Blogia

EROTIKA. RELATOS Y PENSAMIENTOS

Amantes (3)

Amantes (3)

(Una fantasía compartida y hecha realidad)

Son las nueve de la noche, y no sé si bajar a la zona de Spa del hotel ha sido una buena idea, no hay casi nadie, sólo un par de tíos y poco más. ¡Vaya panorama!, yo que pensaba que quizá podría ver a alguna chica guapa con albornoz. No sé por qué pero eso es como un fetiche para mí, me excita un montón ver a una chica en albornoz e imaginar que debajo no lleva nada.

Salgo de la ducha y miro el reloj, son las nueve y veinticinco. Aún me queda un rato para poder bajar a la zona de Spa, así que me pongo el bañador, las zapatillas y el albornoz y bajo hasta la planta baja.

De repente ella entra en la piscina, a sus treinta y cuatro años está preciosa, con un albornoz blanco. Entra moviendo sus caderas, sabiendo que los tres la estamos mirando. Se contonea como si fuera un pavo real exhibiéndose ante sus hembras. Se detiene junto a una tumbona, y muy delicadamente se quita el albornoz: Desabrocha el cinturón, abre el albornoz y deja entrever su sinuoso cuerpo. Imagino que bajo la ropa va desnuda y me excito.

Sé que me están mirando, por eso me quito al albornoz con sensualidad, tratando de acaparar sus miradas, sobre todo la de él que esta frente a mí a unos diez metros. Le miro, mojo mi labio superior repasándolo con la lengua suavemente y luego el inferior. Dejo el albornoz sobre la tumbona y con la misma parsimonia me acerco hasta el jacuzzi sin dejar de mirarle directamente a los ojos. Me arreglo el pelo, paso mis manos para peinármelo, empiezo a llevarlo algo largo y no quiero mojármelo, así que cojo la goma que llevo en la muñeca y me hago una diminuta coleta. Lo hago sin dejar de observarle.

No puedo creérmelo. Me está mirando, esa hermosa mujer, me está mirando directamente a los ojos, mientras se acerca a mí y se introduce en el jacuzzi. Me ha puesto a mil con ese gesto de peinarse. Mi corazón va a cien por hora, trato de desviar mi mirada de esos intensos ojos azules, pero no puedo. Ya está dentro del jacuzzi, se sienta a mi lado y sigue mirándome.

Le miro directamente a los ojos durante unos segundos, me acerco a él y paso mi brazo por detrás de sus hombros si dejar de mirarle. Acerco mi boca a la suya y le beso introduciendo mi lengua, buscando su lengua y repasando sus dientes. Nos separamos y mientras me siento sobre sus piernas me dice:

- Que bien te sienta el albornoz, princesita.

Gracias - Me responde ella. Sus ojos azules brillan como nunca. Los chicos que había en la piscina salen y nos dejan a solas.

Hemos planeado este fin de semana al dedillo y nada se nos va a escapar. Hoy nuestras fantasías se harán realidad.

Vuelve a besarme y pega su pecho al mío. Me encanta sentir sus pezones presionando mi pecho. Acaricio su espalda y bajo mis manos suavemente hacía sus nalgas.

Siento como las aprieta y lo abrazo. Pego mi cuerpo al suyo y siento como su sexo crece bajo el mío. Me muevo sobre él para rozarlo y excitarlo. Sus manos aprietan mis nalgas cada vez más fuerte. Siento como desliza su mano hasta mi sexo, introduce un dedo por la goma del bañador y busca mi clítoris. Lo masajea suavemente, mientras siento como el agua del jacuzzi acaricia mi piel. Deslizo mis manos hasta su sexo, y lo acaricio por encima de la tela del bañador, luego las introduzco dentro y saco el miembro erecto y altivo. Lo acaricio con suavidad, moviendo mi mano arriba y abajo, mientras él sigue moviendo su dedo, marcando círculos sobre mi clítoris y masajeando mis labios vaginales. Deseo sentirle dentro de mí así que aparto la tela del bañador y acerco su sexo al mío, con su ayuda me lo introduzco. Siento como el capullo entra, desciendo un poco más, hasta que por fin, todo su sexo se entierra en el mío. Empiezo a moverme arriba y abajo, sintiendo como su pene me posee, mientras él, aparta la tela del bañador y acaricia mis senos, los soba, los aprieta, los besa y los chupa, llevándome hasta el más delicioso placer. Sabes como excitarme y sabe que mi fantasía se está haciendo realidad: hacer el amor dentro del agua. Nos miramos;, en sus ojos veo chispas de amor, deseo, cariño. Y siento el fuego de nuestra pasión quemándonos. Me aprieto contra él, le abrazo y entierro su cara entre mis pechos. Aceleró mis movimientos y le cabalgo como un caballo desbocado, sintiendo como entra y sale de mí, como su polla se desliza por las húmedas paredes de mi vagina. Estoy a punto de correrme, siento ese inconfundible cosquilleo que me lo avisa y empujo más fuerte para sentirle más dentro de mí, mientras él aguanta. Masajea mis nalgas y las aprieta con fuerza. Empiezo a convulsionarme sintiendo el máximo placer llenándome y cuando por fin me detengo, él me abraza y me susurra al oído:

- ¿Por qué no subimos a la habitación antes de que nos echen de aquí? Además, quiero verte con ese albornoz otra vez.

- Vale. - Acepto.

Ahora le toca a él hacer realidad su fantasía. Así que tras arreglarnos y ponernos bien los bañadores, salimos del agua.

Nos ponemos el albornoz y subimos a la habitación. Ella va delante y veo como a cada paso que dá mueve sus caderas sensualmente. Lo hace para excitarme, lo sé, porque ella es así, le encanta ponerme a cien, provocarme de esa manera que sólo ella sabe. Y lo hace tan bien, es tan hermosa y sensual.

Llegamos a la habitación y tras entrar ya no resisto más y la beso apretándola contra mí. La abrazo y le susurro al oído:

- Anda, hazme un favor y quítate lo que llevas debajo del albornoz.

Se dirige al lavabo, mientras yo me quito el albornoz y el bañador mojado. Mi sexo aparece erecto y excitado, pero es que es algo inevitable, sólo con pensar en ella, en su dulce voz, en sus gemidos, en sus senos danzando frente a mi cara hace sólo unos minutos, me pongo como una moto. Además, trato de imaginar su cuerpo desnudo bajo el albornoz y aún me excito más. Ella sale del baño con el albornoz anudado en la cintura, dejando entrever su escote, el nacimiento de sus senos, está preciosa y muy deseable. Se acerca a mí, moviéndose sensualmente, sin quitar sus ojos de mí. La observo de arriba abajo. Se arrodilla ante mí, mirando mi sexo con deseo, lo envuelve entre sus manos y como sin querer me muestra su escote. Mi excitación aumenta. Ella acaricia mi sexo suavemente, luego acerca su boca y lame el glande, trato de ver algo más dentro de ese sensual escote que me estremece con sólo mirarlo. Ella chupa, saborea y se deleita mamando mi verga. Me excita con cada lengüetazo y me hace estremecer. Estoy en el cielo sintiendo su boca caliente alrededor de mi verga, a la vez que trato de adivinar algún retazo más de su piel desnuda debajo de ese albornoz. Ya no aguanto más y le pido:

- Ven aquí.

Se pone en pie, se sienta sobre mis piernas y le desabrocho el cinturón del albornoz. Poco a poco lo aparto para ver su cuerpo desnudo. Acaricio su piel, su vientre, ascendiendo hasta sus senos desnudos. Mi sexo vibra entre mis piernas. Nos besamos y ella sitúa su sexo sobre el mío, que pega un respingo al sentir ese calor de sexo excitado. La deseo como nada, como a nadie y por eso la abrazo con fuerza. Me deleito acariciando sus senos suaves, tersos. Los aprieto suavemente. Nos besamos. Ella busca mi pene, lo lleva hasta su húmeda vulva y se lo introduce suavemente. Luego me acuesto sobre la cama y ella se queda apoyada sobre sus brazos, dejándome observar la belleza de su desnudo envuelto por el albornoz. Estoy a mil y empujo contra ella, la penetro. Quiero que me sienta y me disfrute como yo la disfruto a ella. Ella también empieza a moverse, me observa y me cabalga de nuevo como lo ha hecho antes en el jacuzzi. Luego pega su cuerpo al mío y yo me excito aún más. Sentir sus senos, sus pezones, pegados a mi pecho, me enerva. La sujeto fuertemente por la cintura y empujo. Ella gime con ese inconfundible sonido de excitación, suspira y me pide más. Vuelvo a empujar otra vez y luego otra, y cada vez más fuerte y más rápido. Ella gime cada vez con más intensidad y yo me excito escuchándola, sintiéndola, teniéndola. La martilleo con mi sexo, sé que está a punto de correrse, su vagina estruja mi sexo con fuerza y siento que yo también me voy a correr, mi sexo se hincha. Ella gime llegando a la cumbre del éxtasis pero sigue cabalgándome, abrazándome con fuerza hasta que yo también alcanzo el éxtasis final vaciándome en ella. Nos abrazamos con fuerza, la beso en el cuello y se estremece.

- Gracias Princesita. - Le susurro al oído. - Ha sido genial.

- Para mí también lo ha sido, mi sol.

Ella se quita el albornoz, ya que le da calor. Nos quedamos tumbados sobre la cama, abrazados el uno al otro hasta que el sueño nos vence.

Los primeros rayos de sol penetran por las rendijas de la persiana y se reflejan sobre su cuerpo desnudo, destacando su hermosura. Me parece increíble que ella esté acostada a mi lado, desnuda, en esta cama. La contemplo, está tumbada de lado hacía mí, sus pechos ligeramente caídos a un lado. Y sus caderas tan bien definidas saliendo juguetonas por las sábanas. Acaricio su pelo, enredo mi dedo en uno de sus rizos, luego lo suelto y dibujo su silueta hasta llegar a la cadera. Ella se remueve, sonríe, se despierta, abre los ojos. Acerco mi boca a su oído y le susurro:

- Eres mi sueño, la mujer que siempre había deseado, no me creo que esto me esté sucediendo.

Sonríe más abiertamente:

- Pues soy real, estoy aquí y no estás soñando. - Le susurro al oído, pegando mi cuerpo al suyo - ¿Ves?

Nos besamos apasionadamente, rozando nuestros cuerpos el uno contra el otro, sintiéndonos.

Su mano baja hasta mi nalga y la aprieta, mientras yo le abrazo contra mí. Luego, llevo mi mano hasta su sexo despierto y lo masajeo suavemente. Mientras su mano se pierde en mi sexo. Beso sus labios, luego lo hago tumbar bocaarriba, me sitúo entre sus piernas, sujeto su miembro con la mano y acercando mis labios al glande empiezo a chuparlo.

La observo, sus ojos me miran con picardía, mientras su boca chupa y lame mi pene. Siento sus labios calientes, su lengua húmeda, alrededor de mi verga y me excita más. Su mano amasa mi verga cuidadosamente y de vez en cuando la mueve hasta mis huevos y los masajea. Pero lo que más me excita es ese gesto que hace, sacando la verga de su boca con suavidad mientras chupa el glande. Luego lame el tronco, desciende hasta mis huevos y los chupetea, primero uno y luego otro. Asciende por el tronco, arrastrando la lengua por él, mientras sus ojos se clavan en los míos. Sigue chupando el glande durante un rato. Su cabeza sube y baja sobre mi pene y la humedad y el calor de su boca envolven mi glande, haciéndome estremecer y gemir sin remedio. Levanto mi cabeza hacía ella y veo como se acaricia el sexo y tiro de ella para que se coloque sobre mí.

Vuelvo a su boca y le beso, mientras acaricio su sexo con el mío. Le abrazo con fuerza y él también me abraza. Acaricia mi espalda y mi culo suavemente, luego introduce sus dedos entre los pliegues de mi sexo, masajeándolos y haciéndome estremecer de placer. Seguidamente besa mi cuello, lo muerde y lame. Mi piel se eriza por completo, me conoce bien y sabe que eso me excita hasta el límite. Desciende hasta mis senos y se entretiene besándolos, chupándolos y amasándolos durante unos segundos. Siento como mi sexo se humedece cada vez más, como un agradable cosquilleo se apodera de él haciendo que mi deseo aumente poco a poco. Siento su lengua lamiendo mi piel, pasando por encima de mis pulmones y descendiendo por mi vientre, hasta alcanzar mi clítoris. Empiezo a lamerlo y chupetearlo, mientras con sus dedos hurga en mis pliegues vaginales. Uno de sus dedos se introduce en mí y un gemido de placer escapa de mi garganta. Luego siento su lengua adentrándose también en mí, no puedo contenerme y mi cuerpo vibra sin descanso. Mis gemidos se hacen cada vez más intensos, envolviendo el aire de la habitación.

Sus gemidos evidencian que desea más, además, sus jugos llenan mi boca de su sabor. Decido ponerme sobre ella, acerco mi sexo al suyo y suavemente la penetro. Enseguida me abraza con sus piernas, haciendo que la penetración se haga más profunda. Nos besamos larga e intensamente, y empiezo a moverme despacio, haciendo que mi sexo entre y salga de ese caliente túnel. La miro a los ojos, su cara de deseo, sus ojos ardiendo, me parece increíble tenerla entre mis brazos, que sea mía, aunque sólo sea por esta noche. Sigo empujando lentamente, quiero que el placer dure eternamente. Ambos gemimos de placer. Pero repentinamente, recuerdo cual es su postura favorita para hacerlo y sacando mi miembro de ella le pido:

Date la vuelta y ponte en cuatro.

Me mira sonriendo pícaramente y adivinando lo que pretendo, y me obedece. Me sitúo tras ella, acaricio su culo suavemente y guío mi verga hasta su húmedo sexo. Suavemente la penetro.

Siento como me penetra y luego empieza a moverse despacio. Nos incorporamos, quedándonos arrodillados y veo mi cuerpo desnudo en el espejo y a él detrás de mí, con su boca en mi oído y sus manos acariciando mis senos. Esta posición me excita hasta límites insospechados y él lo sabe. Deslizo una de sus manos hasta mi clítoris y empiezo a acariciarlo, aumentando el placer. Siento que no tardaré en correrme si él sigue empujando de así, suspirando y gimiendo en mi oído y acariciando mi sexo. Mis gemidos se hacen más intensos y él acelera sus movimientos. Hasta que empiezo a sentir como el orgasmo explota en mi sexo. Mi cuerpo se estremece y él empuja con más fuerza, siento como su sexo se hincha dentro de mí y segundos más tarde se corre también.

Siento que es maravilloso sentir su cuerpo pegado al mío en el momento cumbre y abrazarla contra mí mientras ambos gemimos de placer. Luego nos tumbamos sobre la cama. Vuelvo a abrazarla con todas mis fuerzas, aspirando su aroma, sintiendo su piel pegada a la mía. Cierro los ojos y me duermo.

Cuando despierto la veo saliendo del baño con el pelo mojado y el albornoz puesto, acaba de ducharse e irremediablemente mi sexo se pone en pie de guerra imaginando su cuerpo desnudo bajo el albornoz.

 

Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR).

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

Nuestra nube.

Nuestra nube.

....Siento tu aliento sobre mi sexo y me estremezco, un escalofrio recorre mi cuerpo, haciendo que mi piel se erice. Espero expectante a sentir tu lengua y no tardas mucho en posarla sobre mi clítoris, que masajeas lentamente. Empiezas a moverla por todo mi sexo y yo empiezo a gemir y convulsionarme placenteramente. Acaricio mis senos mientras siento las llamas de mi deseo quemando mi piel. Tu boca chupetea diestramente mi sexo, introduces tu lengua en mi vagina y yo sigo gimiendo. Con tu mano tratas de alcanzar uno de mis senos y los masajeas. Yo te suplico que vengas, que necesito sentirte dentro, que te deseo. Me haces caso por fin y te pones sobre mí. Acaricias mi mejilla y me observas con ternura, en tus ojos veo tu pasión, tu deseo, tus sentimientos hacía mí. Sin dejar de mirarme, siento como guias tu sexo hasta el mio. Me besas y suavemente me penetras. Te siento entrando en mí, te siento en mí, eres mio. En este momento sólo existimos tú y yo. Empiezas a moverte y yo también me muevo. Acompasamos los movimientos de nuestros cuerpos, mientras estamos pegados, pegado como nunca, pegados como siempre hemos soñado, flotando en nuestra nube, esa en la que nos sentimos tan a gusto. Nuestra nube.

ME ENCANTA QUE ME MIRES.

ME ENCANTA QUE ME MIRES.

Me encanta que me mires mientras me desvisto, cuando poco a poco me voy desabrochando la blusa y tú impaciente y expectante esperas que desabroche el último botón y entre abra la blusa para ver mis senos desnudos. Por eso no me pongo sujetador, por que sé que eso te excita y me encanta excitarte, que me mires con esos ojos de deseo y esa cara tan tierna que me provoca acercarme a tí, sentarme sobre tus piernas y enseñarte el canal de la blusa que se abre frente a mis senos insinuandote lo que esta debajo. Te beso y tus manos se pierden por debajo de la tela, acarician mi piel y me muevo excitada. Te deseo, te ansio y no lo puedo evitar. Quiero sentirte en mí, quiero que este momento no termine nunca. Tus manos se mueven hasta mis senos y suavemente los acaricias. Finalmente te atreves a apartar la blusa, me la quitas y la dejas caer al suelo, mientras tus labios se pegan a mi cuello. Cierro los ojos sintiendo ese agradable cosquille que me hace estremecer, siento como mi sexo se humedece y deseo más, pero dejo que seas tú quien decida como debemos seguir. Me tumbas sobre la cama, tumbandote sobre mí. Siento tu sexo pegado al mio, crecido y ardiendo de deseo igual que el mio. Sigues besando mi cuello y no puedo evitar estremecerme. Besas mis senos, los acaricias, los sobas y los mimas. Te observo mientras lo haces, me encanta mirarte mientras me das placer. Desciendes por mi vientre y llegas a mi braguitas, con mucha sensualidad y lentitud me las quitas, mientras siento tu respiración en mi sexo. Deseo cada vez más, pero parece que cada vez vas más lento. Cuando finalmente me las has quitado, asciendes por mis muslos, besandolos suavemente, hasta llegar a mi sexo...

Buscando la pasión 2 (Entre dos hombres)

Buscando la pasión 2 (Entre dos hombres)

Tuve que ir descalza hacía la puerta. Abrí y allí estaba él. Más guapo sí cabe que la noche anterior. Mi nerviosismo aumentó al verle.

- ¡Hola! Pasa.

- Estás guapísima. – Me dijo- ¿Estas lista ya?

- No, me faltan los zapatos. Espera un segundo, enseguida estoy.

Volví a la habitación y seguí rebuscando en el armario, teniendo que meter la mitad de mi cuerpo dentro para buscar. No encontraba los zapatos, pero de repente sentí a Francisco pegándose a mí y susurrándome al oído:

- ¿Quieres que te ayude? – Besó mi nuca con suavidad y yo protesté:

- No, por favor, ahora no.

Sentí su sexo que estaba totalmente erecto y duro como una piedra, pegado a mis nalgas.

Venga, si lo estás deseando. – Dijo bajando la cremallera del vestido.

No, por favor, Francisco. – Traté de resistirme y apartarle de mí, pero él tenía razón, lo estaba deseando.

Y además me has hecho caso y no te has puesto ropa interior. – Añadió metiendo su mano por entre el vestido y acariciando mi seno derecho, lo que hizo que toda mi piel se erizara y mi sexo empezara a humedecerse.

Siguió besando mi nuca mientras masajeaba mi seno con su mano y con la otra subía la falda del vestido hasta alcanzar mi sexo y acariciarlo suavemente. El deseo crecía en mí, ansiaba volver a sentirle, tenerle dentro de mí, sentir sus besos y caricias sobre mi piel como la noche anterior. Francisco me hizo salir del armario y frente a frente me besó apasionadamente, mientras me quitaba el vestido dejándolo caer al suelo. Me abrazó con fuerza, poniendo sus manos en mi culo y apretándome contra él.

Me llevó hasta la cama y me tendió sobre ella preguntándome:

- Anoche lo hiciste con tu marido ¿verdad? Para quitarte la culpa.

Afirmé con la cabeza, mientras él acariciaba otra vez mis senos.

- Pues a partir de hoy sólo te follaré yo ¿Vale? – Dijo quitándose los pantalones y dejando libre su sexo erecto.

Volví a afirmar con la cabeza.

- Estarás siempre dispuesta para mí – Dijo mientras lamía mis senos. – Y siempre que te llame acudirás donde y como yo te diga.

- Sí. – Afirmé presa de aquel inmenso deseo que me quemaba la piel.

- ¿Lo prometes?

- Lo prometo. – Acepté.

Siguió lamiendo y sobando mis senos, masajeándolos y acariciando mi piel con la lengua, descendió poco a poco hasta llegar a mi sexo. Cerré los ojos y sentí como enredaba su lengua en mi clítoris, como lo succionaba y lamía haciéndome estremecer. Gemí excitada. Él siguió moviendo su lengua, de vez en cuando la introducía en mi vagina, otras veces chupaba mis labios vaginales o mi clítoris arrancándome gemidos de placer, hasta que logró provocarme el primer orgasmo. Se acercó a mi boca y me besó, luego me ordenó:

- Date la vuelta y ponte en cuatro.

Le obedecí. Él se situó tras de mí y sentí como restregaba su glande contra la humedad de mi sexo. Gemí nuevamente mientras él seguía frotando su sexo contra el mío. Finalmente lo guió hasta mi agujero y de un solo y fuerte empujón me penetró.

- ¡Ah! – Gimoteé.

Francisco se recostó sobre mi espalda, llevó sus manos hacía mis senos y los acarició suavemente mientras permanecía quieto sobre mí. Besó mi nuca y descendió con sus manos desde mis senos hasta mi sexo, donde adentró un par de dedos en mi bello púbico y buscó mi clítoris. Empezó a masajearlo con suavidad, lo que provocó que empezara a moverme haciendo que su sexo entrara y saliera de mí levemente.

Luego se incorporó quedándose de rodillas detrás de mí, y sujetándome por las caderas comenzó a empujar con fuerza una y otra vez. Yo me incliné reposando mi cabeza sobre la cama y dejé que me torturara haciendo que su verga entrara y saliera de mí en un lento movimiento de mete-saca. Hasta que se detuvo y me incorporé sobre mis brazos. Volvió a recostarse sobre mi espalda permaneciendo quieto, besó mi nuca, mi hombro, los lamió entretanto pellizcaba mis pezones. Nuevamente llevó sus manos hasta mi sexo y acarició mi clítoris. Me hizo poner de rodillas y sin despegarse de mí y mirándonos en el espejo que había en la cabecera de la cama me dijo:

Mírate, mira como disfrutas conmigo, seguro que con él no disfrutas tanto.

Tenía razón, con mi marido hacía mucho tiempo que no disfrutaba del sexo de aquella manera, habíamos perdido la pasión del principio e incluso el amor.

En aquel momento, al verme ensartada por mi amante en aquel espejo, deseando que me diera más, me di cuenta de aquello y de que mi amor por "mi marido" hacía mucho tiempo que se había acabado.

Entonces Francisco empezó a moverse, primero despacio y luego más deprisa. Una de sus manos seguía hurgando en mi clítoris, mientras con la otra me sujetaba por la cintura, marcando la pauta de mis movimientos. No pude evitar llevar mis manos a mis senos y acariciármelos para obtener un plus de placer. Empecé a gemir sintiendo el inconfundible cosquilleo del orgasmo naciendo desde lo más profundo de mi sexo y extendiéndose poco a poco por todo mi ser. También Francisco estaba a punto de correrse, su polla se hinchaba cada vez más dentro de mí, y cada vez empujaba con más fuerza. Llegué al fin al demoledor éxtasis, justo en el mismo instante en que lo hacía él. Y ambos caímos exhaustos, sudorosos y derrumbados sobre la cama. Nos quedamos acurrucados el uno junto al otro, abrazados durante un rato, hasta que miré el reloj, eran las dos y medía:

- ¿No tienes hambre? – Le pregunté.

- ¡Ostras! – Exclamó mirando el reloj de la mesilla - Había hecho una reserva en un restaurante cercano para las dos, pero supongo que ya la he perdido, es demasiado tarde.

- Supongo que sí. Si quieres puedo preparar algo.

- Vale. – Me dijo en tono cariñoso.

Me puse una bata semitransparente que tenía y me dirigí a la cocina mientras él se quedaba tumbado en la cama.

Empecé a preparar una ensalada y saqué un par de huevos y algunas patatas. Estaba batiendo los huevos para hacer una tortilla cuando oí la voz de Francisco a mi espalda.

- Estás muy sexy con esa bata – Me dijo, mientras pegaba su cuerpo desnudo al mío y me hacía sentir su verga dura reposando entre mis nalgas.

Sus manos se deslizaron hasta mis senos y los acarició suavemente.

- Fran me estás haciendo perder la concentración y así no voy a poder hacer la tortilla. – Protesté.

- Es lo que pretendo, desconcentrarte para que te concentres en mí. – Me dijo besando mi nuca. Empezó a besarme suavemente, pero justo en aquel momento sonó el teléfono.

Teníamos un teléfono portátil que generalmente estaba en la cocina, así que lo cogí.

- ¿Diga?

- Cariño, ¿cómo estás? – Me preguntó mi marido.

- Bien ¿y tú, Moisés? – Dije su nombre para que Francisco, que seguía besando mi nuca y acariciando mi cuerpo suavemente, supiera con quien hablaba. Yo me sentía nerviosa y un poco indecisa, sin saber exactamente que decirle a Moisés.

- Bien, he terminado más pronto de lo previsto con mi último cliente y he pensado que podríamos comer juntos por aquí cerca. – Me propuso.

De vez en cuando Moisés me llamaba para que comiéramos y así poder vernos con más frecuencia. Para él ese era un modo de resarcirme por tenerme tan abandonada constantemente, pero evidentemente, eso no era suficiente para nuestra relación, pues tenía muchas otras carencias.

- ¿Comer? Bueno... Es que...

- Dile que estás comiendo con una amiga. – Se apresuró a aconsejarme Francisco, susurrándomelo al oído.

- Es que estoy comiendo con Sara y luego queremos ir de compras.

- Vaya. – Se lamentó Moisés. – Otro día será.

- Lo siento cariño. – Le dije y colgué sintiéndome culpable de haberle mentido.

Francisco me abrazó con fuerza. Me hizo girar hacía él y de nuevo estampó un profundo y largo beso en mis labios, haciéndome olvidar cualquier sentimiento de culpa. En ese momento me di cuenta de que él me estaba dando algo que mi marido había dejado de darme hacía tiempo. Pasión, si, sentía que con Francisco estaba recuperando la pasión que había perdido con mi marido, pero también pensaba que para poder mantener aquella relación a largo plazo necesitábamos algo más, algo que aún era pronto para que lo tuviéramos, quizás con le tiempo acabaríamos logrando la confianza y la amistad que cualquier relación necesita para durar en el tiempo.

Tras el beso me despegué de él y le dije:

- Deja que termine de hacer la comida.

- No puedo, me tienes ardiendo. Es esa bata, me pone a mil. – Justificó.

- Esta bien, dejamos la comida para luego. – Acepté finalmente y dejé que empezara a desabrochar la bata.

Sus manos acariciaron mi piel desnuda con mucha suavidad. Sus labios besaron mi cuello, haciéndome estremecer de deseo. Mi sexo empezó a humedecerse, le deseaba otra vez, quería tenerle dentro. Sus labios descendieron desde mi cuello hacía mis senos, que los chupeteó. Primero lo hizo con el derecho. Lo chupó y lamió como si estuviera mamando, luego mordió mi pezón con suavidad, haciéndome estremecer y a continuación hizo lo mismo con mi pecho izquierdo, lo mamó y sobó y luego mordió mi pezón.

Yo estaba a mil, ardiendo de deseo, sintiendo como la humedad de mi sexo descendía por mis piernas. Francisco siguió descendiendo por mi vientre, lamiéndolo suavemente con su lengua, hasta llegar a mi sexo. Entonces enredó su lengua en mi clítoris y empezó a chupetearlo haciéndome estremecer. Sentí como la movía de mi clítoris a mi vagina, introduciéndola en ella y haciéndome gemir. Seguidamente noté como metía un par de dedos dentro de mí, mientras seguía mamando mi clítoris. Finalmente se puso en pie y me ordenó que me pusiera de espaldas a él. Me hizo apoyar sobre el mármol de la cocina, separó mis piernas y siguió lamiendo mi sexo. Dirigió su lengua hasta mi ano y también lo lamió introduciendo su lengua en él. Después cogió una de las zanahorias que tenía sobre el mármol para hacer la ensalada, precisamente la más grande, y sentí como la acercaba a mi sexo. Estaba fría y húmeda. La introdujo suavemente y luego empezó a moverla despacio dentro y fuera, mientras seguía masajeando mí clítoris. El deseo me estremecía y me hacía arder, deseaba más y más. Gemía excitada, mientras él lamía mi clítoris y movía la zanahoria como si fuera un vibrador. Seguidamente sacó la zanahoria y me la tendió diciéndome:

- ¡Anda, chúpala, zorrita!

Estaba tan excitada y desinhibida que lo hice, chupé la zanahoria saboreando mis propios jugos. A continuación, Fran se puso en pie, guió su verga hasta mi húmeda vagina y de un solo empujón me penetró.

- Ahora te voy a follar como te mereces, putita.

Empezó a empujar suavemente, sujetándome por las caderas y poco a poco fue acelerando el ritmo, haciendo que sus embestidas fueran cada vez más rápida. Yo gemía de placer y deseo, excitada como nunca lo había estado con ningún otro hombre.

Francisco empujaba unas veces lentamente, haciéndome sentir como su sexo entraba en mí suavemente, para acelerar sus movimientos después, penetrándome con fuerza y llevándome casi al borde del orgasmo, para detenerse entonces, y volver al ritmo pausado y lento del principio y luego volvier a acelerar. Me tuvo así unos cinco minutos, hasta que logró que me corriera en un maravilloso orgasmo. Entonces, sacó su sexo de mí y llevándome hasta la silla de la cocina, donde se sentó, me dijo:

- Ahora me vas a follar tú a mí, putita.

Me puse sobre él. Guié su erecta verga hacía mi húmedo agujero y descendí sobre ella. Empecé a cabalgar, haciendo que entrara y saliera de mí, controlando el ritmo para darme el máximo placer y tratar de dárselo a él. Francisco trataba de morder y lamer mis senos, mientras yo subía y bajaba, también los apretaba con sus manos y los masajeaba. Hasta que a punto de llegar al orgasmo, ambos empezamos a gemir, yo aceleré aún más mis movimientos y él apretó más sus manos sobre mis senos. La descarga fue maravillosa para ambos. Sentí como su sexo me llenaba por completo hinchándose dentro de mí y como inundaba mi sexo con su leche justo en el mismo momento en que mi orgasmo terminaba. Nos quedamos abrazados un rato. Luego nos vestimos y comimos rápidamente, ya que él tenía que volver al trabajo.

Por la noche, pasadas ya las diez, y cuando yo ya había cenado apareció mi marido, como siempre disculpándose por llegar tan tarde:

- Lo siento, cariño. Tuve una reunión con un cliente muy importante a última hora y no he podido terminar antes. – Dijo.

- No te preocupes – Le excusé – La cena está en la nevera.

Seguí viendo la televisión, esperando que me preguntara como he había ido la tarde con mi amiga, pero no dijo nada. Cenó, luego se sentó en el sofá y tras mirar un rato la televisión nos fuimos a la cama dándonos un simple y mecánico beso en los labios para darnos las buenas noches.

Me fastidiaba el poco interés que mostraba por mí y por las cosas que yo hacía, me hacía sentir como un viejo mueble al que ya se había acostumbrado a tener en un rincón y del que creía que ya no valía la pena preocuparse.

A la mañana siguiente, Moisés salió a trabajar y sólo cinco minutos más tarde llamaron por teléfono, medio dormida aún, descolgué:

- Diga.

- ¡Hola cielo! ¿Qué tal has dormido?

- Bien.

- Bueno, quiero que te pongas el vestido más estrecho y sexy que tengas, sin ropa interior debajo, y que vengas para acá. Te espero en media hora.

- ¿Tú estás loco? ¿Y mi marido?

- Prometiste que harías siempre lo que yo te pidiera. – Me dijo y recordé la conversación que habíamos tenido la tarde anterior. Tenía razón, se lo había prometido.

- Esta bien. – Acepté.

(Erotikakarenc )

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

MISTERIO

MISTERIO

Eres un hermoso misterio para mí y a la vez sé tanto de tí, que siento que siempre has estado aquí, en mí y por eso te quiero.

Eres esa luz que yo buscaba. Andaba perdida y tú estabas ahí. Buscandote, me equivoqué y encontré engaño, mentiras y sueños que se convirtieron en pesadillas y tú estabas allí, esperando, agazapado entre las sombras, sin que yo supiera que tú eras esa luz al final del camino que yo buscaba. Cuando tus manos me recibieron, cuando tus brazos me atraparon, ya no pude abandonarlos y ahora me doy cuenta, que tú eras lo que yo buscaba, lo que yo quería, esa luz que necesitaba para seguir mi camino. Ahora te necesito más de lo que imaginas, ahora quisiera tantas cosas de tí, contigo, que mi ansia me devora. Pero sé que tú necesitas tiempo, que contigo las cosas tiene que ir despacio, que paso a paso lograré todo eso que ansio de ti. Eres un sueño, el sueño que yo quería. Eres un sol, ese que me da calor cuando mi corazón siente frio. Eres esa parte de mí que me dice que debo ir despacio, eres esa mitad que tranquiliza mi ansia, eres el mayor tesoro  que tengo.

 

BUSCANDO LA PASIÓN.

BUSCANDO LA PASIÓN.

- Ve para allá. – Me dijo Moisés. – Ya nos encontraremos allí en cuanto termine con esta clienta.

Era la tercera vez aquella semana que Moisés me dejaba "plantada" por culpa de uno de sus clientes. Pero lo que más me molestaba era que la fiesta a la que teníamos de acudir estaba organizada por su jefe, el Sr. Marquez, un prestigioso abogado de nuestra ciudad. La fiesta se celebraba en su casa, un gran ático en uno de los edificios más modernos y caros de la ciudad.

Y allí estaba yo, con mi vestido nuevo, una copa en la mano y más sola que la una, esperando que Moisés apareciera. En lugar de eso, el que apareció fue un guapo moreno de intensos ojos negros que no dejaba de mirarme. Era un chico moreno, alto, y muy guapo. No sé porque, pero en el preciso instante en que nuestras miradas se cruzaron sentí un extraño cosquilleó en mi entrepierna.

- ¡Hola! ¿qué tal? – Me preguntó Angela, esposa de uno de los compañeros de trabajo de Moisés.

- ¡Hola!

Empezamos a hablar de nuestras cosas, de lo que nos había pasado en nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, etc. Entre tanto el chico moreno seguía observándome.

- Ese chico lleva un buen rato mirándote. – Me indicó Angela.

- Sí, ya me he dado cuenta. Bueno, voy a tener que llamar a Moisés – me disculpé - hace rato que tendría que haber llegado.

- Ok.

Me dirigí hacía la gran terraza para huir del bullicioso ruido de la fiesta. Saqué el móvil de mi bolso y marqué el número.

- ¡Hola cariño! – Me saludó Moisés.

- ¡Hola! ¿Se puede saber cuando demonios vendrás?

- Ya me falta poco, cariño, ten paciencia.

Mientras hablaba por el teléfono oí unos pasos acercándose a mí por detrás.

- Está bien, pero no tardes. Me aburro.

Colgué y entonces una voz masculina dijo:

- ¿Quién es ese insensato que deja plantada y aburrida a una preciosidad como tú?

Se puso a mi lado, apoyándose en la baranda y me miró fijamente a los ojos. Era el chico moreno que no había parado de mirarme en toda la noche.

- Mi marido – Le contesté.

- Pues comete un grave error. Me llamo Francisco – Se presentó tendiéndome la mano.

- Yo, Elisa. – Le dije estrechándosela. – Y supongo que tienes razón, es la tercera vez esta semana que me deja plantada.

- ¡Válgame Dios! Si yo fuera él no te dejaría ni a sol ni a sombra.

No supe que decir ante aquella ocurrencia y me quedé callada. Luego él dijo:

- A veces los silencios dicen más que mil palabras.

- Supongo – Dije suspirando.

- Yo sería capaz de cometer una locura por ti. – Añadió él.

Sonreí y le pregunté:

- ¿Y por que no la cometes?

- Creo que por el miedo al rechazo, eres una mujer casada.

- Bueno, si no lo intentas, no sabrás si hay rechazo o no.

- Es cierto.

Ambos nos quedamos callados durante unos segundos, mirando el horizonte hasta que dije:

- Se ve hermosa la ciudad a estas horas, con tantas luces.

- Sí, muy hermosa. ¿Vives por aquí cerca?

- No. Vivo al otro lado, en aquella dirección. – Le indiqué manteniendo el brazo y el dedo estirados en la dirección señalada.

Entonces se situó tras de mí, pegando su cuerpo al mío, llevó su brazo hacía el mío y poniendo su barbilla sobre mi hombro dijo:

- ¿Allí, donde aquellos edificios rojos? – Oír su voz junto a mi oído me hizo estremecer y sin poderlo evitar, rocé mi culo contra su verga que estaba empezando a ponerse dura.

- Sí. – Respondí algo nerviosa, pero deseosa de que hiciera algo más, de que cometiera la locura que había declarado unos segundos antes que sería capaz de cometer por mí.

Y entonces sentí sus manos sobre mis caderas y de nuevo su susurro en mi oído diciéndome:

- Tienes un cuerpo precioso.

Sus manos siguieron acariciando mis caderas y muy despacito fue subiéndome la falda del vestido por encima de mi culo desnudo, ya que no llevaba bragas, pues con las gomas y las costuras me salían rozaduras.

- Vaya, vaya, eres una niña mala. – Dijo al acariciar mi piel desnuda y notar que no llevaba ropa interior.

Sus dedos sabios se enredaron en mi pelo púbico empezando a excitarme. Apreté mi cuerpo contra él suyo para sentir su dura verga entre mis nalgas y apoyé mi cabeza sobre su hombro. El deseo bailaba entre nosotros y yo cada vez me alegraba más de que él hubiera decidido cometer la locura y que mi marido se estuviera retrasando.

Sentí como aquellos dedos masajeaban mi clítoris, y un leve gemido escapó de mi garganta. Francisco sabía donde tocarme y lo hacía con gran destreza, rozando mi vulva, introduciéndose en ella con suavidad. Sentía la pasión creciendo poco a poco en mí y cada vez deseaba más y más. Deslicé mis manos hasta la cremallera de su pantalón y traté de bajarla, pero me resultó dificultoso.

- Tranquila, preciosa. – Me dijo bajándosela él mismo.

Saqué la erecta verga y la masajeé, luego la incrusté entre mis nalgas sintiendo su calor. Yo estaba a mil, más húmeda de lo que jamás hubiera estado y deseosa de sentirle dentro de mí. No me importaba que alguien pudiera vernos, sólo me importaba lo que estaba sintiendo.

Mi respiración sonaba entrecortada. Sus dedos seguían chapoteando entre los pliegues de mi vagina.

- Métemela ya. – Le supliqué.

- Como tu quieras, preciosa. – Me respondió sin hacerse esperar.

Sentí como acercaba el glande a mi húmedo agujero, me puse de puntillas para que pudiera acceder más fácilmente, sacando el culo hacía él e inmediatamente noté como se adentraba en mí.

Ambos suspiramos al sentirnos unidos. Y agarrándome de las caderas, Francisco empezó a moverse. Primero despacio y luego cada vez más rápido, mientras con una de sus manos masajeaba mi clítoris, y con la otra uno de mis senos por encima de la tela del vestido. Me sentía en la gloria, como hacía mucho tiempo que no me sentía, y sólo deseaba llegar al momento culminante. Nuestros gemidos se convirtieron en música celestial, mientras el fuego de la pasión nos devoraba.

En poco minutos ambos empezamos a corrernos. Sentí como se vaciaba en mí y entonces caí en la cuenta de que con la pasión del momento no habíamos tomado precauciones. Recordé a Moisés y empecé a sentirme culpable porque acababa de traicionarle, por eso me separé rápidamente de Francisco, y casi sin mirarle empecé a caminar hacía el interior del ático, tras decirle:

- Lo siento, pero esto no debía de haber ocurrido.

- Pero ha ocurrido. – Dijo él. – No te arrepientas ahora.

Bajé mi vista al suelo, no sabía que decir ni que hacer.

- Tengo que volver a la fiesta, supongo que mi marido no tardará en llegar.

- ¿Volveremos a vernos? – Me preguntó mientras yo me dirigía a la puerta.

No sabía que responderle, pero dentro de mí sentía que sí, que necesitaba volver a verle.

- Supongo que sí.

- ¿Cuándo? – Oí su voz detrás de mí, preguntándome.

- No sé. – Abrí mi bolso y saqué una de mis tarjetas con mi número de teléfono. – Llámame.

- Ok. Mañana mismo lo haré.

No dije nada más, volví a entrar al interior del piso y busqué a Ángela. Pero en lugar de a ella, ví a mi marido entrando por la puerta junto a su jefe. Corrí hacía él como si hiciera siglos que no le veía y le abracé con todas mis fuerzas.

- Vaya, veo que me has echado de menos.

- Sí, mucho, me aburro como una ostra – Mentí.

Inmediatamente vi como Francisco se acercaba a nosotros y entonces el jefe de mi marido dijo:

- Moisés, quiero presentarte a mi hijo Francisco, acaba de llegar de París, donde ha estado haciendo un Master, creo que ya te lo conté.

Me quedé de una pieza al descubrir que Francisco era el hijo del jefe de mi marido. Quería morirme pero traté de mantener la compostura.

- Este es Moisés, uno de mis mejores abogados, a partir de mañana quiero que trabajéis juntos. – Le dijo el jefe de mi marido a su hijo.

- Encantado. – Dijo Francisco tendiéndole la mano a Moisés y mirándome a mí.

Moisés le estrechó la mano y dijo:

- Encantado, esta es mi esposa, Elisa.

Francisco estrechó mi mano con total indiferencia, como si nada hubiera sucedido unos minutos antes entre nosotros.

- Mucho gusto, señora.

Luego él y Moisés se pusieron a hablar. Yo cada vez me sentía más incómoda y tenía más ganas de salir de allí, hasta que Moisés lo notó y tras disculparse con Francisco y despedirse de su jefe, nos fuimos a casa.

Durante todo el trayecto en coche hasta casa, no hice más que pensar, tratar de analizar los porques.

¿Por qué me sentía tan atraída por Francisco? ¿Por qué me había dejado llevar por la pasión y la locura? ¿Por qué había dejado que Francisco me hiciera el amor en aquella terraza? ¿Por qué por unos minutos me olvidé por completo de mi marido? Todas esas preguntas daban vueltas y más vueltas en mi cabeza, mientras a la vez, pensaba en que Moisés cada vez le dedicaba más tiempo a su trabajo y menos a mí, que cada vez me escuchaba menos cuando le contaba mis problemas y que cada vez me aburría más a su lado, sentía como si nuestra forma de ver la vida cada vez se alejara más. Como si él quisiera irse por un camino y yo por otro.

Cuando entramos en el ascensor Moisés, me preguntó:

- ¿Te pasa algo, cariño?

- No, nada.

Le miré a los ojos y luego le abracé con todas mis fuerzas.

Al entrar en casa, lo llevé corriendo hasta la habitación, no quería perder el tiempo. Sentía la imperiosa necesidad de sentirle dentro de mí, de quitarme el sentimiento de culpa que me embargaba. Empezamos a besarnos y desnudarnos mutuamente.

- ¡Me encanta este vestido, te hace tan sexy! – Me dijo mientras desabrochaba la cremallera.

Yo trataba de desabrocharle sus pantalones. Él deslizó mi vestido hacía abajo, dejándolo caer al suelo. Sin dejar de besarme, empujó el tirante del sujetador por mi hombro, mientras sus labios bajaban también por mi cuello. Yo en ese momento, estaba entretenida en quitarle la camisa que también dejé caer al suelo. Sus labios descendían por mi piel, hasta llegar a mi seno. Apartó la copa del sujetador y besó mi pezón, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. La sensación de su boca sobre mi piel en lugar de hacerme olvidar lo sucedido en aquella terraza lograba el efecto contrario. Acarició mis senos y siguió descendiendo por mi piel hasta llegar a mi sexo. Mientras mi mente se perdía en un lugar paradisiaco donde Francisco era el que besaba cada centímetro de mi piel. Pero oí la voz de Moisés diciéndome:

- ¡Qué hermosa eres! – Esas palabras me despertaron de mi sueño romántico volviéndome a la realidad. Aquel que me besaba no era Francisco, sino Moisés, mi marido.

Entonces me hizo poner de espaldas a la cama, besó mi vientre y adentrando sus dedos entre mis piernas comprobó la humedad de mí sexo.

- Tienes ganas ¿eh?

- Sí – Musité. Aunque no de él especialmente.

- Yo también. Anda, túmbate. – Me pidió.

Obedecí tumbándome sobre la cama con las piernas abiertas y enseguida sentí su respiración sobre mi sexo y luego su lengua buscando mi clítoris. Empezó a chupetearlo y en pocos segundos ya me tenía a mil, gimiendo excitada, mientras sentía aquellas dulces caricias sobre mi sexo.

Moisés movía su lengua muy diestramente de mi clítoris a mi vagina e introduciéndose en ella de vez en cuando. Pero yo no sentía nada, trataba de excitarme, imaginando a Francisco haciéndome aquello, pero no lograba excitarme. Por eso le supliqué:

- ¡Para, o me voy a correr!

Entonces levantó su cabeza y mirándome a los ojos me dijo travieso:

- ¿Quieres que te la meta?

- Sí. – Musité.

Moisés se puso en pie y se quitó el slip. Me hizo tumbar sobre la cama y poniéndose sobre mí, dirigió su sexo hasta el mío y muy suavemente me penetró. Cuando ya estaba completamente en mí, se quedó un rato inmóvil.

Luego empezó a moverse lentamente sobre mí. Y poco a poco fue aumentando el ritmo con suavidad, logrando que me excitara. Pero esta vez yo me sentía muy lejos de él y de aquel lugar, mis pensamientos, mis sentimientos, mis besos, estaban con otra persona.

Después de un rato, cabalgando sobre mí, sentí como todo su cuerpo se contraía y como descargaba en mi interior, mientras yo trataba de disimular que también estaba llegando al orgasmo.

Tras eso se separó de mí, me dio un tierno beso en los labios y dijo:

- Buenas noches, cariño. - Y se giró dándome la espalda.

Apagué la luz y como él, también me giré dándole la espalda y empecé a pensar y a recordar lo sucedido aquella noche con aquel hombre que no era mi marido. Aquella noche dormí poco y mal, pensando sólo en Francisco.

Al día siguiente, como de costumbre, Moisés y yo desayunamos juntos, en el mismo ambiente enrarecido de cada mañana, como si fuéramos un matrimonio que después de muchos años de casados ya no tuvieran nada que decirse.

Después de que se marchara me dediqué a hacer las labores de la casa e iba a vestirme para ir al gimnasio cuando sonó mi teléfono móvil.

- ¿Diga?

- ¡Hola preciosa! – Era la voz de Francisco y al oírla todo mi cuerpo empezó a temblar. Sentí como mi corazón se aceleraba y...

- ¡Hola!

- ¿Cómo estás?

- Bien.

- Llamaba para saber si podemos quedar, vernos a la hora de comer por ejemplo. – Sugirió.

- No sé, no creo que sea buena idea. – Traté de excusarme.

- Si lo dices por tu marido, no te preocupes, tendrá el resto del día ocupado.

- Bueno, sí, pero no es sólo por eso. Yo...

- ¿Te arrepientes de algo? – Me preguntó.

- No, pero... esta bien, quedemos para comer, así podremos hablar.

- Vale.

- Pasaré a buscarte por tu casa, si te parece bien.- Propuso Francisco. – Y hazme un favor, no te pongas ropa interior debajo del vestido.

- Bueno, yo... Esta bien. – Acepté.

- ¿A las dos?

- A las dos. – Reafirmé.

Me fui al gimnasio sintiendo aquel nerviosismo que sólo él me hacía sentir rondando por mi estomago. A la una llegué a casa, me duché, me peiné y me puse el vestido rojo que deja entrever el nacimiento de mis senos, sin ropa interior debajo... A las dos en punto sonó el timbre...

Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR).

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

CON ESE TRAJE.

CON ESE  TRAJE.

Te observo desde mi mesa y te veo sonriendome, me pones un montón con ese traje y esa corbata que te sientan tan bien. Poco a poco tu imagen despierta mis más ocultas pasiones e imagino que te tengo frente a mí nuestros labios se pegan como si tuvieran un imán y mis manos se deslizan irremediablemente hacía tu cuerpo, acaricio tu torso por encima del traje, lo cojo por las solapas y lo empujo para quitarte la chaqueta. La hago descender por tus brazos y la dejo caer al suelo, mientras tus manos desbrochan el cierre de mi falda y la cremallera dejandola caer, también, al suelo. Tus manos aprietan mis nalgas y te abrazo, pego mi cuerpo al tuyo mientras seguimos besándonos, siento como tu sexo crece a la altura de mi vientre. Me separo un poco de tí, te desabrocho el cinturon que aguanta tus pantalones, mientras tú desbrochas los botones de mi blusa uno a uno con una lentitud extrema, mientras tu lengua se enreda con la mia y luego roza mis dientes y mis labios con suavidad. Tus pantalones caen también al suelo después de que haya desabrochado la cremallera y el botón. Mi blusa están ahora un poco más abajo de mis hombros y me besas el cuello haciendo que todo mi cuerpo se estremezca, me siento húmeda y te deseo, deseo tenerte dentro y tú lo sabes, lo notas. Por eso vuelves a acariciar y apretar mis nalgas por encima de las bragas. Yo en cambio, soy un poco más atrevida e introduzco mi mano dentro de tus calzoncillos, busco tu sexo erecto, lo acaricio, siento su calor en mi mano y tú te estremeces. Tus manos desabrochan el cierre de mi sujetador. Me lo quitas y acaricias mis senos con suavidad, envolviéndolos con tus manos, luego acercas tu boca, los besas, los lames y los chupas haciendome suspirar. Mordisqueas mis pezones suavemente. Cada vez te deseo más, quiero tenerte dentro. Te miro a los ojos y tú te das cuenta de ello, por eso se pones frente a mí, me quitas las braguitas con rapidez, casi arrancándomelas, yo hago lo mismo con tu slip. Acercas tu sexo al mio, se pegan el uno al otro, rozas mi clítoris con tu glande y luego mi vulva y con mucha suavidad me penetras después de que yo haya envuelto tu cintura con mis piernas. Me sujetas con tus fuertes brazos y empiezo a moverme arriba y abajo sintiendo como tu sexo entra y sale de mí. Nos abrazamos, nos sentimos, nos amamos. Tus labios besan los mios, tus brazos me aprietan con fuerza y poco a poco el fuego del amor nos quema. Nos sentimos y poco a poco el placer nos va llenando hasta que ambos explotamos a la vez en un maravilloso orgasmo deshaciéndonos en mil besos y abrazos.

Despierto del sueño y te observo, estás guapísimo con ese traje.

 

FELIZ 2007

FELIZ 2007

Quiero desear  a todos los lectores y en especial a mi querido Rinaldo un FELIZ 2007. Mañana será un gran día, lo presiento y lo siento porque el volverá y volveré a sentir sus labios sobre los mios y sus brazos rodeandome.