiesta. Saqué el móvil de mi bolso y marqué el número.

- ¡Hola cariño! – Me saludó Moisés.

- ¡Hola! ¿Se puede saber cuando demonios vendrás?

- Ya me falta poco, cariño, ten paciencia.

Mientras hablaba por el teléfono oí unos pasos acercándose a mí por detrás.

- Está bien, pero no tardes. Me aburro.

Colgué y entonces una voz masculina dijo:

- ¿Quién es ese insensato que deja plantada y aburrida a una preciosidad como tú?

Se puso a mi lado, apoyándose en la baranda y me miró fijamente a los ojos. Era el chico moreno que no había parado de mirarme en toda la noche.

- Mi marido – Le contesté.

- Pues comete un grave error. Me llamo Francisco – Se presentó tendiéndome la mano.

- Yo, Elisa. – Le dije estrechándosela. – Y supongo que tienes razón, es la tercera vez esta semana que me deja plantada.

- ¡Válgame Dios! Si yo fuera él no te dejaría ni a sol ni a sombra.

No supe que decir ante aquella ocurrencia y me quedé callada. Luego él dijo:

- A veces los silencios dicen más que mil palabras.

- Supongo – Dije suspirando.

- Yo sería capaz de cometer una locura por ti. – Añadió él.

Sonreí y le pregunté:

- ¿Y por que no la cometes?

- Creo que por el miedo al rechazo, eres una mujer casada.

- Bueno, si no lo intentas, no sabrás si hay rechazo o no.

- Es cierto.

Ambos nos quedamos callados durante unos segundos, mirando el horizonte hasta que dije:

- Se ve hermosa la ciudad a estas horas, con tantas luces.

- Sí, muy hermosa. ¿Vives por aquí cerca?

- No. Vivo al otro lado, en aquella dirección. – Le indiqué manteniendo el brazo y el dedo estirados en la dirección señalada.

Entonces se situó tras de mí, pegando su cuerpo al mío, llevó su brazo hacía el mío y poniendo su barbilla sobre mi hombro dijo:

- ¿Allí, donde aquellos edificios rojos? – Oír su voz junto a mi oído me hizo estremecer y sin poderlo evitar, rocé mi culo contra su verga que estaba empezando a ponerse dura.

- Sí. – Respondí algo nerviosa, pero deseosa de que hiciera algo más, de que cometiera la locura que había declarado unos segundos antes que sería capaz de cometer por mí.

Y entonces sentí sus manos sobre mis caderas y de nuevo su susurro en mi oído diciéndome:

- Tienes un cuerpo precioso.

Sus manos siguieron acariciando mis caderas y muy despacito fue subiéndome la falda del vestido por encima de mi culo desnudo, ya que no llevaba bragas, pues con las gomas y las costuras me salían rozaduras.

- Vaya, vaya, eres una niña mala. – Dijo al acariciar mi piel desnuda y notar que no llevaba ropa interior.

Sus dedos sabios se enredaron en mi pelo púbico empezando a excitarme. Apreté mi cuerpo contra él suyo para sentir su dura verga entre mis nalgas y apoyé mi cabeza sobre su hombro. El deseo bailaba entre nosotros y yo cada vez me alegraba más de que él hubiera decidido cometer la locura y que mi marido se estuviera retrasando.

Sentí como aquellos dedos masajeaban mi clítoris, y un leve gemido escapó de mi garganta. Francisco sabía donde tocarme y lo hacía con gran destreza, rozando mi vulva, introduciéndose en ella con suavidad. Sentía la pasión creciendo poco a poco en mí y cada vez deseaba más y más. Deslicé mis manos hasta la cremallera de su pantalón y traté de bajarla, pero me resultó dificultoso.

- Tranquila, preciosa. – Me dijo bajándosela él mismo.

Saqué la erecta verga y la masajeé, luego la incrusté entre mis nalgas sintiendo su calor. Yo estaba a mil, más húmeda de lo que jamás hubiera estado y deseosa de sentirle dentro de mí. No me importaba que alguien pudiera vernos, sólo me importaba lo que estaba sintiendo.

Mi respiración sonaba entrecortada. Sus dedos seguían chapoteando entre los pliegues de mi vagina.

- Métemela ya. – Le supliqué.

- Como tu quieras, preciosa. – Me respondió sin hacerse esperar.

Sentí como acercaba el glande a mi húmedo agujero, me puse de puntillas para que pudiera acceder más fácilmente, sacando el culo hacía él e inmediatamente noté como se adentraba en mí.

Ambos suspiramos al sentirnos unidos. Y agarrándome de las caderas, Francisco empezó a moverse. Primero despacio y luego cada vez más rápido, mientras con una de sus manos masajeaba mi clítoris, y con la otra uno de mis senos por encima de la tela del vestido. Me sentía en la gloria, como hacía mucho tiempo que no me sentía, y sólo deseaba llegar al momento culminante. Nuestros gemidos se convirtieron en música celestial, mientras el fuego de la pasión nos devoraba.

En poco minutos ambos empezamos a corrernos. Sentí como se vaciaba en mí y entonces caí en la cuenta de que con la pasión del momento no habíamos tomado precauciones. Recordé a Moisés y empecé a sentirme culpable porque acababa de traicionarle, por eso me separé rápidamente de Francisco, y casi sin mirarle empecé a caminar hacía el interior del ático, tras decirle:

- Lo siento, pero esto no debía de haber ocurrido.

- Pero ha ocurrido. – Dijo él. – No te arrepientas ahora.

Bajé mi vista al suelo, no sabía que decir ni que hacer.

- Tengo que volver a la fiesta, supongo que mi marido no tardará en llegar.

- ¿Volveremos a vernos? – Me preguntó mientras yo me dirigía a la puerta.

No sabía que responderle, pero dentro de mí sentía que sí, que necesitaba volver a verle.

- Supongo que sí.

- ¿Cuándo? – Oí su voz detrás de mí, preguntándome.

- No sé. – Abrí mi bolso y saqué una de mis tarjetas con mi número de teléfono. – Llámame.

- Ok. Mañana mismo lo haré.

No dije nada más, volví a entrar al interior del piso y busqué a Ángela. Pero en lugar de a ella, ví a mi marido entrando por la puerta junto a su jefe. Corrí hacía él como si hiciera siglos que no le veía y le abracé con todas mis fuerzas.

- Vaya, veo que me has echado de menos.

- Sí, mucho, me aburro como una ostra – Mentí.

Inmediatamente vi como Francisco se acercaba a nosotros y entonces el jefe de mi marido dijo:

- Moisés, quiero presentarte a mi hijo Francisco, acaba de llegar de París, donde ha estado haciendo un Master, creo que ya te lo conté.

Me quedé de una pieza al descubrir que Francisco era el hijo del jefe de mi marido. Quería morirme pero traté de mantener la compostura.

- Este es Moisés, uno de mis mejores abogados, a partir de mañana quiero que trabajéis juntos. – Le dijo el jefe de mi marido a su hijo.

- Encantado. – Dijo Francisco tendiéndole la mano a Moisés y mirándome a mí.

Moisés le estrechó la mano y dijo:

- Encantado, esta es mi esposa, Elisa.

Francisco estrechó mi mano con total indiferencia, como si nada hubiera sucedido unos minutos antes entre nosotros.

- Mucho gusto, señora.

Luego él y Moisés se pusieron a hablar. Yo cada vez me sentía más incómoda y tenía más ganas de salir de allí, hasta que Moisés lo notó y tras disculparse con Francisco y despedirse de su jefe, nos fuimos a casa.

Durante todo el trayecto en coche hasta casa, no hice más que pensar, tratar de analizar los porques.

¿Por qué me sentía tan atraída por Francisco? ¿Por qué me había dejado llevar por la pasión y la locura? ¿Por qué había dejado que Francisco me hiciera el amor en aquella terraza? ¿Por qué por unos minutos me olvidé por completo de mi marido? Todas esas preguntas daban vueltas y más vueltas en mi cabeza, mientras a la vez, pensaba en que Moisés cada vez le dedicaba más tiempo a su trabajo y menos a mí, que cada vez me escuchaba menos cuando le contaba mis problemas y que cada vez me aburría más a su lado, sentía como si nuestra forma de ver la vida cada vez se alejara más. Como si él quisiera irse por un camino y yo por otro.

Cuando entramos en el ascensor Moisés, me preguntó:

- ¿Te pasa algo, cariño?

- No, nada.

Le miré a los ojos y luego le abracé con todas mis fuerzas.

Al entrar en casa, lo llevé corriendo hasta la habitación, no quería perder el tiempo. Sentía la imperiosa necesidad de sentirle dentro de mí, de quitarme el sentimiento de culpa que me embargaba. Empezamos a besarnos y desnudarnos mutuamente.

- ¡Me encanta este vestido, te hace tan sexy! – Me dijo mientras desabrochaba la cremallera.

Yo trataba de desabrocharle sus pantalones. Él deslizó mi vestido hacía abajo, dejándolo caer al suelo. Sin dejar de besarme, empujó el tirante del sujetador por mi hombro, mientras sus labios bajaban también por mi cuello. Yo en ese momento, estaba entretenida en quitarle la camisa que también dejé caer al suelo. Sus labios descendían por mi piel, hasta llegar a mi seno. Apartó la copa del sujetador y besó mi pezón, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. La sensación de su boca sobre mi piel en lugar de hacerme olvidar lo sucedido en aquella terraza lograba el efecto contrario. Acarició mis senos y siguió descendiendo por mi piel hasta llegar a mi sexo. Mientras mi mente se perdía en un lugar paradisiaco donde Francisco era el que besaba cada centímetro de mi piel. Pero oí la voz de Moisés diciéndome:

- ¡Qué hermosa eres! – Esas palabras me despertaron de mi sueño romántico volviéndome a la realidad. Aquel que me besaba no era Francisco, sino Moisés, mi marido.

Entonces me hizo poner de espaldas a la cama, besó mi vientre y adentrando sus dedos entre mis piernas comprobó la humedad de mí sexo.

- Tienes ganas ¿eh?

- Sí – Musité. Aunque no de él especialmente.

- Yo también. Anda, túmbate. – Me pidió.

Obedecí tumbándome sobre la cama con las piernas abiertas y enseguida sentí su respiración sobre mi sexo y luego su lengua buscando mi clítoris. Empezó a chupetearlo y en pocos segundos ya me tenía a mil, gimiendo excitada, mientras sentía aquellas dulces caricias sobre mi sexo.

Moisés movía su lengua muy diestramente de mi clítoris a mi vagina e introduciéndose en ella de vez en cuando. Pero yo no sentía nada, trataba de excitarme, imaginando a Francisco haciéndome aquello, pero no lograba excitarme. Por eso le supliqué:

- ¡Para, o me voy a correr!

Entonces levantó su cabeza y mirándome a los ojos me dijo travieso:

- ¿Quieres que te la meta?

- Sí. – Musité.

Moisés se puso en pie y se quitó el slip. Me hizo tumbar sobre la cama y poniéndose sobre mí, dirigió su sexo hasta el mío y muy suavemente me penetró. Cuando ya estaba completamente en mí, se quedó un rato inmóvil.

Luego empezó a moverse lentamente sobre mí. Y poco a poco fue aumentando el ritmo con suavidad, logrando que me excitara. Pero esta vez yo me sentía muy lejos de él y de aquel lugar, mis pensamientos, mis sentimientos, mis besos, estaban con otra persona.

Después de un rato, cabalgando sobre mí, sentí como todo su cuerpo se contraía y como descargaba en mi interior, mientras yo trataba de disimular que también estaba llegando al orgasmo.

Tras eso se separó de mí, me dio un tierno beso en los labios y dijo:

- Buenas noches, cariño. - Y se giró dándome la espalda.

Apagué la luz y como él, también me giré dándole la espalda y empecé a pensar y a recordar lo sucedido aquella noche con aquel hombre que no era mi marido. Aquella noche dormí poco y mal, pensando sólo en Francisco.

Al día siguiente, como de costumbre, Moisés y yo desayunamos juntos, en el mismo ambiente enrarecido de cada mañana, como si fuéramos un matrimonio que después de muchos años de casados ya no tuvieran nada que decirse.

Después de que se marchara me dediqué a hacer las labores de la casa e iba a vestirme para ir al gimnasio cuando sonó mi teléfono móvil.

- ¿Diga?

- ¡Hola preciosa! – Era la voz de Francisco y al oírla todo mi cuerpo empezó a temblar. Sentí como mi corazón se aceleraba y...

- ¡Hola!

- ¿Cómo estás?

- Bien.

- Llamaba para saber si podemos quedar, vernos a la hora de comer por ejemplo. – Sugirió.

- No sé, no creo que sea buena idea. – Traté de excusarme.

- Si lo dices por tu marido, no te preocupes, tendrá el resto del día ocupado.

- Bueno, sí, pero no es sólo por eso. Yo...

- ¿Te arrepientes de algo? – Me preguntó.

- No, pero... esta bien, quedemos para comer, así podremos hablar.

- Vale.

- Pasaré a buscarte por tu casa, si te parece bien.- Propuso Francisco. – Y hazme un favor, no te pongas ropa interior debajo del vestido.

- Bueno, yo... Esta bien. – Acepté.

- ¿A las dos?

- A las dos. – Reafirmé.

Me fui al gimnasio sintiendo aquel nerviosismo que sólo él me hacía sentir rondando por mi estomago. A la una llegué a casa, me duché, me peiné y me puse el vestido rojo que deja entrever el nacimiento de mis senos, sin ropa interior debajo... A las dos en punto sonó el timbre...

Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR).

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

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COMPROMETIDOS.

COMPROMETIDOS.

Entonces me esperarás mañana en el aeropuerto a las diez de la mañana – me preguntó Bruno a través del teléfono.

Sí, claro allí estaré – le contesté hechizada por su dulce voz.

Hacia un par de años que nos conocíamos, pero nunca nos habíamos visto (por lo menos no cara a cara) a pesar de trabajar juntos en la misma editorial, codo con codo, escribiendo miles de libros de auto-ayuda. Él escribía los libros y yo era su documentalista, lo hacíamos todo a través del teléfono y de internet. Él vivía en San Sebastián y yo en Barcelona y hasta aquel momento ninguno de los dos había ido a la ciudad del otro.

Pero por fin eso se iba a solucionar. Bruno tenía que venir a Barcelona para una convención e íbamos a conocernos. Durante los dos años en que habíamos estado en contacto, nuestra relación se había ido reforzando día a día y éramos muy buenos amigos. Yo se lo contaba casi todo, incluso mis problemas de convivencia con mi novio, con el que llevaba un año viviendo, al igual que él me había contado las reticencias de su novia para casarse. Ahora podríamos hablar de todos esos problemas cara a cara. Yo estaba nerviosa y ansiosa por conocerle personalmente.

Así al día siguiente me levanté temprano, me duché, me vestí y me peiné, poniéndome mi mejor vestido y haciéndome mi mejor peinado, ya que quería causarle buena impresión. A las diez menos cuarto ya estaba en el aeropuerto esperando frente a la puerta de desembarco.

A las diez en punto una voz avisó por los altavoces que el vuelo se había retrasado. Empecé a andar de un lado a otro nerviosa. A las diez y cuarto un nuevo aviso de retraso, mis nervios estaban a flor de piel. A las diez y media, por fin, la gente empezó a salir y casi de los últimos venía a él. Nada más verle, enseguida le identifiqué, puesto que me había enviado algunas fotos por internet; él también me reconoció enseguida y me saludó. Se acercó a mí y nos abrazamos como viejos amigos.

¡Hola! Eres más guapa que en las fotos – Me dijo.

Tú también eres más guapo en persona ¿Cómo ha ido el viaje?.

Muy bien.

Fuimos a buscar las maletas, y mientras esperábamos frente a la cinta transportadora le dije:

No te he buscado ningún hotel, porque he pensado que lo mejor es que te quedes en casa.

No, no quiero ser una molestia – Protestó.

No eres ninguna molestia, eres mi amigo y mi compañero, y Fran y yo estamos encantado de tenerte en casa.

Esta bien – Aceptó Bruno.

Como las conferencias serán por la mañana, he pensado que por la tarde podemos ir a ver cosas. – Le apunté.

Vale, estoy ansioso por conocer Barcelona.

Recogimos la maleta y partimos hacía mi casa. Allí le enseñe la habitación donde dormiría y le dejé para que pudiera deshacer la maleta. Me puse a hacer la comida, y estaba cortando unos tomates, cuando oí su voz desde la puerta que estaba a mi espalda:

Las mujeres estáis muy atractivas con el delantal.

Gracias, ¿me está tirando los tejos?

No, no. Era sólo un pensamiento. ¿Cómo está Fran?

Bien, hoy no vendrá a comer, tenía una reunión muy importante. Comeremos solos – le señalé. – Y Rosario ¿cómo está?

Bien, muy bien.

¿Todavía no tenéis la fecha de la boda?

No, Rosario todavía sigue reticente.

Vaya.

¿Y tus problemas con Fran, cómo van? – Me preguntó acercándose a mí, sentí su mano sobre mi cintura y vi su sombra a mi lado.

Pues ya ves, hoy no viene a comer, ayer vino a las dos de la madrugada, y el fin de semana lo pasé sola porque él tenía que terminar un proyecto.

Bueno, por lo menos estos días no estarás sola, yo te haré compañía.

Gracias.

Su mano seguía en mi cintura y me hacía sentir incómoda, pero a la vez era agradable sentir su calor.

Podemos salir a tomar algo esta noche, ¿no? – Me propuso.

Vale. – Acepté.

Tras eso comimos y por la tarde fuimos a ver la catedral y el centro de la ciudad. A las ocho regresamos a casa, me puse a hacer la cena y las ocho y media llegó Fran. Mientras cenábamos le comenté que Bruno y yo saldríamos a tomar algo después y que si él quería venir, pero dijo que no, que prefería irse a dormir pronto porque estaba cansado y debía madrugar.

Cuando bajábamos en el ascensor Bruno y yo, le dije:

Ves, últimamente siempre está cansado y no quiere salir, y si no tiene que trabajar y vuelve a las tantas.

No te preocupes, hoy nos vamos a divertir – Me dijo Bruno.

Estuvimos en un pub cercano a casa tomando unas copas. Cuando ambos ya íbamos por el segundo cubata y el alcohol empezaba a hacer su efecto Bruno me sacó a bailar. Yo me sentía muy excitada, pues como he dicho el alcohol estaba haciendo su efecto. Así que cuando sentí su cuerpo pegado al mío la temperatura subió. Sentí su sexo excitado sobre mi vientre y eso me excitó a mí, ya que llevaba un par de semanas sin practicar el sexo.

Vamos a sentarnos – Le pedí sintiéndome nerviosa y preocupada por la situación.

No, no, bailemos – Me rogó él sin soltarme. Traté de separarme de él y entonces me preguntó:

¿Té pasa algo? ¿Acaso no te diviertes?

Sí, si, pero necesito descansar – Le respondí.

Espera, bailemos un poco más.

Seguimos bailando pegados, agarrados y sentí como sus manos se dirigían hacía mi culo y lo apretaba, oprimiéndome hacía él, con lo cual sentí su erección aún más sobre mi vientre. Yo estaba nerviosa y ya no sabía que hacer, entonces sus labios empezaron a acariciar mi oreja y mi cuello, con mucha suavidad.

Bruno, vámonos a casa – Le supliqué intentando escapar de él.

No, no, Susana tú me gustas mucho y me atraes y sé que yo a ti también.

Sí, es cierto –Acepté – pero esto no está bien, los dos estamos comprometidos. Anda vámonos a casa.

Por fin pude deshacerme de sus brazos y me dirigí hacía la puerta saliendo del local, Bruno vino detrás de mí.

Espera – Dijo cogiéndome del brazo y girándome hacía él, y casi sin que me diera cuenta me besó con pasión introduciendo su lengua en mi boca. Yo loca de deseo le correspondí. Sentí que en unos segundos todos los sentimientos hacía él que había tenido encerrados en lo más profundo de mi corazón afloraban.

Cuando dejamos de besarnos nos miramos a los ojos, y le dije:

Vamos a casa.

Caminamos en silencio, cogidos de la mano, hasta llegar a mi bloque, entramos en la escalera y subimos en el ascensor besándonos y acariciando nuestros cuerpos por encima de la ropa. Salimos del ascensor y abrí la puerta, entramos y seguimos besándonos.

Fran nos va a oír. – Le dije a Bruno, ya que la habitación estaba al final del pasillo frente al que estaba la puerta.

¡No, ven! – Me dijo llevándome hasta el baño pequeño, que estaba tras la primera puerta de aquel pasillo.

Entramos y cerró la puerta con el pestillo. Seguimos besándonos, mientras sus manos desabrochaban mi vestido y me lo quitaba, a la vez que las mías desabrochaban su camisa dejando desnudo su torso.

Estamos locos, – dije nerviosa – si Fran se entera.

No se enterará. – Me tranquilizó él.

Me apoyé sobre el lavamanos que estaba detrás de mí y dejé que sus labios besaran mi cuello y poco a poco descendieran por mi escote, a la vez que sus manos acariciaban mis senos por encima del sujetador de encaje que llevaba. Sus labios fueron descendiendo hasta alcanzar mi sexo. Sentí como sus dedos se introducían en mis bragas y alcanzaban la humedad de mis genitales. Entreabrí las piernas, él apartó las bragas y su lengua comenzó a lamer mis labios vaginales. Un gemido de placer escapó de mi garganta, pero traté de acallarlo, mientras su lengua seguía lamiendo mi sexo y se introducía en mi vagina. Bruno me quitó las bragas y luego con sus dedos acarició mi clítoris haciéndome vibrar, continuó introduciendo dos de sus dedos en mi vagina y empezó a moverlos como si fueran un pene, introduciéndolos y sacándolos, mi cuerpo se estremeció. Sentí su lengua lamiendo mi clítoris. Luego sus labios succionándolo, y finalmente, sus dientes mordisqueándolo muy suavemente. Mientras, una de sus manos se dirigía hacía mi culo y acariciaba mi raja con uno de sus dedos, que se abrió camino hasta mi ano y me lo introdujo, un nuevo espasmo de placer agitó mi cuerpo y un grito se escapó de mi garganta. Bruno sacó sus dedos de mi vagina. Me hizo dar medía vuelta y empezó a dentellear y lamer mis nalgas, mientras introducía uno de sus dedos en mi vagina, humedeciéndolo con mis jugos, luego recorrió mi raja hasta mi ano e introdujo el dedo en él, muy despacio, suavemente, y lo movió en sentido rotativo. Yo me mordía el labio para no gritar de placer. Sacó su dedo de mi ano y se puso en pie detrás de mí, oí como se bajaba la cremallera del pantalón. Sus manos acariciaron mis senos mientras sus labios besaban mi cuello y sentía como su sexo erecto reposaba sobre mis nalgas.

¡Fóllame! – Le supliqué – Te necesito.

Bruno guió su erecto pene hasta mi húmeda vagina y con destreza me penetró, al sentirle dentro de mí por completo suspiré y retrocedí hacía él un poco, para sentirle mejor. Me abrazó rodeándome con sus brazos y comenzó a moverse muy despacio, haciendo que su polla entrara y saliera de mí en una torturadora lentitud, mientras una de sus manos acariciaba mi pecho izquierdo y la otra, mi clítoris. El placer era sublime, se extendía por todo mi cuerpo y me ardía internamente. Sentía su respiración en mi oído y eso todavía aumentaba más mi excitación.

Me miré en el espejo, estaba roja de deseo y satisfacción y me dolía ya el labio de tanto mordérmelo. Me giré hacía Bruno intentando besarlo, quería sentir sus labios sobre los míos, pero la posición no nos lo permitía, así que él sacó su sexo de mí y me giré hacía él. Nos besamos con pasión y volvió a pegar su cuerpo al mío. Me abrazó por la cintura y me subió sobre el lavamanos, sobre el cual me senté, sintiendo el frío mármol sobre mis nalgas. Abrí mis piernas dispuesta a recibirle de nuevo, y él no se hizo esperar, enseguida metió su erecto falo dentro de mí. Suspiré y rodeándole con mis piernas lo acerqué a mí y lo abracé, sujetándome con las manos por las nalgas. Bruno empezó a empujar de nuevo, haciendo que su sexo de nuevo entrara y saliera de mí. Mi cuerpo enseguida empezó a sentir el calor del placer recorriendo mis venas y mis músculos. Por eso comencé a moverme con más rapidez, para sentir mejor sus embestidas y provocar que el orgasmo empezara a nacer, eso hizo que también él se excitara y sentí como su miembro se ponía duro. En pocos segundos, mi cuerpo estalló en un orgasmo demoledor y los espasmos de mi vagina hicieron que también Bruno se corriera dentro de mí. Cuando ambos dejamos de convulsionarnos, nos separamos y entonces le dije a Bruno:

Es mejor que olvidemos esto.

Sí, será lo mejor.

Bruno recogió mis bragas del suelo y me las dio. Luego salió del baño. Yo me quedé allí un rato, pensativa y preocupada. Bruno me había hecho sentir cosas que Fran no me había hecho sentir nunca. Me puse las bragas y me dirigí hacía mi habitación, me quité la ropa, me puse el camisón y me acosté junto a Fran que dormía plácidamente.

Cuando desperté al día siguiente, Fran ya se había marchado. Oí la ducha del baño pequeño, Bruno se estaba duchando, en un segundo recordé lo sucedido la noche anterior en aquel baño y deseé entrar y volver a sentir todas aquellas sensaciones, el pleno placer, la libertad, la ternura, pero me reprimí, me vestí y me dirigí a la cocina. Hice café y unas tostadas y esperé a que Bruno apareciera.

Buenos días – Dijo al entrar por la puerta.

Buenos días, ¿has dormido bien? – Le pregunté un poco incomoda.

Sí, muy bien.

Te he hecho tostadas para desayunar. – Le dije.

Gracias.

Salí de la cocina y me fui a mi habitación, me sentía incomoda a su lado. No podía mirarle a los ojos.

Estaba haciendo la cama cuando oí su voz diciéndome:

No debes sentirte culpable, pasó por que los dos queríamos que pasara y ya está.

Vale. – Acepté.

Me voy a la conferencia, vete preparando la visita de está tarde. ¿Vale? Tengo ganas de ver cosas bonitas.

El resto de la mañana la pasé sola, hasta que Bruno vino a comer. Comimos y después me vestí y salimos a dar una vuelta, lo llevé a ver la Catedral, el ayuntamiento y la Generalitat y cuando íbamos hacía el metro pasamos por delante de unos grandes almacenes y me dijo:

Ven, vamos a comprarte algo. – Me arrastró hacía el interior y nos dirigimos hacía las escaleras de subida a la planta de ropa de mujeres.

Bruno empezó a buscar en la sección de chaquetas, hasta que encontró una gabardina marrón claro y me dijo:

Toma, pruébatela.

Hice lo que me ordenaba y me la probé. Me quedaba por encima de las rodillas, al verme con ella Bruno dijo:

Perfecta.

La pagó y mientras salíamos de los almacenes dijo:

Quiero que mañana te la pongas, y que me lleves al Parque Güell, ¿vale?.

Vale. – Acepté.

Volvimos a casa y tras cenar junto con Fran estuvimos un rato viendo la televisión y luego nos fuimos a dormir.

Al día siguiente le preparé de nuevo el desayuno y desayunamos juntos.

Hoy es tú último día aquí.

Sí, por eso quiero ir a ver el parque Güell, no quiero irme sin verlo.

Vale, esta tarde iremos.

Terminó de desayunar y se marchó. A la hora de comer, comimos juntos, como siempre, sin Fran, después me arreglé y me puse la gabardina. Cuando salí al comedor y me vio dijo:

¿Te has puesto un vestido debajo?

Claro, ¿por qué? – Le pregunté extrañada.

Porque no quiero que te pongas nada debajo.

¿Quieres que vaya desnuda?.

Sí, será muy excitante.

¿Qué estarás tú pensando? – Le pregunté.

En una buena despedida. – Me respondió él.

Volví a la habitación y me desnudé, poniéndome sólo la gabardina y los zapatos. Cuando salí él dijo:

Perfecta, vámonos.

Salimos de casa y cogimos el autobús, yo iba bastante incómoda por la desnudez. Además, Bruno me hizo sentar y yo me molesté aún más al pensar que alguien podría mirar entre mis piernas y ver que no llevaba ropa. Cuando por fin llegamos al parque y pude ponerme en pie, me sentí más tranquila. Bajamos del autobús y entramos en el parque. Primero estuvimos dando vueltas, visitando el parque, que es precioso y tiene una arquitectura muy original. Había bastante gente, sobre todo padres con sus niños jugando y gente mayor paseando o tomando el sol. Caminando llegamos hasta un lugar bastante apartado, un pequeño escampado con tres o cuatro bancos, por donde pasaba muy poca gente.

Ven. – Me dijo Bruno tirando de mi mano y llevándome hasta uno de los bancos.

Entonces él se sentó en el banco y me dijo:

Siéntate en mis rodillas.

Me giré de espaldas a él e hice lo que me ordenaba. Sólo de pensar lo que iba a ocurrir empecé a excitarme. Sentí su mano rozando mi culo desnudo y luego oí la cremallera de su pantalón bajando.

Estás loco. – Le dije.

Sí, pero es muy excitante, ¿verdad?.

Mi sexo ya estaba totalmente húmedo cuando sus dedos lo rozaron. Sentí que dirigía su sexo erecto hasta mi vagina y con suma facilidad y delicadeza me penetraba. Estuve a punto de exhalar un gritito, pero al ver a un par de ancianos pasando frente a nosotros lo reprimí. Bruno se rió.

¡Qué malo eres! – Le reñí.

Entonces me sujetó por las caderas y muy suavemente empezó a moverme sobre su sexo, cada vez que alguien se acercaba por el escampado ambos nos quedábamos inmóviles. Una pareja de ancianos apareció y se sentó en el banco que había al lado del nuestro.

¡Oh, no! – Protesté.

Tranquila. – Me dijo él y metió su mano por entre la gabardina en busca de mi clítoris y comenzó a acariciarlo.

Aquello todavía me puso más nerviosa, pero la excitación era máxima y mi corazón iba a mil por hora, trataba que acallar mi excitación, pero me era imposible. Quería gritar, pero no podía. Bruno, debajo de mí, se movía casi imperceptiblemente, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí. Los ancianos nos miraban, evidentemente sospechaban que algo raro nos pasaba. En pocos segundos el orgasmo empezó a nacer en mí y ya no pude contenerme más, empecé a cabalgar sobre el erecto pene de Bruno sin importarme lo que pudieran pensar aquellos dos ancianos.

¡Qué guarros! – Exclamó la mujer al entender lo que sucedía - ¡Vámonos!

El matrimonio se levantó y abandonó el lugar, mientras yo seguía cabalgando sobre el erecto pene de Bruno logrando el éxtasis final. También él lo alcanzó sólo unos segundos después. Cuando dejamos de convulsionarnos me derrumbé sobre él.

Ha sido excitante, ¿verdad? – Me preguntó Bruno.

Sí, mucho.

¿Te ha gustado la despedida?

Claro. Es una pena que te tengas que ir.

Nos pusimos en pie y empezamos a caminar hacía la salida.

No te preocupes, volveré.

Eso espero.

Regresamos a casa y Bruno hizo la maleta. Al día siguiente lo acompañé al aeropuerto, con la promesa de que volvería.

Erotikakarenc.

AMANTES 2.

AMANTES 2.

Otra vez juntos, otra noche de placer y deseo en sus brazos, con él. Le observo, desnudo frente a la ventana. Me encanta su culito redondito, y con sólo mirarlo me entran ganas de morderlo.

Hoy es nuestra última cita antes de empezar las vacaciones, lo que significa que estaremos varios días sin vernos, probablemente semanas. Por eso ambos hemos reservado este fin de semana para nosotros. No ha sido fácil pero lo hemos logrado.

A veces me sorprende el hecho de que él nunca me haga preguntas, nunca me pida nada, deja que sea yo la que decida, la que diga como y cuando vernos y disfrutar el uno del otro. Quizás por eso le quiero tanto, él me da la libertad que necesito. Él aguanta mis desvelos, mis dolores, mis penas. Él cura mis heridas de las envidias y celos de otros .Él me susurra al oído que soy su princesita. Él es mi sol, mi amigo, mi amante.

Me acerco sigilosa a él abandonando la cama. Poso mi barbilla sobre su hombro y aprieto su nalga desnuda con mi mano.

Buenos días, Princesa. – Y ese saludo me recuerda a mi película preferida: " La vida es bella", realmente es bella si él está ahí.

Buenos días, ¿qué haces?

Observar la ciudad. – Me responde.

Observo junto a él. El sol despunta por el horizonte y la ciudad empieza a despertarse. Todo se tiñe de naranja y froto mis senos desnudos contra su espalda y su brazo. Sé que me desea como yo a él. Su mano, que queda a la altura de mi sexo, juguetea con mi vello púbico. Y mi cuerpo se enciende y el fuego arde de nuevo dentro de mí, como anoche, como siempre que pienso en él.

Beso su hombro y luego él se gira hacía mí. Me estrecha entre sus brazos y mi cuerpo queda pegado al suyo, piel contra piel, sexo contra sexo y el deseo creciendo en medio. Sus labios se unen a los míos y un beso recorre nuestras bocas mientras la pasión crece a pasos agigantados. Sus dedos hurgan ahora más profundamente en mi sexo, buscan mi clítoris y empiezan a acariciarlo, mientras seguimos besándonos. Succiono su labio inferior y él pellizca mi pezón con una mano.

Cierro los ojos y siento que no hay nadie allá afuera, sólo estamos él y yo, y el fuego que arde dentro de nosotros. El mundo podría hundirse bajo mis pies y no me importaría porque él esta conmigo y yo estoy con él. Una de mis manos se desliza hasta su miembro erecto. Lo acaricio suavemente, pero enseguida debo abandonarlo, porque él se agacha. Besa mis senos, los chupetea y sigue hacía bajo por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Abro las piernas y siento su dedos moviéndose diestramente, acariciando, y haciendo que la excitación suba y mi respiración se vuelva jadeante. Noto su lengua sobre mi clítoris moviéndose sinuosamente. Suspiro profundamente, mientras con mis manos empujo su cabeza hacía mi sexo. Su lengua baila de mi vagina a mi clítoris alternativamente y las piernas empiezan a flaquearme. Por eso, él se pone en pie y me lleva hasta la cama. Me siento en el borde y abro mis piernas, mientras él se arrodilla entre ellas. Hurga de nuevo entre mi pelo púbico, introduce un dedo en mi vagina y mi cuerpo se tensa. Luego acerca su boca a mi sexo y empieza a lamerlo. Gimo y me estremezco al sentir su boca y me acuesto sobre la cama, mientras él sigue lamiendo e introduciendo un par de dedos en mí de vez en cuando.

De repente siento como frota su sexo erecto contra el mío, lo guía hasta mi agujero vaginal y muy despacio me penetra. Me incorporo y lo abrazo con mis piernas y mis brazos, mientras siento como pega su cuerpo al mío. Empezamos a movernos ambos, acoplando nuestros cuerpos, sintiéndonos el uno al otro, el uno dentro del otro.

Siento su sexo entrando y saliendo de mí, gimo, y me convulsiono igual que él. Siento su respiración entrecortada en mi oído. Su abrazo cubriéndome por completo y el fuego del deseo creciendo entre ambos. Dos cuerpos pegados que nada ni nadie, ahora mismo, podrían separar. La carrera hacía el éxtasis se va alargando. Siento su verga hinchándose dentro de mí y vuelvo a acostarme sobre la cama. Estoy apunto de llegar a la cima y él lo sabe, por eso se detiene. Saca su sexo de mí. Y me hace poner boca abajo. Siento uno de sus dedos acariciando mi nalga y descendiendo hasta mi entrepierna, acaricia la humedad de mi sexo y luego se tiende sobre mí, siento su verga entre mis piernas y el glande chocando con mi vulva. Abro las piernas y espero para recibirle otra vez.

Dirige sabiamente su pene hacía mi vagina y vuelve a penetrarme. Yo me incorporo un poco apoyándome sobre los codos y él coloca sus manos sobre mis senos y empieza a acariciármelos a la vez que comienza a moverse suavemente. Poco a poco va acelerando el ritmo. Gimoteo cada vez más fuerte, me vuelve loca sentir sus huevos repicando contra mi clítoris y su respiración en mi oído a medida que él precipita sus movimientos.

De repente siento sus dientes mordiendo mi cuello y su lengua acariciándolo suavemente, justo debajo de mi oído y eso hace que mi piel se erice más, que las sensaciones se multipliquen y que el orgasmo se acelere. Él empuja con fuerza una y otra vez y en unos segundos mi cuerpo empieza a convulsionarse presa del orgasmo. Cuando termino, y sólo unos segundos después se corre él llenándome con su leche caliente. Me abraza con fuerza y yo me siento feliz.

Él se aparta y se acuesta a mi lado. Le miro, él me mira y me susurra suavemente:

Te quiero, princesita.

Yo también te quiero.

Descansamos un rato tras el cual nos vestimos para ir a desayunar.

Después del desayuno salimos a pasear. Damos una vuelta por el centro y después de una buena caminata decidimos descansar en una plaza llena de arboles donde hay unos cuantos bancos. Yo me siento sobre sus piernas y empezamos a besarnos. Sus manos recorren mi espalda, mientras mis brazos le rodean. Siento su sexo creciendo bajo mi cuerpo y me restriego contra él.

¡No seas mala! – Protesta.

Sabes que no puedo evitarlo. – Le susurro en el oído.

Lo sé, pero estamos en un lugar público.

Miro a mi alrededor, y veo una tienda de ropa. Se me ocurre una idea. Me levanto y cogiéndolo de la mano le digo:

Ven.

Me sigue sorprendido, preguntándose que estaré tramando. Entramos en la tienda y al pasar junto a un colgador de ropa cojo una prenda y sin vacilar me encamino hacía el vestuario seguida de él. Le miro, me sonríe, sé que sabe lo que estoy planeando. Nos metemos en el vestidor, dejó la prenda que he cogido colgada y él se sienta en el único taburete que hay en el pequeño cubículo. Me siento sobre él y empezamos a besarnos.

De nuevo muevo mi sexo sobre el suyo, que en pocos minutos vuelve a estar erecto, noto como crece entre su cuerpo y el mío. Sus manos recorren mi espalda y me subo la falda hasta la pelvis para estar más cómoda. Siento como sus manos aprietan mi culo. Y entonces el deseo crece más en mí. Hacerlo en un lugar público me pone a mil y sé que a él también. Deslizo mis manos hacía su entrepierna y le bajo la cremallera del pantalón. Busco bajo el slip su aparato, mientras sus dedos se han adentrado ya entre mis braguitas y buscan mi sexo. Me estremezco al sentir como acaricia mis labios vaginales y como resigue el camino hacía mi clítoris. Entretanto he logrado sacar su pene del refugio y lo masajeo suavemente arriba y abajo sin dejar de besar su boca.

Cada vez le deseo más y sé que él a mi también. Mi sexo está cada vez más húmedo y el suyo cada vez más hinchado, por eso le miro a los ojos y le suplico con la mirada que me haga suya. No sé hace esperar, dirige su pene hacía mi vagina y desciendo sobre él. Le abrazo, pego mi cuerpo al suyo y empiezo a moverme. Poco a poco nuestros movimientos se van acompasando. Sus manos acarician mis nalgas mientras subo y bajo sintiendo como su sexo me llena. Suspiro, gimo de placer. Mi boca busca la suya y nos besamos profundamente. Dejo que el placer recorra todos los rincones de mi cuerpo, mientras el fuego de la pasión arde entre nosotros. Desearía estar siempre así, sentirle siempre dentro de mí, pero no puedo. Debo acelerar mis movimientos, dejar que el placer nos venza o en unos minutos alguna de las dependientas vendrá a sacarnos de aquí. Cabalgo cada vez más rápidamente y también él empuja hacía mí. Siento como su verga se hincha dentro de mí, sé que de un momento a otro se va a correr. Acelero más mi movimientos y siento el placer explotando entre mis piernas. Sigo empujando, haciendo que mi vagina estruje su sexo y en pocos segundos también él se corre.

Eres increíble, princesita. – Me dice abrazándome con fuerza. Y es en ese momento cuando más deseo no despegarme de él.

Nos arreglamos la ropa y salimos de allí, sonriendo y felices.

Es casi la hora de comer así que buscamos un restaurante. Comemos y tras la comida decidimos volver al hotel ya que hace mucho calor para seguir paseando por la calle. Todavía nos quedan unas 24 horas por delante de este segundo encuentro...

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AMANTES

AMANTES

 

Su cuerpo desnudo pegado al mío, mis senos erectos rozando su pecho y su excitación creciendo entre mis piernas a un ritmo vertiginoso. Cuando lo recuerdo no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ha sido la mejor noche. En realidad, nuestra primera noche juntos.

Nos costó decidirnos y encontrar un día y un momento para estar juntos, lejos de todo y de todos. Solos, él y yo. Pero por fin pudimos fijar una fecha, un lugar, un momento para nosotros dos. Y hacer realidad aquel deseo.

¿Sabéis? Me encanta seducirle y sé que a él le encanta que le seduzca, pero es que no lo puedo evitar, es tan dulce, tan bello por dentro, tan tierno, que despierta mis más hermoso instintos primarios y mi poder de seducción. No puedo evitar desplegarlo ante él.

Todo empezó como un juego, pero poco a poco fue convirtiéndose en un fuego que nos quemaba a ambos y teníamos que apagar. Y aquella noche sería el momento de tratar de apagarlo o hacer que ardiera aún más.

Quedamos en un hotel a medio camino entre su casa y la mía. Recuerdo que me puse un vestido negro, de tirantes, que me había comprado un par de semanas antes. Era muy elegante y con un buen escote, tanto por delante como por detrás. Quería causarle buena impresión e indudablemente, seducirle. Cuando entré en el vestíbulo del hotel, él me estaba esperando sentado en uno de los sillones del hall. Al verme me sonrió, su cara se iluminó con un brillo especial. Estaba guapísimo. Llevaba un traje color beig con una camisa blanca. Me acerqué a él.

¡Hola! Estás guapísima. – Dijo. Me rodeó con sus brazos y nos besamos.

Me sentí tan segura y a gusto que desee que no me soltara nunca más.

Cuando nos separamos me preguntó:

¿Subimos?.

Claro – Respondí. – Vaya pregunta.

Lo decía por si preferías cenar algo.

No, cielo, ahora sólo tengo ganas de ti. – Le dije restregando mi cuerpo contra el suyo en un movimiento casi imperceptible a simple vista.

Nos dirigimos a la recepción, y tras pedir una habitación y dar los datos, nos dirigimos al ascensor. Una vez dentro, volví a pegar mi cuerpo al suyo, nos abrazamos y seguimos besándonos mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos. El ansia nos devoraba.

El ascensor paró y salimos de él. Nos dirigimos hacía la habitación. Estabamos felices y rebosantes de alegría. Nuestro deseo más escondido se haría realidad esa misma noche en aquella habitación. Él metió la llave en la cerradura y la puerta se abrió. Cerramos y entonces me abrazó con fuerza, volvimos a besarnos. Por fin estabamos solos, a resguardo de todo y de todos, solo él y yo.

Cogiéndome de la mano me arrastró hasta el interior de la habitación. Y sin preocuparnos por nada más, continuamos besándonos, acariciando nuestros cuerpos. Él me bajó la cremallera del vestido mientras yo le quitaba la americana y le desabrochaba la camisa. Me quitó los tirantes del vestido y lo dejó caer al suelo, en tanto que yo hacía lo mismo con su camisa. Su pecho perfecto y casi sin bello se mostró ante mí. Deseaba pegarme a él, sentir su piel junto a la mía, y sabía que él también lo deseaba. Nos conocíamos muy bien, después de tanto tiempo juntos, ambos sabíamos lo que el otro deseaba cada segundo. Por eso, él se situó a mi espalda, poniéndome frente al espejo que había a los pies de la cama, sobre el escritorio. Me desabrochó el sujetador mientras yo observaba nuestra imagen en el espejo y sentía como mi sexo se humedecía. Cuando me hubo quitado el sostén, pegó su cuerpo al mío y posó sus manos sobre mis senos empezando a masajearlos suavemente, mientras me besaba en el cuello, en esa zona donde sabe que si la roza con su boca me derrito. Mi respiración cada vez era más fuerte, más rápida, más entrecortada, porque cada vez le deseaba más. Ví una de sus manos deslizándose por mi vientre, la metió por entre mis braguitas y la llevó hasta mi sexo. Entreabrí las piernas para que pudiera acceder más fácilmente. La imagen que veía en el espejo me excitó aún más. Si hubiera tenido una cámara no me hubiera importado inmortalizar aquel momento.

¡Uhmmm, qué húmeda estas! – Me susurró al oído.

Ya sabes que contigo es algo inevitable, cielo.

Mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo se estremeció por completo. Su sexo pegado a mi culo crecía por segundos a un ritmo vertiginoso. Siguió acariciando mi clítoris y uno de mis senos. Cerré los ojos para concentrarme en aquella maravillosa sensación y recosté mi cabeza sobre su hombro. Me besó suavemente la mejilla y entonces giré mi cabeza hacía su boca y volvimos a besarnos, mientras uno de sus dedos se introducía entre mis húmedos labios vaginales. Gemí al sentir aquel placer tan sublime.

Repentinamente, él sacó su dedo de mi sexo y se apartó levemente de mí. Me bajó las bragas suavemente hasta dejarlas a mis pies. Me mordió una nalga y pegué un pequeño respingo. Volvió a ponerse en pie y me hizo sentar sobre la cama. Me cogió los pies, y quitó el vestido y las bragas de debajo apartándolos a un lado. A continuación, y sujetándome el pie derecho, me quitó el zapato. Deslizó sus manos por mi muslo, hasta alcanzar la goma de la media y la hizo bajar suavemente por mi pierna hasta quitármela. Besó los dedos de mis pies y ascendió beso a beso por mi pierna hasta la rodilla. Repitió la operación con la otra pierna. Se puso en pie frente a mí. Le bajé la cremallera, desabroché el cinturón, el botón y el bulto entre sus piernas se hizo más evidente. Bajé la goma del slip y su pene surgió erecto frente a mí. Lo sujeté con la mano por la base, acerqué mi boca y besé la punta suavemente. Luego saqué la lengua y empecé a lamerlo dulcemente. Él me observaba mientras se mordía el labio inferior. Le miré, nuestros ojos se cruzaron. Chupé el masculino sexo con avidez. Me encantaba aquel sabor, su sabor. Lamí el tronco y descendí hasta la base, luego ascendí de nuevo hasta el glande y me lo introduje de nuevo en la boca para seguir chupeteándolo. Él gemía mientras el fuego de la pasión ardía en aquella habitación.

¡Para! – Me ordenó con evidente excitación.

Obedecí y me hizo acostar sobre la cama con las piernas abiertas. Se puso entre ellas de rodillas y sentí su lengua rozando mi clítoris. Gemí y mi cuerpo se estremeció al sentir aquella caricia. Luego sentí su boca cerrarse sobre mi clítoris y succionarlo. Un nuevo estremecimiento sacudió mi cuerpo. Mi sexo estaba cada vez más húmedo, más excitado y me hacía desearle cada vez más. Su lengua se movía sabiamente por mi sexo, yendo de mi clítoris a mi vagina e introduciéndose en ella. Empezó a martillear mi clítoris con la lengua, mientras introducía un par de dedos en mi vagina. Aquello me excitó aún más, haciendo que mi sexo pareciera un mar inundado de jugos, lo que hacía que él lamiera con más avidez. Y a punto de llegar al orgasmo, él se detuvo en sus caricias, se puso sobre mí, me besó en los labios y dirigiendo su sexo hacía el mío me penetró. Mientras lo hacía, sus ojos miraban fijamente a los míos, nuestras miradas se cruzaron por enésima vez y pude sentir todo aquel fuego que desprendía su mirada. "Mi sol", pensé, "estaría así contigo eternamente".

Luego empezó a moverse despacio, mientras con sus manos buscaba las mías. Y así, cogidos por las manos, mirándonos fijamente a los ojos y sintiendo nuestros cuerpos pegados el uno al otro, comenzamos a bailar la bella danza de la pasión y el deseo. Él se movía lentamente sobre mí haciéndome sentir su verga entrando y saliendo muy despacio. Mis senos rozaban su pecho y eso hacía que él se excitara más, con lo cual su pene se tensaba dentro de mí.

Repentinamente se detuvo. Y abrazándome me instó a rodar sobre la cama, pegados, para que yo quedara sobre él. Volvimos a entrelazar nuestras manos y entonces fui yo quien empezó a cabalgar sobre él, a moverme para sentir como su pene resbalaba por mi vagina hasta llegar a lo más hondo de mí, llenándome por completo. El ritmo de nuestros cuerpos fue acompasándose poco a poco, sintiéndonos el uno al otro. Notando el calor inconfundible de nuestros cuerpos amándose. Por fin juntos, unidos en una danza perfecta de amor, deseo y placer. Yo me movía lentamente y sentía como su cuerpo se templaba debajo de mí. Su boca pegada a mi oído me indicaba que estaba disfrutando, pues gemía y suspiraba sin cesar. Yo también gemía sintiéndole dentro de mí, sintiendo como su verga se hinchaba en mi interior. Y en aquel lento camino hacía el placer empecé a sentir como el éxtasis se concentraba en mi sexo y explotaba estrujando el viril miembro masculino, que no tardó mucho en tensarse y explotar también. Nuestros cuerpos se convulsionaron a la vez durante unos segundos, hasta que el orgasmo terminó para ambos. Nos quedamos unos segundos inmóviles, abrazados, hasta que decidí acostarme a su lado.

Recosté mi cabeza sobre su pecho mientras él pasaba su brazo por detrás de mi espalda y me abrazaba contra él. No dijimos nada. No nos hacían falta las palabras. Con cada mirada de aquella noche, de aquel momento, sabíamos lo que el otro sentía.

Desperté un par de horas más tarde. La luz del amanecer empezaba a iluminar levemente la habitación y pude verle acostado a mi lado, dormido. En su rostro había una expresión de tranquilidad y felicidad que me puso a cien con sólo mirarle.

Sabía que sólo nos quedaban unas pocas horas de aquella noche y no quería desperdiciarlas. Así que me pegué a él, que estaba boca arriba, y besé suavemente su mejilla. Él ni se movió, por lo que decidí acariciar su sexo por debajo de las sabanas, y este enseguida reaccionó. Aquello me animó a seguir, y decidí meterme bajo las sábanas. Llegué hasta su sexo que aún estaba un poco fláccido y sujetándolo con una mano, empecé a lamerlo. Enseguida empezó a reaccionar, al igual que mi amante, que empezó a despertarse y gemir. Sentí sus manos sobre mi cabeza, empujando para que siguiera con el trabajo, mientras yo lamía el glande. Ambos volvíamos a estar a mil, deseosos de repetir el combate de unas horas antes. Lamí con vehemencia, engullí aquel glande y lo chupé como si fuera un chupa-chups. Lengüeteé el tronco y me detuve en los huevos, lamiendo primero uno y luego el otro. Volví a ascender por el tronco hasta el glande y volví a chuparlo. Él gemía y se retorcía excitado hasta que tiró de mi pelo y me suplicó que me detuviera. Lo hice y me recosté a su lado.

Frente a frente, ambos de lado, nos miramos a los ojos. Él pegó su cuerpo al mío. Subí mi pierna hasta apoyarla en su cadera y noté como su sexo erecto rozaba mi húmeda vulva. El fuego del deseo había vuelto a encenderse en nuestras entrepiernas. Deseaba que dejara de juguetear con nuestros sexos y me penetrara de nuevo, por eso empujé hacía él. Sin hacerse esperar más, guió su verga hasta mi sexo y muy despacio la introdujo en mí. Ambos empujamos hasta que nos sentimos el uno dentro del otro. Y entonces, él empezó a moverse despacio, haciendo que su pene entrara y saliera de mí. Yo también empujaba hacía él. Entretanto nuestras miradas estaban fijas en la del otro.

Empecé a gemir sintiendo el placer que me proporcionaba. Poco a poco fuimos aumentando el ritmo. Ambos gemíamos, sintiendo nuestros cuerpos pegados. Nuestros labios se unieron en un beso de lenguas luchando por encontrarse y sentirse. Pasé mis brazos por detrás de su cuello y le abracé, momento que él aprovechó, para acostarme boca arriba sobre la cama y quedar sobre mí. Entonces, le abracé con mis piernas también y sentí como su sexo se endurecía cada vez más dentro de mí.

Sabía que le encantaba sentir mi cuerpo pegado al suyo, mis senos rozando su pecho y mi respiración excitada en su oído. A mí también me encantaba. Aquello hacia que ambos nos excitáramos cada vez más. Hasta que mi vagina empezó a contraerse presa del orgasmo, estrujando su verga entre sus paredes y haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Pocos segundos después también él alcanzaba el éxtasis. Su sexo se hinchaba dentro de mí y su blanco y caliente semen me llenaba. La unión completa se había consumado. Y él cayó rendido sobre mí. Nos abrazamos fuertemente y luego se acostó a mi lado. Nos quedamos un rato descansando hasta que ambos decidimos levantarnos. Teníamos que marcharnos, volver cada uno a su vida y dejar aquel sueño aparcado en aquella habitación hasta la próxima vez que pudiéramos tener ocasión para repetirlo.

Nos vestimos y abandonamos la habitación. Una vez en recepción, él pagó y me acompañó hasta mi coche que tenía aparcado a unos metros del hotel. Me abrió la puerta caballerosamente y antes de que yo entrara nos besamos y me preguntó:

¿Cuándo podremos repetirlo?

No lo sé. Espero que pronto. Te quiero. – Le respondí acariciando su suave mejilla y mirándolo a los ojos.

Yo también te quiero mi princesita.

Me subí al coche y él cerró la puerta. Se quedó en la acera observando como mi coche se alejaba y deseé volver con él, pero no podía, mi vida me esperaba.

 

Erotikakarenc

 

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