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EROTIKA. RELATOS Y PENSAMIENTOS

ALGO MÁS.

ALGO MÁS.

Sé que lo nuestro es algo más. Algo más que amor, algo más que deseo, algo más que pasión.

Irene se desliza por la mesa sensualmente, mientras yo la observo, sentado en la silla que hay al final de esta. Su cuerpo menudo, pero bien formado me excita. Su pelo rubio y largo, cae refinadamente sobre sus hombros y baila al ritmo que ella lo hace. Me mira a los ojos con esos ojos verdes que tanto me gustan. Me besa desde la distancia mostrándome sus rojos y carnosos labios. Me vuelve loco Irene.

La música suena en la cadena de música y se extiende por toda la estancia. Sus manos recorren su cuerpo por encima del corto y vaporoso vestido que lleva. Veo sus muslos, firmes y bien torneados, al contraluz de la ventana que hay tras ella. Es preciosa y besaría el suelo que pisa. La amo a pesar de todo.

Ahora acaba de tenderse boca abajo sobre la mesa, con su cara frente a mí, mirándome. Sus brazos extendidos hacía mí. Los cojo y tiro de ellos para acercarla. Su cara queda a unos centímetros de la mía, la beso en los labios. Luego la hago girar, para que sus piernas queden colgando de la mesa frente a mí. Ella se tumba. Abro sus piernas, le subo la falda hasta la cintura y empiezo a besar sus rodillas.

Me encanta su piel sedosa, voy subiendo beso a beso por sus muslos, suaves y tiernos, hasta llegar a su ingle. Ella gime, se retuerce. Sé que está excitada, que me desea. Meto mis dedos por la goma de sus braguitas, blancas e inmaculadas, y las deslizo por sus piernas hasta quitárselas. Me mira expectante, sabe perfectamente lo que voy a hacer pero espera pacientemente, mientras me observa con esa carita traviesa que tanto me gusta.

¡Vamos! – Ronronea impaciente.

Acerco mi boca a su sexo y sacando mi lengua, le doy un suave y rápido lametón a su abultado clítoris. Siento su sabor dulce y salado a la vez, en mi boca. Ella suspira, se estremece y enseguida cierro mi boca sobre su clítoris, empiezo a lamerlo y chuparlo suavemente. Mi sexo se hincha entre mis piernas. La deseo más que nunca y más que nunca será mía. Muevo mi lengua por su sexo, lamo sus labios vaginales, introduzco la lengua en su oscuro agujero y ella gime. Sé que desea tenerme dentro, pero sigo con las caricias bucales. Vuelvo a su clítoris, lo chupo, lo mordisqueo con suavidad y lo rodeo con la lengua, su respiración se acelera ante el evidente síntoma de que va a correrse, por eso acelero mis caricias sobre esa mágica zona. Empieza a gritar y estremecerse presa del orgasmo, mientras yo saboreo sus jugos que salen abundantemente de su sexo. Cuando ha dejado de estremecerse, la hago bajar de la mesa, nos abrazamos y nos besamos. Su mano se pierde entre nuestros cuerpos y acaricia mi sexo por encima del pantalón.

Deslizo mi mano entre su cuerpo y el mío, acaricio su sexo erecto. Aaron suspira excitado. Le miro a los ojos y estos me dicen lo que desea, así que me agacho frente a su entrepierna. Le desabrocho la cremallera, luego el cinturón y por último el botón. Dejo caer los pantalones al suelo y acerco mi boca a su pene. Lo mordisqueo levemente por encima de la tela del slip. Me encanta ese olor que tiene. Con la boca, muerdo la goma del slip y ayudada de una mano lo deslizo hacía abajo tratando de quitárselo y liberar el magnifico instrumento, que se alza altivo y deseoso. Restriego la punta por mi cara, atrapo la verga con una mano y abro la boca. Mientras acerco mi boca al dulce instrumento observo a Aaron que me mira excitado, mordiéndose el labio inferior. Me encanta cuando hace eso, y hace que me excite más. Cierro mis labios sobre el capullo y empiezo a lamer, sin dejar de observar a Aaron que sigue mirándome. Muevo la lengua trazando círculos y chupo la punta. Hago que la polla entre y salga de mi boca. Aaron gime y yo sigo con mi labor. Lamo el tronco y desciendo hacía los huevos. Los chupeteo y me recreo saboreándolos. Estoy tan húmeda que no puedo evitar llevar una de mis manos a mi entrepierna y acariciarme el clítoris suavemente. Suspiro, gimo, Aaron me observa. Sus ojos me piden más. Y yo me pongo en pie frente a él suplicándole: .

Hazme tuya como sólo tú sabes que me gusta.

Aaron no se hace derogar.

 

La hago inclinar de espalda a mí sobre la mesa. Su culito queda expuesto ante mí y ella sabe que eso me encanta y me excita, por eso lo mueve. Esta chica sabe como volverme loco y por eso, no puedo evitar caer rendido a sus pies día tras día. Acerco mi verga erecta a su húmedo sexo y la rozo suavemente contra sus labios vaginales. Irene se retuerce, gime. Sé que me desea, pero quiero alargar este momento. Quiero que me desee aún más. Me inclinó sobre ella y beso su hombro desnudo, lo lamo ascendiendo hacía su oreja, mientras dejo mi sexo alojado entre sus piernas. Llego a su oído y lamo el lóbulo, lo mordisqueo e introduzco la lengua en el pabellón auditivo. Irene se eriza y gime:

¡Aaaaaahhhhh!

Al retorcerse mi sexo choca contra el suyo, que está tan caliente como una tea. Me incorporo y trazo una línea recta con mi dedo índice desde la base de su cuello, siguiendo toda la columna vertebral hasta llegar a la raja de su culo. Ese culo que me vuelve loco y que deseo tanto poseer. Hundo mi dedo en esa raja, la acaricio con suavidad y poco a poco busco el agujero trasero. Lo acaricio suavemente con el dedo, lo introduzco y lo muevo dentro y fuera, mientras Irene se retuerce de placer.

Siento su dedo entrando y saliendo de mi ano. Me encanta que Aaron me haga eso. Nunca, ningún otro hombre me ha hecho sentir tanto placer como él, ninguno conoce tan bien mi cuerpo como él. Sin sacar su dedo de mi ano, siento como acerca la punta de su sexo al mío y como la hace resbalar hacía mi interior. Suspiro, y empujo hacía él para que su verga me entre por completo. Quiero tenerla dentro de mí, quiero sentir ese placer que tanto me gusta sentir. Quiero que me haga morir de placer. Mi cuerpo es suyo y sólo suyo, ahora. Empieza a moverse, primero despacio. Saca su dedo de mi ano y me sujeta por las caderas, poco a poco va acelerando el ritmo como a mí me gusta y empuja cada vez con más fuerza, mientras yo gimo y le grito que quiero más, que la quiero sentir aún más adentro. Ambos gemimos y gritamos. Suspiramos. Nuestros cuerpos se aman en una unión perfecta que sólo podemos lograr el uno con el otro.

Empujo con fuerza, como sé que a Irene le gusta que lo haga. Dejo que mi sexo entre y salga del suyo con rapidez, sin compasión, empujando con fuerza. Siento las húmedas paredes de su sexo apresando el mío y enloquezco al verla moverse como un animal. Me encanta follarla así, mientras observo sus nalgas chocando contra mi pelvis. Me encanta que grite, que disfrute, que tenga todo lo que otros no han sabido darle. Sus jugos se mezclan con los míos, mientras mi mano acaricia su clítoris y ella se retuerce y me grita:

Sí, sigue así cariño, dámela toda.

Y siento que su excitada voz aún me provoca más, por eso empujo con más fuerza hacía ella y siento como las paredes de su sexo se contraen alrededor de mi erecto pene. Sé que va a correrse y yo también, por eso empujo y empujo con más fuerza cada vez.

Empiezo a sentir como mi cuerpo se convulsiona, grito, gimo, exploto en un maravilloso orgasmo, mientras sigo empujando hacía Aaron que también está a punto de correrse. Lo sé porque él también gime y empuja cada vez con más fuerza, volviéndome loca de placer. El roce de su pelvis contra mi culo me enerva y emite un agradable sonido, un golpeteo entre ambos cuerpos. Siento como su semen me llena y nuestros cuerpos se convulsionan a la vez, es el mágico momento, la cúspide de nuestro amor. Poco a poco nos vamos serenando, recobramos la compostura y Aaron se separa de mí.

Ambos nos vestimos, arreglamos nuestras ropas y miró el reloj.

¡Ostras que tarde! ¡Vamos ayúdame a poner la mesa antes de que tu querida mujercita y Toni lleguen!.

Esta bien – Me dice Aaron.

Y entonces empiezo a sentirme culpable, porque Irene, es mi mejor amiga y yo le estoy traicionando, acostándome con su marido...

Sé que no debería hacer esto, que Irene es la mejor amiga de Ana y que entre los dos la estamos traicionando. Además está Aaron, que tampoco se merece esto, pero es que Ana me vuelve loco y no lo puedo evitar. Además, mi matrimonio se ha vuelto tan monótono.....

 

 

Erotikakarenc

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UN SIMPLE MORTAL

UN SIMPLE MORTAL

(No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Canción: la tortura. Shakira y Alejandro Sanz)

  Gina, sabes perfectamente lo que debes hacer, no dejes que todo ese odio te queme el alma, porque sabes que no puedes seguir así toda la eternidad.

Mathew tenía razón, no podía seguir como un alma en pena por todos los rincones, sólo porque aquel mortal me había abandonado por su Julieta. Yo sabía perfectamente cual era la venganza que debía ejecutar.

No debes ser compasiva con los mortales y menos con los que te hacen daño, lo sabes.

Lo sé – le dije, me acerqué a él y le abracé.

Mi dulce Mathew, siempre había estado conmigo, desde el principio. Aunque ahora sólo fuéramos amigos, no podíamos vivir el uno sin el otro. Él me convirtió en lo que ahora soy, y creó este lazo indestructible que nos une eternamente. Pase lo que pase, Mathew siempre estará aquí conmigo, a mi lado. Y sé que él tiene razón cuando me dice que, o olvido a ese simple mortal o le sirvo la venganza en un plato muy frío.

Pero tendrás que ayudarme – le dije.

Lo sé, y sabes que lo haré, mi dulce Princesa.

Me encantaba que me llamara así, cuando esa palabra salía de su boca, sentía que nada podía separarme de él.

Entonces lo haremos esta noche. – le anuncié.

¿Estás segura?.

Completamente. Quiero que este fuego deje de quemarme el alma, quiero dejar de sentirme triste y desolada, quiero recuperar mis fuerzas, por eso tiene que ser esta noche, no quiero demorarlo más.

Entonces será esta noche – sentenció mi amado Mathew.

Le conté cual era mi plan y tras eso salimos a buscarle.

El mortal estaba cenando con su Julieta en un romántico restaurante del centro de la ciudad. Reían felices y ajenos a lo que les esperaba. Mathew y yo entramos en el restaurante. El mortal me reconoció nada más verme. Como no iba a hacerlo, hasta hacía un par de semanas habíamos compartido la misma cama varias noches. Me había susurrado al oído que me amaba, que yo era única y especial. Pero ahora estaba en aquella mesa, acariciando la mano de aquella Julieta, diciéndole que la amaba más que a nada en el mundo. Y mi corazón se quemaba oyendo aquello.

Tranquila. – me susurró Mathew al oído, al ver que aquellas palabras me corroían.

Nos sentamos en una mesa, cercana a la de ellos. Mathew se puso dándoles la espalda, frente a mí. Yo podía verles perfectamente desde mi sitio. Un camarero se acercó a nosotros y nos dio la carta.

¿Desean tomar algo?

Dos cafés, muy calientes – pidió Mathew. Evidentemente no nos los tomaríamos, pero debíamos tratar de aparentar la máxima normalidad posible.

Mathew abrió la carta y empezó a leerla (en realidad no la leía, trataba de escuchar y sentir los pensamientos del mortal y su Julieta), yo hice lo mismo.

Cuando nos trajeron los cafés, el mortal pidió la cuenta. El camarero nos preguntó que íbamos a cenar.

Todavía no lo tenemos decidido – dijo Mathew - ¿verdad, querida?

Afirmé con la cabeza, y el camarero abandonó nuestra mesa.

El mortal dejó el dinero en la bandejita que el camarero le había traído la cuenta, y él y la chica se levantaron de la mesa. Mathew y yo esperamos a que salieran del local, entonces también nosotros abandonamos el local.

Les seguimos, hasta que al llegar a una oscura y solitaria calle le dije a Mathew:

Ahora.

Ambos empezamos a volar a gran velocidad, en cinco segundos los atrapamos. Yo cogí a la chica, rodeándola con mis brazos por la cintura. Mathew cogió a Othello (mi dulce mortal), aunque este intentó zafarse de sus brazos, pero sin éxito. Mathew se situó frente a mí, con Othello delante de él, sujetándolo fuertemente por el cuello.

Yo, sin soltar a Julieta, incliné su cabeza hacía la derecha, y con furia clavé mis dientes en su cuello.

¡Noooooooooo! – gritó Othello en un aullido ensordecedor.

Empecé a succionar con fuerza. Y la vi a ella en la cama, con mi dulce Othello entre sus piernas, desnudos ambos, él bombeando contra ella, sudorosos los dos. Les vi jurándose amor eterno.

Miré a Othello, sus ojos vidriosos parecían mirarme con odio, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Sentí su dolor y el mío, y no puede evitar sentirme triste. Seguí succionando, quitándole la vida a Julieta, para llenarme con esa vida. Sentí las calientes lágrimas de sangre saliendo de mis ojos. Aquello era una locura, pero era mi locura, estaba loca de amor por aquel mortal.

Sentí el último suspiro de vida de Julieta, pasando a través de mis venas y la solté, dejándola caer al suelo, ya moribunda. Me abalancé sobre mi amado Othello y clavé mis dientes en su cuello. Mathew le soltó. Othello trató de apartarme sin conseguirlo, mientras gritaba:

¡Noooo! ¡Noooo! ¡Déjame!.

Pero no le hice caso, succioné su sangre igual que había hecho con la de Julieta, y de nuevo la vi a ella, pero también me vi a mí, y a él. Los dos en la misma cama, amándonos, su sexo dentro del mío, sus manos acariciando mis senos, sus labios besando los míos y su voz susurrándome al oído: "Te amo". Le solté en ese instante, me mordí la muñeca y la acerqué a sus labios:

¡Bebe! – le ordené.

¡No, Gina, no me hagas esto! – suplicó él, mirándome con compasión.

¡Bebe, condenado mortal! – grité enfurecida, poniéndole mi muñeca sobre sus labios para obligarle a succionar.

Bebió hasta que aparté la muñeca de sus labios. Tras eso, Othello cayó al suelo retorciéndose, sintiendo como su cuerpo moría para volver a renacer como un inmortal. Mathew se acercó a mí y me susurró al oído:

Muy bien Princesa, muy bien. – Su mano acarició una de mis nalgas. Sus labios besaron mi cuello desnudo y una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo.

El deseo empezó a surgir en mi, así que arrastré a Mathew hacía la pared, él se dejó arrastrar por mí, sabía perfectamente lo que quería de él. Sabía que necesitaba aquello y se dejó hacer. Cuando mi cuerpo se pegó al suyo, su sexo ya estaba totalmente erecto. Así que con suma rapidez ambos nos desnudamos.

¡Gina! – gritó Othello.

Pero no le escuché, ya no podía escucharle. Mi corazón ya no le pertenecía, ahora era de Mathew, mi dulce Mathew, mi oscuro príncipe. Su sexo erecto, expuesto ante mi, parecía pedirme que lo devorara, así que acerqué mi boca a él. Mathew puso sus manos sobre mi cabeza, mientras su mirada se perdía sobre Othello.

¡La has perdido, condenado imbécil! ¡Las has perdido a ambas! ¡Te advertí que no le hicieras daño a mi princesa o lo pagarías caro! ¡Ja, ja, ja, ja! – su risa sonó como un estruendo en mis oídos, mientras mi boca se cerraba sobre su erecto pene y empezaba a succionar.

Mis colmillos se deslizaron suavemente sobre la caliente carne, y Mathew se estremeció. Seguía riendo, mientras yo podía comprobar que dejaba de sentir los pensamientos de Othello; ya era un vampiro casi por completo, y sus pensamientos se cerraban para mí, su creadora.

Me concentré en darle placer a Mathew, acaricié sus huevos, mamé su polla y la saboreé.

¡Ven Princesa! – me pidió Mathew, haciéndome poner en pie.

Me cogió por la cintura, me elevó frente a él, aupándome, y me dejó caer sobre su pene erecto, altivo, llenándome por completo. No abrazamos. Sus labios se posaron sobre mi cuello y los míos sobre el suyo. Comencé a moverme sobre su falo erguido, mientras él me sujetaba por las nalgas, ayudándome a subir y bajar. Yo me apretaba contra él una y otra vez, sintiéndole, llenándome de él. Mi cuerpo estaba ansioso de sentirle, de amarle como hacía mucho tiempo que no le amaba. Nos miramos a los ojos. Y él me dijo:

Te amo, Princesa, te amo.

Te amo, mi oscuro Príncipe - le correspondí.

Ambos nos habíamos olvidado ya de Othello, que estaba sentado en un banco, dándonos la espalda, a unos metros de nosotros.

Me sentía llena, y amada, mientras ambos gemíamos y nos estremecíamos de placer, sintiendo la pasión que destilaban nuestros cuerpos. Una pasión única, que sólo podíamos sentir con alguien de nuestra especie.

¡Noooooo! – gritó Othello desde el banco, probablemente estaba sintiendo la pasión que había entre Mathew y yo en ese momento, descubriendo que mi amor por él estaba muriendo dentro de mí y quemándole su corazón.

Yo seguía cabalgando sobre el erecto falo de mi amado Mathew, el fuego de la pasión recorría nuestros cuerpos y nos quemaba dentro. Sentí como su pene se hinchaba dentro de mí, mientras mi vagina le estrujaba. Nuestros movimientos se hicieron vertiginosos y en pocos segundos su esencia se derramó en mi, a la vez que mi cuerpo estallaba en un demoledor orgasmo. Cuando dejamos de convulsionarnos, él me posó sobre el suelo, nos abrazamos y mirándonos a los ojos nos dijimos al unísono:

Te amo.

No vestimos, y entonces, Othello, sentado y abatido sobre el banco, me preguntó:

¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto?

Porque quitarle la vida a ella y condenarte a ti a la vida eterna era el mejor castigo para reparar el daño que me has hecho.

Sabes que no lo hice queriendo.- se justificó.

Si, pero te advertí que amar a un vampiro es duro. Que debía ser para siempre o no podría ser.

Lo sé, pero no podía amarte eternamente. Lo sabes.

Lo sé, en el fondo la culpa es mía. No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Ambos nos echamos a llorar. Mathew que estaba junto a mí, me cogió de la mano y me dijo:

Vamos, vámonos de aquí.

¿Y él? – le pregunté – Sabes que sin nosotros no podrá sobrevivir.

Mathew se acercó a Othello y le tendió la mano.

Anda, vamos, tienes muchas cosas que aprender y seguro que pronto encuentras alguna mortal que te ame eternamente.

Othello se levantó, Mathew volvió junto a mí, pasó su brazo por detrás de mis hombros y empezamos a caminar, unos pasos más atrás Othello nos seguía, abatido, mirando el cuerpo inerte de Julieta. Mathew me miró, adivinando lo que estaba pensando (él no podía leer mis pensamientos por ser mi creador) y el cuerpo empezó a arder, desvaneciéndose en pocos segundos. Y juntos los tres nos perdimos en la oscura noche.

 

Erotika, (Karenc)

SUMISAMENTE TUYA

SUMISAMENTE TUYA

Jamás creí que aquella conversación contándote mi insatisfacción me llevaría a sentir todo lo que ahora siento y a convertirme en tu amante, en tu sumisa y ser: sumisamente tuya.

Aún puedo recordar aquel momento como si hubiera sucedido ayer mismo. Pero en cambio, ha pasado ya un año. Un año en el que mi vida sexual, antes aburrida e infeliz, se han convertido en algo placentero y maravilloso, algo que me hace desear con ansiedad que sea la hora a la que cada día me haces tuya. Esa hora en la que me obligas a darte placer y a recibirlo. Nuestra hora.

Ya sólo faltan cinco minutos para que llames al timbre. Como aquel día de hace ahora un año. Eran las cuatro en punto, la hora en que habíamos quedado, hacía un par de semanas que no nos veíamos, así que teníamos mucho que contarnos y habíamos decidido tomar un café mientras nos revelábamos nuestros problemas, nuestras cosas. Llegaste como siempre puntual. Y ansiosa fui a abrir la puerta.

¡Hola Rebeca! – Me saludaste alegremente.

¡Hola Nico! – Te respondí.

Te hice pasar. Llevabas contigo una bolsa de deporte y pensé que venías del gimnasio. ¡Pero que equivocada estaba!.

Entramos en la cocina y nos sentamos en la pequeña mesa donde comemos Pablo, los niños y yo.

Te serví un café y empezamos a hablar.

Bueno, ¿qué me cuentas? – Me preguntaste.

¿Qué quieres que te cuente? Mi vida es muy aburrida, ya lo sabes.

¿Todavía no has solucionado tus problemas sexuales con tu marido? – Eramos tan buenos amigos y hacía tantos años que nos conocíamos (desde que teníamos cuatro años) que me atrevía a hablar contigo de cualquier tema, incluso de mis problemas con Pablo.

¿Con Pablo? No. Mi vida sexual sigue siendo tan aburrida como la de un caracol.

Pues creo que he encontrado la solución a tu insatisfacción.

Recuerdo que te miré con cierta incredulidad en ese momento.

¿Tú, un hombre soltero y sin compromiso cree saber cual es la solución a mis problemas sexuales?.

Sí, no me mires así. Y además voy a tratar de solucionarlos, pero debes hacerme caso en todo lo que te pida, ¿vale?.

Vale, si tú crees que puedes solucionar mis problemas, haré todo lo que me pidas.

Me miraste con cierta picardía en ese momento y sin más me ordenaste:

Desnúdate.

¡¿Qué?! –Te pregunté enormemente sorprendida, como si no hubiera entendido lo que acababas de pedirme.

Que te desnudes, has dicho que harás todo lo que te pida, así que, vamos, desnúdate.

No sé por qué, quizás fue por la firmeza de tu voz, pero lo hice. Me desnudé completamente, ante tu atenta mirada. Estaba algo desconcertada ante la situación, pero a la vez sentía curiosidad.

Ahora ponte sobre esa silla de rodillas. – Volviste a ordenarme.

Y yo sumisamente te obedecí. Me puse de rodillas sobre el asiento. Te acercaste a mí con unas cuerdas en las manos y me ataste de pies y manos a la silla, asegurándote que no me pudiera desatar fácilmente. Mientras lo hacías, indudablemente protesté:

¿Pero que haces?

Atarte para que estés quietecita. – Me respondiste con total naturalidad.

Tras eso, te desnudaste completamente, dejando libre una enorme y larga verga, de unos 20 cm, como jamás había visto en mi vida.

¿Qué te parece mi tranca? – Me preguntaste – Seguro que nunca has visto una así.

No, pero no vas a....

Sí, te la voy a meter por todos tus agujeritos y vas a gozar mucho con ella.

No, Nico, por favor, me va a doler – Protesté algo asustada, pero excitada a la vez, tratando de imaginar las cosas que serías capaz de hacer conmigo y con mi cuerpo.

Miles de veces en los últimos meses me había imaginado en una situación semejante contigo, aunque nunca me atreví a decírtelo, y ahora ese sueño se estaba convirtiendo en realidad.

Pero también la vas a disfrutar como nunca has disfrutado ninguna otra. ¡Anda, abre tu boquita y empieza a chuparla! – Me ordenaste acercándola a mi boca.

Y yo obedientemente hice lo que me pedías. Abrí la boca tanto como pude y saqué la lengua, empezando a lamer el glande. Tú lo empujaste hacía mí y lograste que todo él entrara en mi boca. Comencé a lamerlo y chuparlo, mientras tú me observabas con deseo. Lo curioso de todo es que a los pocos segundos empecé a excitarme, a sentir como mi sexo se humedecía y a desear que me penetraras con aquella polla.

No sé como te diste cuenta, quizás fue por el sugerente movimiento de mi culo pero recuerdo que dijiste:

Estas excitada ¿eh, perra? ¿Quieres que te perfore con mi enorme verga, verdad?

Sin dejar de lamer y chupetear la polla asentí y entonces la sacaste de mi boca. Te acercaste a la bolsa, sacaste un poco de lubricante y untaste el pene con él. Te pusiste detrás de mí y sentí como con una de tus manos acariciabas mi vagina, palpabas mi vulva y pellizcabas mi clítoris produciéndome una agradable sensación de dolor y placer a la vez. Sentí que acercabas el instrumento a mi vulva y de nuevo el miedo al dolor me invadió.

No, por favor, me va a doler.

Quizás, pero también lo estas deseando, putita – Dijiste cínicamente – Así que te la voy meter enterita.

No tuve tiempo de protestar más, porque de un solo empujón me la metiste hasta la mitad.

¡Ah, ay! – Me quejé, a pesar de la excitación sentí un leve dolor, ya que nunca había sido penetrada por algo de semejante tamaño.

Te detuviste y durante un rato permaneciste quieto para que mi sexo se acostumbrara. Entretanto acariciabas mis senos muy suavemente, primero; para pellizcar mis pezones después y tirar de ellos, produciéndome un liviano suplicio que me obligó a quejarme. Atrapaste mis senos entre tus manos y sujetándote con fuerza en ellos, te diste impulso para terminar introduciéndome toda la vara dentro de mí.

¡Ay! – Me quejé al sentir como entraba.

Volviste a quedarte quieto. Yo sentía como las paredes de mi vagina se expandían, como mi sexo estaba completamente lleno de ti, de tu sexo masculino.

Muy bien, nenita. ¿Ves como no ha sido para tanto? Ahora voy a empezar a moverme y no tendré piedad contigo porque quiero que disfrutes como una perra de mi verga.

Tragué saliva y esperé a que empezaras a torturarme con aquel instrumento. Sentía mi sexo húmedo y lleno a la vez. Realmente aquello me estaba resultando excitante. Empezaste a moverte muy despacio, primero en sentido rotatorio, haciendo que la verga chocara con mis paredes vaginales, luego saliendo y entrando muy suavemente tratando de rozar mi punto g con el enorme falo. Enseguida empecé a sentir un placer indescriptible que nunca antes había sentido. Y sin darme cuenta empecé a empujar hacía ti y a gemir excitada.

Ja, ja, ja, te gusta, ¿eh, putita? Estaba seguro que sería así.

Empezaste a acelerar tus movimientos, a cabalgarme cada vez más salvajemente, y mi sexo empezó a palpitar sintiendo como la enorme verga entraba y salía de mí. Estaba en la gloria y me sentía completamente llena. No podía creer que el más grande de los placeres que jamás hubiera sentido me lo estuviera dando mi mejor amigo. Pero tú arremetías cada vez con más fuerza, mientras pellizcabas mis pezones.

¡Arggghhh, ayuyy! – Me quejé y repentinamente sentí que sacabas tu verga, justo en el mismo instante en que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. -¿Qué haces? – Te pregunté algo decepcionada.

Espera un segundo, querida.

Te acercaste de nuevo a la bolsa y ví como metías las manos dentro, también pude ver la brillante humedad que mi sexo había dejado sobre el tuyo. Vi que sacabas una pala de matar moscas, brillante y nueva y te acercabas de nuevo a mí.

¿Qué vas a hacer? – Te pregunté.

Nada, querida, sólo demostrarte quien manda aquí. Te voy a follar y cada vez que estés a punto de correrte te pegaré para demostrarte que sólo yo decido cuando te corres, ¿De acuerdo?.

Asentí mansamente. Ya nada podía evitar que hiciera todo lo que me pidieras, habías logrado que fuera tuya y sólo tuya con aquel modo tan brusco de tratarme.

Volviste a penetrarme y de nuevo empezaste a moverte dándome placer. Sentía el instrumento entrando y saliendo de mí, moviéndose en sentido giratorio dentro de mi vagina, rozando el punto g; el placer iba creciendo gradualmente en mí y cuando las paredes de mi útero empezaban a contraerse, sacaste la verga y empezaste a darme con la pala en las nalgas.

¡Ay, ay, ay! – Me quejé.

No me dabas muy fuerte, pero si lo suficiente para que sintiera cierto resquemor en mis posaderas. Cuando creíste que el castigo era suficiente volviste a penetrarme. De nuevo las embestidas, tus movimientos, los míos, las contracciones de mi vagina y de nuevo el castigo. Y la pala siendo sacudida sobre mis nalgas. Empecé a sentir un calor en mis nalgas que además de dolerme me excitaba. Sabía que en cualquier momento me correría, sino por el roce del instrumento, sería por la sensación que me producían los golpes de la pala sobre mis nalgas. Volviste a penetrarme por tercera vez y de nuevo las sensaciones agolpándose en mi sexo y otra vez los golpes sobre mis nalgas enrojecidas; estaba a mil, a punto de correrme. Volviste a introducirte en mí con tu enorme falo y antes de que este volvieras a salir de mí, me corrí en un maravilloso orgasmo. El mejor que jamás hubiera sentido, empecé a gemir y gritar desesperada presa del mayor de los goces. Todo mi cuerpo se contrajo y estremeció haciendo que las cuerdas con las que me habías atado me apretaran y me hicieran daño.

Muy bien, putita. Lo has disfrutado como nunca, ¿verdad?.

Sí... síiii... – Te respondí con la respiración entrecortada y jadeante.

Sacaste el falo de mí y dejaste que descansara un rato, en el cual estuviste buscando dentro de la bolsa algunas cosas más. Vi que sacabas un consolador y algunas pinzas de metal, además de una cámara de fotos, y lo dejabas todo sobre la mesa.

Seguidamente me desataste y me ordenaste:

Vamos al salón.

Te obedecí y una vez allí, te acostaste sobre el sofá con las piernas abiertas. Llevabas la cámara de fotos en la mano.

Bien, ahora vas a comer zanahoria. – Dijiste acariciándote el sexo.

Yo dócilmente me situé entre tus piernas, acerqué mi boca a tu verga y empecé a lamer. Era la primera vez que hacía algo así ya que con Pablo no pasábamos de la típica postura del misionero, traté de aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Empecé a chupetear el glande, aplicando un suave masaje con la lengua en él y mordisqueándolo de vez en cuando. Empezaste a gemir excitado, señal inequívoca que mi trabajo era el adecuado, por lo que seguí chupeteando.Descendí con la lengua por el tronco, me introduje uno de tus huevos en la boca y lo chupé, luego hice lo mismo con el otro. Tu cuerpo se contorsionaba y tu respiración se aceleraba.

¡Ah, sí, lo estás haciendo muy bien! – Exclamaste entre jadeos.

Te miré y vi como apretabas el botón de la cámara. Me estabas haciendo fotos, quizás para contemplarlas más tarde y masturbarte viéndolas, recordando el placer que te estaba proporcionando.

Volví a ascender por el tronco hasta el glande, cuando pasándome el vibrador me dijiste:

Toma, méteme esto en el culo.

Lo cogí y giré el botón. El vibrador empezó a oscilar, levantaste el culo un poco, separándolo del sofá. Con un par de dedos descendí hasta tu ano. Lo acaricié suavemente, luego volví a tu sexo y lo acaricié con mi mano mientras seguía chupándolo, volví a tu ano y despacio introduje un par de dedos. Sin duda, no era la primera vez que ese lugar de tu anatomía era visitado. Así que cogí el vibrador , lo chupé para lubricarlo y lo acerqué a tu agujero trasero. Muy despacio lo fui introduciendo.

¡Ah, sí, cariño! – Gemiste.

Empecé a mover el instrumento dentro y fuera de tu ano, mientras seguía chupando tu pene. Tus gemidos se hicieron más intensos y tu cuerpo empezó a convulsionarse cada vez con más rapidez hasta que me tumbaste sobre el sofá, de un solo golpe metiste tu sexo dentro de mí y tras un par de fuertes empujones te corriste llenándome con tu semen. Habías llegado al éxtasis y yo me sentía feliz de haberte proporcionado aquel maravilloso placer.

Cuando terminaste de convulsionarte, oí el reloj de la cocina silbar.

¡Ostras, ya son las seis! – Exclamé nerviosa.

No te preocupes, cielo. Enseguida terminamos. Te has portado muy bien, así que sólo me falta una última cosa por hacer. Vamos, ponte en el sofá con las piernas bien abiertas.

Obedecí una vez más, y abrí las piernas. Cogiste el consolador que seguía vibrando sobre el sofá. Lo acercaste a mi sexo y lo introdujiste en él. Sentí la vibración recorriendo mi sexo. Sentía que podría correrme otra vez.

Y entonces acercaste tu cara a la mía y me dijiste muy seriamente:

Bien, a partir de hoy yo seré tu amo y cada vez que te ordene o pida algo me responderás diciendo: Si Amo. ¿Lo entiendes?.

Sí – respondí.

¿Cómo?

Sí, Amo.

Muy bien. Cada tarde de cuatro a seis serás mía y te daré ese placer que tanto te gusta. ¿Por qué te ha gustado, verdad?

Sí, Amo.

El vibrador seguía oscilando en mi vagina y sentía como un intenso y placentero calor llenaban mi sexo. Justo en ese momento sonó el timbre.

Bien, ahora yo abriré la puerta. Tú te vas a la habitación y te vistes, ¿de acuerdo, guarrilla? - Me ordenaste – Y nada de quitarte eso que he dejado entre tus piernas, no hasta que tengas un orgasmo. ¿Vale?

Vale – Acepté sumisamente.

Me dirigí a la habitación y me puse una bata. Luego volví al comedor. Tú y mis hijos, Alejandra y Mario, de 17 y 18 años respectivamente estabais hablando amigablemente. Entre mis piernas el vibrador seguía moviéndose y yo sentía como los músculos de mi vagina se contraían apresándolo. Sabía que de un momento a otro me iba a correr y tendría que disimular para que mis hijos no se percatasen de lo que sucedía.

¿Te pasa algo? – Me preguntó Alejandra. Supongo que por mi modo de andar, la bata que me había puesto y lo blanca que debía estar mi cara, había notado que algo me pasaba.

No, hija, no pasa nada.

¿Seguro, mamá?

El orgasmo me sobrevino por fin y traté de mantenerme quieta, para que mis hijos no notasen nada, pero me fue casi imposible, una, dos, tres convulsiones sacudieron mi cadera y un leve gemido que intenté acallar escapó de mi garganta. Me sujeté sobre una de las sillas del comedor.

Vuestra madre está muy bien, – Dijiste tú - sólo estaba un poco cansada y se ha echado un rato, ¿Verdad, Rebeca?

Siiii, eso.

Me senté en una de las sillas. Sentía la flojedad de mis piernas y el vibrador moverse dentro de mí. Disimuladamente y después de que tú me hicieras una pequeña indicación me quité el vibrador y lo guardé en uno de mis bolsillos.

Desde aquel día cada tarde de 4 a 6 soy: sumisamente tuya.

 

Erotikakarenc

A 300 POR HORA, DETRÁS DE TI

A 300 POR HORA, DETRÁS DE TI

El semáforo está rojo. A mi lado el formula uno de mi contrincante. Es la tercera carrera de la temporada en la que ambos salimos desde la primera línea. Los motores suenan fuerte y mientras espero que el semáforo se ponga verde, no puedo evitar pensar en ella. Ella y la noche que hemos compartido juntos. La mejor noche de mi vida.

El semáforo se pone naranja. Miró el coche rojo de mi rival y el semáforo se pone verde por fin. Aprieto el acelerador y ambos salimos a toda velocidad. Detrás, el resto de coches nos siguen. En cinco segundos llegamos a la primera curva y el coche rojo se pone delante de mí.

Sigo pensando en ella. Sus ojos verdes, su pelo moreno, largo, su cuerpo perfecto. ¡Qué mujer!. Para mí es la mujer perfecta, aunque muchos dicen que es sólo una más del montón. La primera vez que la vi me quedé prendado y desde entonces no puedo dejar de pensar en ella. Por eso anoche fue una noche especial, única.

McDonalds está a 5 segundos, tienes que acelerar – la voz de mi jefe de equipo me despierta del sueño.

Miro al frente. Es verdad, se ha alejado de mí, así que acelero. En pocos segundos le tengo justo delante, a escasos metros. Mantengo la velocidad y me relajo de nuevo.

Ayer, cuando apareció por la puerta del bar en el que habíamos quedado con el resto de compañeros, estaba preciosa. Llevaba un vestido negro, anudado al cuello, con un amplio escote que dejaba su espalda completamente desnuda. Su pelo recogido marcaba los angulosos rasgos de su rostro. Y sonreía de oreja a oreja, mientras se acercaba a mí.

McDonalds se aleja de mí y vuelvo acelerar, miró por el retrovisor de mi derecha y veo el coche que va detrás de mí, es negro, deben ser Michaels o Federer.

Vuelvo a sumergirme entre sus brazos. Bailábamos tranquilos en la pista de aquella discoteca, cuando me susurró al oído:

Vamos a un lugar más tranquilo.

La miré a los ojos, sorprendido. Una chispa saltó entre nosotros e irremediablemente nuestras bocas se unieron en un cálido beso.

¡Alberto, acelera de una puñetera vez! – me grita por el auricular la potente voz de Octavio.

Miro al frente. McDonalds se ha alejado nuevamente de mí. Así que aprieto el acelerador, corro hasta alcanzarle y tenerle a sólo unas milésimas de segundo. La rueda de su coche, casi roza la mía. Paso por la recta de meta y veo el letrero que me indica que aún me quedan cincuenta y tres vueltas.

Después de ese beso nos despedimos de nuestros compañeros y abandonamos la discoteca, rumbo al hotel. Al llegar allí la pasión fue imparable, justo desde el momento en que entramos en el ascensor nuestras manos buscaron el cuerpo del otro.

Acelero de nuevo al ver que McDonalds se aleja de mí. Aprieto fuertemente el acelerador, mientras recuerdo las manos de Mary recorriendo mi cuerpo, apretándome las nalgas con fuerza. El ascensor llega al último piso. Salimos al pasillo, tratando de mantener la compostura. Suelto el acelerador y freno, al llegar a la curva más peligrosa del circuito. Michaels se acerca a mí. Calculo que debe estar a unos dos segundos, por lo que al salir de la curva vuelvo a acelerar.

Llegamos a la habitación. Tras entrar, de nuevo nuestras manos recorren nuestros cuerpos. Me vuelve loco esta mujer y la velocidad también, por eso corro tratando de alejarme de Michaels y de acercarme a McDonalds, mientras los labios rojos de Mary se dibujan en mi mente, recordando como se cerraban sobre mi sexo desnudo, como engullían mi pene hinchado, como resbalaban hacía abajo. Mis manos sobre su cabeza, empujando, ayudando a sus movimientos y mi garganta gimiendo de placer.

Tengo que concentrarme en la carrera, no puedo seguir pensando en ella, la erección es monumental bajo mi mono. Sí, tengo que concentrarme en McDonalds y Michaels, tengo que acelerar y adelantar a ese coche rojo antes de que acabe esta carrera, y no darle ninguna oportunidad al coche negro que me sigue. Sí, será lo mejor.

¡Pero Dios, no puedo!. Su sonrisa pícara vuelve a surgir de la nada, sus manos sobre mis huevos, masajeándolos, y su mirada de tigresa pidiéndome que enterrara mi boca entre sus piernas. Y no lo dudé dos veces, lo hice y su cuerpo se convulsionó al sentir mi lengua sobre su clítoris. Será mejor que siga corriendo y deje de pensar en eso o tendré un accidente, además Michaels se acerca peligrosamente.

Bien, en esta recta será mejor que acelere y quizás en la próxima curva pueda adelantar a McDonalds.

Chico, es hora de repostar – me avisa Octavio.

Bien, eso me irá bien para despejarme, para olvidar a la preciosa Mary. Llego a la recta de meta y entro en boxes. Mis mecánicos están esperándome. Freno y me sitúo en mi lugar. El chico mete la manguera e inevitablemente el recuerdo de mi lengua penetrando el húmedo sexo de Mary me envuelve.

Bien, chico, adelante – me dice el jefe de mecánicos.

Aprieto el embrague, pongo la primera y cuando el letrerito de "no brake" se levanta, salgo disparado hacía el final de la recta. Voy acelerando poco a poco y me incorporo justo detrás de Michaels, que aún no ha repostado.

El sabor de Mary sigue en mi boca. Su sexo húmedo y palpitante, se derramaba en mis labios, mientras sus gemidos se extendían por la habitación. Había alcanzado su primer orgasmo. Acaricié las curvas de su cuerpo.

Giro el volante hacia la derecha, Michaels está delante de mí y McDonalds delante de él. Ahora no puedo relajarme, seguramente en la próxima vuelta pararán a repostar, así que debo estar en la carrera con los cinco sentidos. Aunque me resulte difícil dejar de pensar en esas suaves manos de mujer, acariciando mi piel. ¡Qué manos más suaves!. Y sus labios, rojos, perfectos, ni muy gruesos, ni muy delgados.

Llegamos a la recta de meta, veo como Michaels y McDonalds entran en boxes, debo acelerar y tratar de pasar delante de ellos, de los dos. Acelero, corro, y la imagen de Mary vuelve a dibujarse en mi mente. Su cuerpo desnudo entre mis manos, su piel suave, su pelo largo y negro. Con mi mano reseguí sus caderas, acaricié su sexo, busqué su clítoris y lo masajeé.

McDonalds sale de boxes justo detrás de mí, y a poco segundos, Michaels le sigue. Soy primero, si mantengo el ritmo podré terminar la carrera en esta posición.

Seguro que Mary estará orgullosa de mí.

Sus labios besaban los míos, mientras mi mano exploraba su humedad. Se estremecía, gemía y se retorcía sobre la cama. Y yo me sentía afortunado por estar en brazos de una diosa. Introduje un dedo dentro de su vagina, luego otro, y ella seguía arqueándose sobre la cama. Mi sexo estaba erguido y duro, como nunca antes había estado. Deseoso de poseer a aquella bella mujer.

Vuelvo a pasar por la recta de meta. Un cartel me avisa que McDonalds y Michaels están a 5 y 7 segundos respectivamente. Acelero un poco, para poder relajarme después.

Y lo hice. Me situé entre sus piernas, guié mi erecto falo hacía su húmedo sexo y con mucha suavidad, la penetré. La miré, sus ojos brillaban de deseo y pasión, de amor. La besé y empecé a moverme despacio, dentro y fuera de ella. Sentía el calor de su piel pegada a la mía, sus manos acariciando mi espalda.

Miro por el retrovisor. McDonalds me pisa los talones. Tengo que acelerar. Aprieto el acelerador, corro. Tengo calor, veo a la gente gritando, sacudiendo sus banderas. Me encanta sentirme el vencedor, el primero, el número uno, aunque sólo sea por unos segundos. Me concentro en la carrera. Cada vez falta menos para la última vuelta.

Mi cuerpo seguía penetrando a mi dulce amor, la mujer de mis sueños. Poco a poco mis movimientos se iban acelerando y ella gemía, se estremecía, se convulsionaba. Me mordía, y me arañaba. La pasión bailaba entre nosotros.

Paso por la recta de meta, y un letrero me avisa que sólo me queda una vuelta, la última vuelta, y McDonalds y Michaels siguen detrás de mí. Acelero, llego a la curva, giro el volante, freno un poco, salgo de la curva, vuelvo a acelerar.

Y su cuerpo se deshacía debajo del mío, sus besos intensos, devoraban mi boca. Mi sexo se hinchaba dentro de su vagina, que se contraía alrededor de él. Nuestros cuerpos perfectamente unidos, sobre la cama, dibujando corazones de pasión en el techo de la habitación. Su cuerpo explotó entre mis brazos, el mío le siguió uno segundos más tarde. Ambos gemimos, estremeciéndonos, y cuando por fin, dejamos de hacerlo, nos miramos a los ojos.

Te amo – le dije.

Te amo – repitió ella.

Y nos abrazamos.

Alcanzo a la recta de meta, acelero y llego al fin, la bandera de cuadros hondea con fuerza. La gente grita ensordecedoramente. He ganado. Voy frenando y saludo a un lado y a otro. La gente se levanta, aplaude, grita. Estoy eufórico y el premio no puede ser mejor. Entro en boxes, McDonalds entra detrás de mí. Aparco el coche, me bajo, me quitó el casco, mientras McDonalds baja de su coche, se quita el casco y aunque su largo pelo está mojado por el sudor, está preciosa, mucho más que ayer por la noche. Me acerco a ella, la abrazo, la beso.

Felicidades, cariño – me susurra al oído mientras los fotógrafos se acercan a nosotros.

Ya puedo ver los titulares de mañana: "Beso de campeones".

He ganado esta carrera, pero el mejor premio es haber ganado su corazón.

Erotika. (Karenc)

Me voy de vacaciones

Me voy de vacaciones

Ante todo, gracias a todos los que pasais por aquí y leeis mis relatos, y sobre todo a lo que habeis dejado comentarios. Me voy de vacaciones, y estaré una semana y medía por ahí disfrutando del sol, la playa, la montaña. Pero cuando vuelva seguiré subiendo mis historias. Muchos besos y muchas gracias a todos.

 

UN DIA CUALQUIERA.

UN DIA CUALQUIERA.

Pi, pi, pi... el despertador suena, es la hora de levantarse. Lo apago y a la vez siento como Candela se gira hacía mí, apoya su cabeza en mi hombro y me susurra:

Buenos días. – Mientras su mano se cuela por el agujero de la bragueta del pantalón del pijama y empieza a acariciar mi sexo.

Candela, que ahora no tengo tiempo de eso. – Protesto.

¿Cómo que no? ¡Venga, uno rapidito! – Dice subiéndose sobre mí.

Es por esas cosas que me casé con ella, siempre es capaz de sorprenderme.

Pega su cuerpo semidesnudo al mío y su sexo descubierto roza el mío que poco a poco va despertando. No tengo más opción que ceder, a fin de cuentas, me excita tenerla sobre mí con la camisa de dormir por la cintura y su sexo bailando sobre el mío.

La beso, me besa, y mis manos se pierden sobre las curvas de su cintura, hasta llegar a sus nalgas. Las aprieto con fuerza mientras nuestras lenguas pelean dentro de nuestras bocas. Cuando el beso finaliza, Candela se pierde debajo de las sábanas, llega hasta mi cintura y me baja el pantalón del pijama. Mi sexo salta como si tuviera un resorte, pero ella lo atrapa con la boca y empieza a lamerlo. Siento su boca húmeda y caliente alrededor de mi verga y empiezo a sentir el placer que esas caricias bucales me proporcionan. Candela es una experta haciendo eso. Puesto que no tenemos mucho tiempo, vuelve a la posición inicial poniéndose sobre mí, guía mi erecto pene hacía su húmeda vulva y se la introduce con suma facilidad. Suspiro al sentir las calientes paredes de su vagina alrededor de mi verga, ella también suspira y empieza a cabalgarme, primero despacio y después aumentando el ritmo poco a poco. Gimo, gime, nuestros cuerpos se acoplan, se sienten. Ella se mueve sobre mí, cada vez más velozmente, me voy a correr de un momento a otro, siento como mi verga se hincha anunciando el final, también ella está a punto de llegar. Grita cada vez más fuerte y a la par que su cuerpo se convulsiona siento como las paredes de su vagina estrujan mi pene, que explota por fin, llenando su interior con mi leche. Ambos dejamos de estremecernos y Candela se aparta a un lado diciendo:

Ya puedes irte. – Y me sonríe con picardía, sin duda este no será el único polvo de hoy entre nosotros, lo intuyo por la cara que pone.

Me ducho rápidamente y me visto con la misma celeridad, mientras ella sigue en la cama desperezándose.

Llego a la oficina con el tiempo justo, seguro que la reunión ya ha empezado. Me dirijo a mi mesa y cojo los papeles del proyecto. Y corriendo me dirijo a la sala de reuniones. Gracias a Dios aún no ha empezado. Me siento junto a Pablo y sonriendo me dice:

¿Qué, tu mujer te ha atado a la cama?

Pablo y yo somos amigos desde que empezamos a trabajar en la empresa, bueno, en realidad somos algo más que amigos, salimos juntos, vamos juntos de vacaciones, y Candela y Paloma, su mujer, son muy buenas amigas.

Casi, casi. – Le respondo – Pensé que no llegaba a tiempo a la reunión.

Pues has llegado justo a tiempo.

La reunión transcurre con tranquilidad, aunque aburrida, como siempre.

Una hora más tarde, por fin ha terminado la reunión, así que Pablo y yo salimos de la sala y entonces la veo, sentada en su mesa, como cada mañana. Con su precioso pelo rubio recogido en un moño y sus azules ojos fijos en la pantalla del ordenador. Pasamos justo por al lado de su mesa y me mira sonriendo. Es preciosa, la criatura más hermosa que jamás haya visto. Trató de disimular que me he fijado en la sugerente blusa que lleva medio desabrochada, dejando entrever el canalillo de sus sugerentes senos. Esa es la señal secreta que ambos tenemos para que yo sepa que hoy tiene ganas de guerra.

Me siento en mi mesa y abro el messenger, ella está conectada así que le envío un mensaje: "Buenos días, preciosa ¿cómo va? ¿Tienes ganas hoy?.

Ella me contesta inmediatamente: "Ya sabes que yo siempre tengo ganas, así que hoy no iba a ser una excepción". "Esta bien, ya sabes donde tienes que esperarme, iré dentro de cinco minutos." Le respondo. Cierro el messenger y la observo, me mira con cara de picardía y deseo, sonríe felizmente. Se levanta de su mesa y mientras se acerca y pasa junto a la mía, observo sus preciosas piernas, largas y turgentes, enfundadas en unas suaves y finas medias. La veo desaparecer por la puerta que da al pasillo y espero unos minutos, tras los cuales me levanto de mi mesa y me dirijo a la puerta por la que ha desaparecido ella. Recorro el desierto pasillo hasta la tercera puerta de la izquierda. Leo el letrero por enésima vez: "Privado", tan privado que sólo entramos ella y yo cuando nos apetece echar un polvo. Doy un par de golpes con los nudillos y su dulce voz me dice: "Entra". Y lo hago.

Tardo unos segundos en acostumbrarme a la oscuridad y poder distinguir donde esta ella. De pie junto a las escobas, me mira con sus azules ojos. Nos fundimos en un tierno abrazo y mis manos recorren su cuerpo de arriba abajo y de abajo arriba. Mi sexo se pega al suyo teniendo como única barrera la ropa que enseguida empezamos a desabrochar. Ella acerca su boca a mi oído y me susurra:

Hoy no me he puesto braguitas.

Sabe que eso me vuelve loco, por eso lo hace; me conoce tan bien. Con mis manos le subo la falda hasta la cintura, acaricio sus nalgas desnudas y las amaso, luego llevo mis dedos hasta su sexo. La arrastro hasta la pared que tenemos detrás y empiezo a besarla apasionadamente. Subo con mis manos hasta sus senos y los manoseo, le desabrocho la blusa y los observo. Son tan hermosos, blancos como la leche, pequeños y erectos, suaves, y con un pezón pequeño que los corona, me encanta perderme en ellos, chuparlos y lamerlos recordando viejos tiempos de infancia ya pasados. Ella gime cuando le muerdo uno y luego el otro, suspira y acaricia mi espalda con sus manos, pegando su pelvis a la mía. Me desea, lo sé, desea tenerme dentro de ella, lo sé porque ronronea, siempre ronronea cuando me desea. Así que me agacho, la cojo por debajo de las rodillas abriéndole las piernas y la aúpo, ella me abraza por el cuello. Guió mi verga hacía su abierto agujero y ella la guía hacía su interior. Y empezamos el baile del deseo, la batalla de su cuerpo contra el mío por alcanzar el placer supremo. Nuestros cuerpos se acompasan, siento su sexo caliente alrededor del mío, siento su acogedora humedad en mí y sus ojos se cruzan con los míos. Es tan hermosa que podría perderme en sus ojos azules que ahora brillan anunciando la pasión que arde en su interior. Empieza a gemir, al igual que yo. Gemimos ambos, tratando de no hacerlo muy fuerte, para que nadie nos oiga. Acerco mis labios a los suyos y un beso explota entre ambos, empujo contra ella, una vez, otra, y otra, cada vez más fuerte, deseo poseerla para siempre, que sea para siempre mía. Su cara demuestra la satisfacción, el placer que va creciendo entre sus piernas, me araña la espalda y sigue gimiendo.

Vamos campeón – Me anima y empiezo a sentir como mi sexo se hincha y como el caliente líquido seminal empieza a salir.

Uno, dos, tres chorros inundan la vagina femenina justo en el mismo instante, que ella se convulsiona, grita y me abraza con fuerza sintiendo el placer supremo dentro de su sexo.

Cuando deja de estremecerse, la suelto, dejo que pose sus pies sobre el suelo. Nos besamos de nuevo y al separarnos le susurró al oído:

Me vas a dejar seco, Candela.

Ya sabes que si queremos tener un niño hay que aprovechar cualquier momento. – Añade ella mirándome con picardía. – Sobre todo los días fértiles.

Sin duda esta mujer me tiene en el bote, y volvería a casarme con ella sin dudarlo.

Erotikakarenc.

COMPROMETIDOS.

COMPROMETIDOS.

Entonces me esperarás mañana en el aeropuerto a las diez de la mañana – me preguntó Bruno a través del teléfono.

Sí, claro allí estaré – le contesté hechizada por su dulce voz.

Hacia un par de años que nos conocíamos, pero nunca nos habíamos visto (por lo menos no cara a cara) a pesar de trabajar juntos en la misma editorial, codo con codo, escribiendo miles de libros de auto-ayuda. Él escribía los libros y yo era su documentalista, lo hacíamos todo a través del teléfono y de internet. Él vivía en San Sebastián y yo en Barcelona y hasta aquel momento ninguno de los dos había ido a la ciudad del otro.

Pero por fin eso se iba a solucionar. Bruno tenía que venir a Barcelona para una convención e íbamos a conocernos. Durante los dos años en que habíamos estado en contacto, nuestra relación se había ido reforzando día a día y éramos muy buenos amigos. Yo se lo contaba casi todo, incluso mis problemas de convivencia con mi novio, con el que llevaba un año viviendo, al igual que él me había contado las reticencias de su novia para casarse. Ahora podríamos hablar de todos esos problemas cara a cara. Yo estaba nerviosa y ansiosa por conocerle personalmente.

Así al día siguiente me levanté temprano, me duché, me vestí y me peiné, poniéndome mi mejor vestido y haciéndome mi mejor peinado, ya que quería causarle buena impresión. A las diez menos cuarto ya estaba en el aeropuerto esperando frente a la puerta de desembarco.

A las diez en punto una voz avisó por los altavoces que el vuelo se había retrasado. Empecé a andar de un lado a otro nerviosa. A las diez y cuarto un nuevo aviso de retraso, mis nervios estaban a flor de piel. A las diez y media, por fin, la gente empezó a salir y casi de los últimos venía a él. Nada más verle, enseguida le identifiqué, puesto que me había enviado algunas fotos por internet; él también me reconoció enseguida y me saludó. Se acercó a mí y nos abrazamos como viejos amigos.

¡Hola! Eres más guapa que en las fotos – Me dijo.

Tú también eres más guapo en persona ¿Cómo ha ido el viaje?.

Muy bien.

Fuimos a buscar las maletas, y mientras esperábamos frente a la cinta transportadora le dije:

No te he buscado ningún hotel, porque he pensado que lo mejor es que te quedes en casa.

No, no quiero ser una molestia – Protestó.

No eres ninguna molestia, eres mi amigo y mi compañero, y Fran y yo estamos encantado de tenerte en casa.

Esta bien – Aceptó Bruno.

Como las conferencias serán por la mañana, he pensado que por la tarde podemos ir a ver cosas. – Le apunté.

Vale, estoy ansioso por conocer Barcelona.

Recogimos la maleta y partimos hacía mi casa. Allí le enseñe la habitación donde dormiría y le dejé para que pudiera deshacer la maleta. Me puse a hacer la comida, y estaba cortando unos tomates, cuando oí su voz desde la puerta que estaba a mi espalda:

Las mujeres estáis muy atractivas con el delantal.

Gracias, ¿me está tirando los tejos?

No, no. Era sólo un pensamiento. ¿Cómo está Fran?

Bien, hoy no vendrá a comer, tenía una reunión muy importante. Comeremos solos – le señalé. – Y Rosario ¿cómo está?

Bien, muy bien.

¿Todavía no tenéis la fecha de la boda?

No, Rosario todavía sigue reticente.

Vaya.

¿Y tus problemas con Fran, cómo van? – Me preguntó acercándose a mí, sentí su mano sobre mi cintura y vi su sombra a mi lado.

Pues ya ves, hoy no viene a comer, ayer vino a las dos de la madrugada, y el fin de semana lo pasé sola porque él tenía que terminar un proyecto.

Bueno, por lo menos estos días no estarás sola, yo te haré compañía.

Gracias.

Su mano seguía en mi cintura y me hacía sentir incómoda, pero a la vez era agradable sentir su calor.

Podemos salir a tomar algo esta noche, ¿no? – Me propuso.

Vale. – Acepté.

Tras eso comimos y por la tarde fuimos a ver la catedral y el centro de la ciudad. A las ocho regresamos a casa, me puse a hacer la cena y las ocho y media llegó Fran. Mientras cenábamos le comenté que Bruno y yo saldríamos a tomar algo después y que si él quería venir, pero dijo que no, que prefería irse a dormir pronto porque estaba cansado y debía madrugar.

Cuando bajábamos en el ascensor Bruno y yo, le dije:

Ves, últimamente siempre está cansado y no quiere salir, y si no tiene que trabajar y vuelve a las tantas.

No te preocupes, hoy nos vamos a divertir – Me dijo Bruno.

Estuvimos en un pub cercano a casa tomando unas copas. Cuando ambos ya íbamos por el segundo cubata y el alcohol empezaba a hacer su efecto Bruno me sacó a bailar. Yo me sentía muy excitada, pues como he dicho el alcohol estaba haciendo su efecto. Así que cuando sentí su cuerpo pegado al mío la temperatura subió. Sentí su sexo excitado sobre mi vientre y eso me excitó a mí, ya que llevaba un par de semanas sin practicar el sexo.

Vamos a sentarnos – Le pedí sintiéndome nerviosa y preocupada por la situación.

No, no, bailemos – Me rogó él sin soltarme. Traté de separarme de él y entonces me preguntó:

¿Té pasa algo? ¿Acaso no te diviertes?

Sí, si, pero necesito descansar – Le respondí.

Espera, bailemos un poco más.

Seguimos bailando pegados, agarrados y sentí como sus manos se dirigían hacía mi culo y lo apretaba, oprimiéndome hacía él, con lo cual sentí su erección aún más sobre mi vientre. Yo estaba nerviosa y ya no sabía que hacer, entonces sus labios empezaron a acariciar mi oreja y mi cuello, con mucha suavidad.

Bruno, vámonos a casa – Le supliqué intentando escapar de él.

No, no, Susana tú me gustas mucho y me atraes y sé que yo a ti también.

Sí, es cierto –Acepté – pero esto no está bien, los dos estamos comprometidos. Anda vámonos a casa.

Por fin pude deshacerme de sus brazos y me dirigí hacía la puerta saliendo del local, Bruno vino detrás de mí.

Espera – Dijo cogiéndome del brazo y girándome hacía él, y casi sin que me diera cuenta me besó con pasión introduciendo su lengua en mi boca. Yo loca de deseo le correspondí. Sentí que en unos segundos todos los sentimientos hacía él que había tenido encerrados en lo más profundo de mi corazón afloraban.

Cuando dejamos de besarnos nos miramos a los ojos, y le dije:

Vamos a casa.

Caminamos en silencio, cogidos de la mano, hasta llegar a mi bloque, entramos en la escalera y subimos en el ascensor besándonos y acariciando nuestros cuerpos por encima de la ropa. Salimos del ascensor y abrí la puerta, entramos y seguimos besándonos.

Fran nos va a oír. – Le dije a Bruno, ya que la habitación estaba al final del pasillo frente al que estaba la puerta.

¡No, ven! – Me dijo llevándome hasta el baño pequeño, que estaba tras la primera puerta de aquel pasillo.

Entramos y cerró la puerta con el pestillo. Seguimos besándonos, mientras sus manos desabrochaban mi vestido y me lo quitaba, a la vez que las mías desabrochaban su camisa dejando desnudo su torso.

Estamos locos, – dije nerviosa – si Fran se entera.

No se enterará. – Me tranquilizó él.

Me apoyé sobre el lavamanos que estaba detrás de mí y dejé que sus labios besaran mi cuello y poco a poco descendieran por mi escote, a la vez que sus manos acariciaban mis senos por encima del sujetador de encaje que llevaba. Sus labios fueron descendiendo hasta alcanzar mi sexo. Sentí como sus dedos se introducían en mis bragas y alcanzaban la humedad de mis genitales. Entreabrí las piernas, él apartó las bragas y su lengua comenzó a lamer mis labios vaginales. Un gemido de placer escapó de mi garganta, pero traté de acallarlo, mientras su lengua seguía lamiendo mi sexo y se introducía en mi vagina. Bruno me quitó las bragas y luego con sus dedos acarició mi clítoris haciéndome vibrar, continuó introduciendo dos de sus dedos en mi vagina y empezó a moverlos como si fueran un pene, introduciéndolos y sacándolos, mi cuerpo se estremeció. Sentí su lengua lamiendo mi clítoris. Luego sus labios succionándolo, y finalmente, sus dientes mordisqueándolo muy suavemente. Mientras, una de sus manos se dirigía hacía mi culo y acariciaba mi raja con uno de sus dedos, que se abrió camino hasta mi ano y me lo introdujo, un nuevo espasmo de placer agitó mi cuerpo y un grito se escapó de mi garganta. Bruno sacó sus dedos de mi vagina. Me hizo dar medía vuelta y empezó a dentellear y lamer mis nalgas, mientras introducía uno de sus dedos en mi vagina, humedeciéndolo con mis jugos, luego recorrió mi raja hasta mi ano e introdujo el dedo en él, muy despacio, suavemente, y lo movió en sentido rotativo. Yo me mordía el labio para no gritar de placer. Sacó su dedo de mi ano y se puso en pie detrás de mí, oí como se bajaba la cremallera del pantalón. Sus manos acariciaron mis senos mientras sus labios besaban mi cuello y sentía como su sexo erecto reposaba sobre mis nalgas.

¡Fóllame! – Le supliqué – Te necesito.

Bruno guió su erecto pene hasta mi húmeda vagina y con destreza me penetró, al sentirle dentro de mí por completo suspiré y retrocedí hacía él un poco, para sentirle mejor. Me abrazó rodeándome con sus brazos y comenzó a moverse muy despacio, haciendo que su polla entrara y saliera de mí en una torturadora lentitud, mientras una de sus manos acariciaba mi pecho izquierdo y la otra, mi clítoris. El placer era sublime, se extendía por todo mi cuerpo y me ardía internamente. Sentía su respiración en mi oído y eso todavía aumentaba más mi excitación.

Me miré en el espejo, estaba roja de deseo y satisfacción y me dolía ya el labio de tanto mordérmelo. Me giré hacía Bruno intentando besarlo, quería sentir sus labios sobre los míos, pero la posición no nos lo permitía, así que él sacó su sexo de mí y me giré hacía él. Nos besamos con pasión y volvió a pegar su cuerpo al mío. Me abrazó por la cintura y me subió sobre el lavamanos, sobre el cual me senté, sintiendo el frío mármol sobre mis nalgas. Abrí mis piernas dispuesta a recibirle de nuevo, y él no se hizo esperar, enseguida metió su erecto falo dentro de mí. Suspiré y rodeándole con mis piernas lo acerqué a mí y lo abracé, sujetándome con las manos por las nalgas. Bruno empezó a empujar de nuevo, haciendo que su sexo de nuevo entrara y saliera de mí. Mi cuerpo enseguida empezó a sentir el calor del placer recorriendo mis venas y mis músculos. Por eso comencé a moverme con más rapidez, para sentir mejor sus embestidas y provocar que el orgasmo empezara a nacer, eso hizo que también él se excitara y sentí como su miembro se ponía duro. En pocos segundos, mi cuerpo estalló en un orgasmo demoledor y los espasmos de mi vagina hicieron que también Bruno se corriera dentro de mí. Cuando ambos dejamos de convulsionarnos, nos separamos y entonces le dije a Bruno:

Es mejor que olvidemos esto.

Sí, será lo mejor.

Bruno recogió mis bragas del suelo y me las dio. Luego salió del baño. Yo me quedé allí un rato, pensativa y preocupada. Bruno me había hecho sentir cosas que Fran no me había hecho sentir nunca. Me puse las bragas y me dirigí hacía mi habitación, me quité la ropa, me puse el camisón y me acosté junto a Fran que dormía plácidamente.

Cuando desperté al día siguiente, Fran ya se había marchado. Oí la ducha del baño pequeño, Bruno se estaba duchando, en un segundo recordé lo sucedido la noche anterior en aquel baño y deseé entrar y volver a sentir todas aquellas sensaciones, el pleno placer, la libertad, la ternura, pero me reprimí, me vestí y me dirigí a la cocina. Hice café y unas tostadas y esperé a que Bruno apareciera.

Buenos días – Dijo al entrar por la puerta.

Buenos días, ¿has dormido bien? – Le pregunté un poco incomoda.

Sí, muy bien.

Te he hecho tostadas para desayunar. – Le dije.

Gracias.

Salí de la cocina y me fui a mi habitación, me sentía incomoda a su lado. No podía mirarle a los ojos.

Estaba haciendo la cama cuando oí su voz diciéndome:

No debes sentirte culpable, pasó por que los dos queríamos que pasara y ya está.

Vale. – Acepté.

Me voy a la conferencia, vete preparando la visita de está tarde. ¿Vale? Tengo ganas de ver cosas bonitas.

El resto de la mañana la pasé sola, hasta que Bruno vino a comer. Comimos y después me vestí y salimos a dar una vuelta, lo llevé a ver la Catedral, el ayuntamiento y la Generalitat y cuando íbamos hacía el metro pasamos por delante de unos grandes almacenes y me dijo:

Ven, vamos a comprarte algo. – Me arrastró hacía el interior y nos dirigimos hacía las escaleras de subida a la planta de ropa de mujeres.

Bruno empezó a buscar en la sección de chaquetas, hasta que encontró una gabardina marrón claro y me dijo:

Toma, pruébatela.

Hice lo que me ordenaba y me la probé. Me quedaba por encima de las rodillas, al verme con ella Bruno dijo:

Perfecta.

La pagó y mientras salíamos de los almacenes dijo:

Quiero que mañana te la pongas, y que me lleves al Parque Güell, ¿vale?.

Vale. – Acepté.

Volvimos a casa y tras cenar junto con Fran estuvimos un rato viendo la televisión y luego nos fuimos a dormir.

Al día siguiente le preparé de nuevo el desayuno y desayunamos juntos.

Hoy es tú último día aquí.

Sí, por eso quiero ir a ver el parque Güell, no quiero irme sin verlo.

Vale, esta tarde iremos.

Terminó de desayunar y se marchó. A la hora de comer, comimos juntos, como siempre, sin Fran, después me arreglé y me puse la gabardina. Cuando salí al comedor y me vio dijo:

¿Te has puesto un vestido debajo?

Claro, ¿por qué? – Le pregunté extrañada.

Porque no quiero que te pongas nada debajo.

¿Quieres que vaya desnuda?.

Sí, será muy excitante.

¿Qué estarás tú pensando? – Le pregunté.

En una buena despedida. – Me respondió él.

Volví a la habitación y me desnudé, poniéndome sólo la gabardina y los zapatos. Cuando salí él dijo:

Perfecta, vámonos.

Salimos de casa y cogimos el autobús, yo iba bastante incómoda por la desnudez. Además, Bruno me hizo sentar y yo me molesté aún más al pensar que alguien podría mirar entre mis piernas y ver que no llevaba ropa. Cuando por fin llegamos al parque y pude ponerme en pie, me sentí más tranquila. Bajamos del autobús y entramos en el parque. Primero estuvimos dando vueltas, visitando el parque, que es precioso y tiene una arquitectura muy original. Había bastante gente, sobre todo padres con sus niños jugando y gente mayor paseando o tomando el sol. Caminando llegamos hasta un lugar bastante apartado, un pequeño escampado con tres o cuatro bancos, por donde pasaba muy poca gente.

Ven. – Me dijo Bruno tirando de mi mano y llevándome hasta uno de los bancos.

Entonces él se sentó en el banco y me dijo:

Siéntate en mis rodillas.

Me giré de espaldas a él e hice lo que me ordenaba. Sólo de pensar lo que iba a ocurrir empecé a excitarme. Sentí su mano rozando mi culo desnudo y luego oí la cremallera de su pantalón bajando.

Estás loco. – Le dije.

Sí, pero es muy excitante, ¿verdad?.

Mi sexo ya estaba totalmente húmedo cuando sus dedos lo rozaron. Sentí que dirigía su sexo erecto hasta mi vagina y con suma facilidad y delicadeza me penetraba. Estuve a punto de exhalar un gritito, pero al ver a un par de ancianos pasando frente a nosotros lo reprimí. Bruno se rió.

¡Qué malo eres! – Le reñí.

Entonces me sujetó por las caderas y muy suavemente empezó a moverme sobre su sexo, cada vez que alguien se acercaba por el escampado ambos nos quedábamos inmóviles. Una pareja de ancianos apareció y se sentó en el banco que había al lado del nuestro.

¡Oh, no! – Protesté.

Tranquila. – Me dijo él y metió su mano por entre la gabardina en busca de mi clítoris y comenzó a acariciarlo.

Aquello todavía me puso más nerviosa, pero la excitación era máxima y mi corazón iba a mil por hora, trataba que acallar mi excitación, pero me era imposible. Quería gritar, pero no podía. Bruno, debajo de mí, se movía casi imperceptiblemente, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí. Los ancianos nos miraban, evidentemente sospechaban que algo raro nos pasaba. En pocos segundos el orgasmo empezó a nacer en mí y ya no pude contenerme más, empecé a cabalgar sobre el erecto pene de Bruno sin importarme lo que pudieran pensar aquellos dos ancianos.

¡Qué guarros! – Exclamó la mujer al entender lo que sucedía - ¡Vámonos!

El matrimonio se levantó y abandonó el lugar, mientras yo seguía cabalgando sobre el erecto pene de Bruno logrando el éxtasis final. También él lo alcanzó sólo unos segundos después. Cuando dejamos de convulsionarnos me derrumbé sobre él.

Ha sido excitante, ¿verdad? – Me preguntó Bruno.

Sí, mucho.

¿Te ha gustado la despedida?

Claro. Es una pena que te tengas que ir.

Nos pusimos en pie y empezamos a caminar hacía la salida.

No te preocupes, volveré.

Eso espero.

Regresamos a casa y Bruno hizo la maleta. Al día siguiente lo acompañé al aeropuerto, con la promesa de que volvería.

Erotikakarenc.

Gracias

Gracias

Quería dar las gracias a los que me leeis por aquí y en especial a los que habéis dejado algún comentario os lo agradezco mucho.