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EROTIKA. RELATOS Y PENSAMIENTOS

AMANTES 2.

AMANTES 2.

Otra vez juntos, otra noche de placer y deseo en sus brazos, con él. Le observo, desnudo frente a la ventana. Me encanta su culito redondito, y con sólo mirarlo me entran ganas de morderlo.

Hoy es nuestra última cita antes de empezar las vacaciones, lo que significa que estaremos varios días sin vernos, probablemente semanas. Por eso ambos hemos reservado este fin de semana para nosotros. No ha sido fácil pero lo hemos logrado.

A veces me sorprende el hecho de que él nunca me haga preguntas, nunca me pida nada, deja que sea yo la que decida, la que diga como y cuando vernos y disfrutar el uno del otro. Quizás por eso le quiero tanto, él me da la libertad que necesito. Él aguanta mis desvelos, mis dolores, mis penas. Él cura mis heridas de las envidias y celos de otros .Él me susurra al oído que soy su princesita. Él es mi sol, mi amigo, mi amante.

Me acerco sigilosa a él abandonando la cama. Poso mi barbilla sobre su hombro y aprieto su nalga desnuda con mi mano.

Buenos días, Princesa. – Y ese saludo me recuerda a mi película preferida: " La vida es bella", realmente es bella si él está ahí.

Buenos días, ¿qué haces?

Observar la ciudad. – Me responde.

Observo junto a él. El sol despunta por el horizonte y la ciudad empieza a despertarse. Todo se tiñe de naranja y froto mis senos desnudos contra su espalda y su brazo. Sé que me desea como yo a él. Su mano, que queda a la altura de mi sexo, juguetea con mi vello púbico. Y mi cuerpo se enciende y el fuego arde de nuevo dentro de mí, como anoche, como siempre que pienso en él.

Beso su hombro y luego él se gira hacía mí. Me estrecha entre sus brazos y mi cuerpo queda pegado al suyo, piel contra piel, sexo contra sexo y el deseo creciendo en medio. Sus labios se unen a los míos y un beso recorre nuestras bocas mientras la pasión crece a pasos agigantados. Sus dedos hurgan ahora más profundamente en mi sexo, buscan mi clítoris y empiezan a acariciarlo, mientras seguimos besándonos. Succiono su labio inferior y él pellizca mi pezón con una mano.

Cierro los ojos y siento que no hay nadie allá afuera, sólo estamos él y yo, y el fuego que arde dentro de nosotros. El mundo podría hundirse bajo mis pies y no me importaría porque él esta conmigo y yo estoy con él. Una de mis manos se desliza hasta su miembro erecto. Lo acaricio suavemente, pero enseguida debo abandonarlo, porque él se agacha. Besa mis senos, los chupetea y sigue hacía bajo por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Abro las piernas y siento su dedos moviéndose diestramente, acariciando, y haciendo que la excitación suba y mi respiración se vuelva jadeante. Noto su lengua sobre mi clítoris moviéndose sinuosamente. Suspiro profundamente, mientras con mis manos empujo su cabeza hacía mi sexo. Su lengua baila de mi vagina a mi clítoris alternativamente y las piernas empiezan a flaquearme. Por eso, él se pone en pie y me lleva hasta la cama. Me siento en el borde y abro mis piernas, mientras él se arrodilla entre ellas. Hurga de nuevo entre mi pelo púbico, introduce un dedo en mi vagina y mi cuerpo se tensa. Luego acerca su boca a mi sexo y empieza a lamerlo. Gimo y me estremezco al sentir su boca y me acuesto sobre la cama, mientras él sigue lamiendo e introduciendo un par de dedos en mí de vez en cuando.

De repente siento como frota su sexo erecto contra el mío, lo guía hasta mi agujero vaginal y muy despacio me penetra. Me incorporo y lo abrazo con mis piernas y mis brazos, mientras siento como pega su cuerpo al mío. Empezamos a movernos ambos, acoplando nuestros cuerpos, sintiéndonos el uno al otro, el uno dentro del otro.

Siento su sexo entrando y saliendo de mí, gimo, y me convulsiono igual que él. Siento su respiración entrecortada en mi oído. Su abrazo cubriéndome por completo y el fuego del deseo creciendo entre ambos. Dos cuerpos pegados que nada ni nadie, ahora mismo, podrían separar. La carrera hacía el éxtasis se va alargando. Siento su verga hinchándose dentro de mí y vuelvo a acostarme sobre la cama. Estoy apunto de llegar a la cima y él lo sabe, por eso se detiene. Saca su sexo de mí. Y me hace poner boca abajo. Siento uno de sus dedos acariciando mi nalga y descendiendo hasta mi entrepierna, acaricia la humedad de mi sexo y luego se tiende sobre mí, siento su verga entre mis piernas y el glande chocando con mi vulva. Abro las piernas y espero para recibirle otra vez.

Dirige sabiamente su pene hacía mi vagina y vuelve a penetrarme. Yo me incorporo un poco apoyándome sobre los codos y él coloca sus manos sobre mis senos y empieza a acariciármelos a la vez que comienza a moverse suavemente. Poco a poco va acelerando el ritmo. Gimoteo cada vez más fuerte, me vuelve loca sentir sus huevos repicando contra mi clítoris y su respiración en mi oído a medida que él precipita sus movimientos.

De repente siento sus dientes mordiendo mi cuello y su lengua acariciándolo suavemente, justo debajo de mi oído y eso hace que mi piel se erice más, que las sensaciones se multipliquen y que el orgasmo se acelere. Él empuja con fuerza una y otra vez y en unos segundos mi cuerpo empieza a convulsionarse presa del orgasmo. Cuando termino, y sólo unos segundos después se corre él llenándome con su leche caliente. Me abraza con fuerza y yo me siento feliz.

Él se aparta y se acuesta a mi lado. Le miro, él me mira y me susurra suavemente:

Te quiero, princesita.

Yo también te quiero.

Descansamos un rato tras el cual nos vestimos para ir a desayunar.

Después del desayuno salimos a pasear. Damos una vuelta por el centro y después de una buena caminata decidimos descansar en una plaza llena de arboles donde hay unos cuantos bancos. Yo me siento sobre sus piernas y empezamos a besarnos. Sus manos recorren mi espalda, mientras mis brazos le rodean. Siento su sexo creciendo bajo mi cuerpo y me restriego contra él.

¡No seas mala! – Protesta.

Sabes que no puedo evitarlo. – Le susurro en el oído.

Lo sé, pero estamos en un lugar público.

Miro a mi alrededor, y veo una tienda de ropa. Se me ocurre una idea. Me levanto y cogiéndolo de la mano le digo:

Ven.

Me sigue sorprendido, preguntándose que estaré tramando. Entramos en la tienda y al pasar junto a un colgador de ropa cojo una prenda y sin vacilar me encamino hacía el vestuario seguida de él. Le miro, me sonríe, sé que sabe lo que estoy planeando. Nos metemos en el vestidor, dejó la prenda que he cogido colgada y él se sienta en el único taburete que hay en el pequeño cubículo. Me siento sobre él y empezamos a besarnos.

De nuevo muevo mi sexo sobre el suyo, que en pocos minutos vuelve a estar erecto, noto como crece entre su cuerpo y el mío. Sus manos recorren mi espalda y me subo la falda hasta la pelvis para estar más cómoda. Siento como sus manos aprietan mi culo. Y entonces el deseo crece más en mí. Hacerlo en un lugar público me pone a mil y sé que a él también. Deslizo mis manos hacía su entrepierna y le bajo la cremallera del pantalón. Busco bajo el slip su aparato, mientras sus dedos se han adentrado ya entre mis braguitas y buscan mi sexo. Me estremezco al sentir como acaricia mis labios vaginales y como resigue el camino hacía mi clítoris. Entretanto he logrado sacar su pene del refugio y lo masajeo suavemente arriba y abajo sin dejar de besar su boca.

Cada vez le deseo más y sé que él a mi también. Mi sexo está cada vez más húmedo y el suyo cada vez más hinchado, por eso le miro a los ojos y le suplico con la mirada que me haga suya. No sé hace esperar, dirige su pene hacía mi vagina y desciendo sobre él. Le abrazo, pego mi cuerpo al suyo y empiezo a moverme. Poco a poco nuestros movimientos se van acompasando. Sus manos acarician mis nalgas mientras subo y bajo sintiendo como su sexo me llena. Suspiro, gimo de placer. Mi boca busca la suya y nos besamos profundamente. Dejo que el placer recorra todos los rincones de mi cuerpo, mientras el fuego de la pasión arde entre nosotros. Desearía estar siempre así, sentirle siempre dentro de mí, pero no puedo. Debo acelerar mis movimientos, dejar que el placer nos venza o en unos minutos alguna de las dependientas vendrá a sacarnos de aquí. Cabalgo cada vez más rápidamente y también él empuja hacía mí. Siento como su verga se hincha dentro de mí, sé que de un momento a otro se va a correr. Acelero más mi movimientos y siento el placer explotando entre mis piernas. Sigo empujando, haciendo que mi vagina estruje su sexo y en pocos segundos también él se corre.

Eres increíble, princesita. – Me dice abrazándome con fuerza. Y es en ese momento cuando más deseo no despegarme de él.

Nos arreglamos la ropa y salimos de allí, sonriendo y felices.

Es casi la hora de comer así que buscamos un restaurante. Comemos y tras la comida decidimos volver al hotel ya que hace mucho calor para seguir paseando por la calle. Todavía nos quedan unas 24 horas por delante de este segundo encuentro...

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Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envie una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

AMANTES

AMANTES

 

Su cuerpo desnudo pegado al mío, mis senos erectos rozando su pecho y su excitación creciendo entre mis piernas a un ritmo vertiginoso. Cuando lo recuerdo no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ha sido la mejor noche. En realidad, nuestra primera noche juntos.

Nos costó decidirnos y encontrar un día y un momento para estar juntos, lejos de todo y de todos. Solos, él y yo. Pero por fin pudimos fijar una fecha, un lugar, un momento para nosotros dos. Y hacer realidad aquel deseo.

¿Sabéis? Me encanta seducirle y sé que a él le encanta que le seduzca, pero es que no lo puedo evitar, es tan dulce, tan bello por dentro, tan tierno, que despierta mis más hermoso instintos primarios y mi poder de seducción. No puedo evitar desplegarlo ante él.

Todo empezó como un juego, pero poco a poco fue convirtiéndose en un fuego que nos quemaba a ambos y teníamos que apagar. Y aquella noche sería el momento de tratar de apagarlo o hacer que ardiera aún más.

Quedamos en un hotel a medio camino entre su casa y la mía. Recuerdo que me puse un vestido negro, de tirantes, que me había comprado un par de semanas antes. Era muy elegante y con un buen escote, tanto por delante como por detrás. Quería causarle buena impresión e indudablemente, seducirle. Cuando entré en el vestíbulo del hotel, él me estaba esperando sentado en uno de los sillones del hall. Al verme me sonrió, su cara se iluminó con un brillo especial. Estaba guapísimo. Llevaba un traje color beig con una camisa blanca. Me acerqué a él.

¡Hola! Estás guapísima. – Dijo. Me rodeó con sus brazos y nos besamos.

Me sentí tan segura y a gusto que desee que no me soltara nunca más.

Cuando nos separamos me preguntó:

¿Subimos?.

Claro – Respondí. – Vaya pregunta.

Lo decía por si preferías cenar algo.

No, cielo, ahora sólo tengo ganas de ti. – Le dije restregando mi cuerpo contra el suyo en un movimiento casi imperceptible a simple vista.

Nos dirigimos a la recepción, y tras pedir una habitación y dar los datos, nos dirigimos al ascensor. Una vez dentro, volví a pegar mi cuerpo al suyo, nos abrazamos y seguimos besándonos mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos. El ansia nos devoraba.

El ascensor paró y salimos de él. Nos dirigimos hacía la habitación. Estabamos felices y rebosantes de alegría. Nuestro deseo más escondido se haría realidad esa misma noche en aquella habitación. Él metió la llave en la cerradura y la puerta se abrió. Cerramos y entonces me abrazó con fuerza, volvimos a besarnos. Por fin estabamos solos, a resguardo de todo y de todos, solo él y yo.

Cogiéndome de la mano me arrastró hasta el interior de la habitación. Y sin preocuparnos por nada más, continuamos besándonos, acariciando nuestros cuerpos. Él me bajó la cremallera del vestido mientras yo le quitaba la americana y le desabrochaba la camisa. Me quitó los tirantes del vestido y lo dejó caer al suelo, en tanto que yo hacía lo mismo con su camisa. Su pecho perfecto y casi sin bello se mostró ante mí. Deseaba pegarme a él, sentir su piel junto a la mía, y sabía que él también lo deseaba. Nos conocíamos muy bien, después de tanto tiempo juntos, ambos sabíamos lo que el otro deseaba cada segundo. Por eso, él se situó a mi espalda, poniéndome frente al espejo que había a los pies de la cama, sobre el escritorio. Me desabrochó el sujetador mientras yo observaba nuestra imagen en el espejo y sentía como mi sexo se humedecía. Cuando me hubo quitado el sostén, pegó su cuerpo al mío y posó sus manos sobre mis senos empezando a masajearlos suavemente, mientras me besaba en el cuello, en esa zona donde sabe que si la roza con su boca me derrito. Mi respiración cada vez era más fuerte, más rápida, más entrecortada, porque cada vez le deseaba más. Ví una de sus manos deslizándose por mi vientre, la metió por entre mis braguitas y la llevó hasta mi sexo. Entreabrí las piernas para que pudiera acceder más fácilmente. La imagen que veía en el espejo me excitó aún más. Si hubiera tenido una cámara no me hubiera importado inmortalizar aquel momento.

¡Uhmmm, qué húmeda estas! – Me susurró al oído.

Ya sabes que contigo es algo inevitable, cielo.

Mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo se estremeció por completo. Su sexo pegado a mi culo crecía por segundos a un ritmo vertiginoso. Siguió acariciando mi clítoris y uno de mis senos. Cerré los ojos para concentrarme en aquella maravillosa sensación y recosté mi cabeza sobre su hombro. Me besó suavemente la mejilla y entonces giré mi cabeza hacía su boca y volvimos a besarnos, mientras uno de sus dedos se introducía entre mis húmedos labios vaginales. Gemí al sentir aquel placer tan sublime.

Repentinamente, él sacó su dedo de mi sexo y se apartó levemente de mí. Me bajó las bragas suavemente hasta dejarlas a mis pies. Me mordió una nalga y pegué un pequeño respingo. Volvió a ponerse en pie y me hizo sentar sobre la cama. Me cogió los pies, y quitó el vestido y las bragas de debajo apartándolos a un lado. A continuación, y sujetándome el pie derecho, me quitó el zapato. Deslizó sus manos por mi muslo, hasta alcanzar la goma de la media y la hizo bajar suavemente por mi pierna hasta quitármela. Besó los dedos de mis pies y ascendió beso a beso por mi pierna hasta la rodilla. Repitió la operación con la otra pierna. Se puso en pie frente a mí. Le bajé la cremallera, desabroché el cinturón, el botón y el bulto entre sus piernas se hizo más evidente. Bajé la goma del slip y su pene surgió erecto frente a mí. Lo sujeté con la mano por la base, acerqué mi boca y besé la punta suavemente. Luego saqué la lengua y empecé a lamerlo dulcemente. Él me observaba mientras se mordía el labio inferior. Le miré, nuestros ojos se cruzaron. Chupé el masculino sexo con avidez. Me encantaba aquel sabor, su sabor. Lamí el tronco y descendí hasta la base, luego ascendí de nuevo hasta el glande y me lo introduje de nuevo en la boca para seguir chupeteándolo. Él gemía mientras el fuego de la pasión ardía en aquella habitación.

¡Para! – Me ordenó con evidente excitación.

Obedecí y me hizo acostar sobre la cama con las piernas abiertas. Se puso entre ellas de rodillas y sentí su lengua rozando mi clítoris. Gemí y mi cuerpo se estremeció al sentir aquella caricia. Luego sentí su boca cerrarse sobre mi clítoris y succionarlo. Un nuevo estremecimiento sacudió mi cuerpo. Mi sexo estaba cada vez más húmedo, más excitado y me hacía desearle cada vez más. Su lengua se movía sabiamente por mi sexo, yendo de mi clítoris a mi vagina e introduciéndose en ella. Empezó a martillear mi clítoris con la lengua, mientras introducía un par de dedos en mi vagina. Aquello me excitó aún más, haciendo que mi sexo pareciera un mar inundado de jugos, lo que hacía que él lamiera con más avidez. Y a punto de llegar al orgasmo, él se detuvo en sus caricias, se puso sobre mí, me besó en los labios y dirigiendo su sexo hacía el mío me penetró. Mientras lo hacía, sus ojos miraban fijamente a los míos, nuestras miradas se cruzaron por enésima vez y pude sentir todo aquel fuego que desprendía su mirada. "Mi sol", pensé, "estaría así contigo eternamente".

Luego empezó a moverse despacio, mientras con sus manos buscaba las mías. Y así, cogidos por las manos, mirándonos fijamente a los ojos y sintiendo nuestros cuerpos pegados el uno al otro, comenzamos a bailar la bella danza de la pasión y el deseo. Él se movía lentamente sobre mí haciéndome sentir su verga entrando y saliendo muy despacio. Mis senos rozaban su pecho y eso hacía que él se excitara más, con lo cual su pene se tensaba dentro de mí.

Repentinamente se detuvo. Y abrazándome me instó a rodar sobre la cama, pegados, para que yo quedara sobre él. Volvimos a entrelazar nuestras manos y entonces fui yo quien empezó a cabalgar sobre él, a moverme para sentir como su pene resbalaba por mi vagina hasta llegar a lo más hondo de mí, llenándome por completo. El ritmo de nuestros cuerpos fue acompasándose poco a poco, sintiéndonos el uno al otro. Notando el calor inconfundible de nuestros cuerpos amándose. Por fin juntos, unidos en una danza perfecta de amor, deseo y placer. Yo me movía lentamente y sentía como su cuerpo se templaba debajo de mí. Su boca pegada a mi oído me indicaba que estaba disfrutando, pues gemía y suspiraba sin cesar. Yo también gemía sintiéndole dentro de mí, sintiendo como su verga se hinchaba en mi interior. Y en aquel lento camino hacía el placer empecé a sentir como el éxtasis se concentraba en mi sexo y explotaba estrujando el viril miembro masculino, que no tardó mucho en tensarse y explotar también. Nuestros cuerpos se convulsionaron a la vez durante unos segundos, hasta que el orgasmo terminó para ambos. Nos quedamos unos segundos inmóviles, abrazados, hasta que decidí acostarme a su lado.

Recosté mi cabeza sobre su pecho mientras él pasaba su brazo por detrás de mi espalda y me abrazaba contra él. No dijimos nada. No nos hacían falta las palabras. Con cada mirada de aquella noche, de aquel momento, sabíamos lo que el otro sentía.

Desperté un par de horas más tarde. La luz del amanecer empezaba a iluminar levemente la habitación y pude verle acostado a mi lado, dormido. En su rostro había una expresión de tranquilidad y felicidad que me puso a cien con sólo mirarle.

Sabía que sólo nos quedaban unas pocas horas de aquella noche y no quería desperdiciarlas. Así que me pegué a él, que estaba boca arriba, y besé suavemente su mejilla. Él ni se movió, por lo que decidí acariciar su sexo por debajo de las sabanas, y este enseguida reaccionó. Aquello me animó a seguir, y decidí meterme bajo las sábanas. Llegué hasta su sexo que aún estaba un poco fláccido y sujetándolo con una mano, empecé a lamerlo. Enseguida empezó a reaccionar, al igual que mi amante, que empezó a despertarse y gemir. Sentí sus manos sobre mi cabeza, empujando para que siguiera con el trabajo, mientras yo lamía el glande. Ambos volvíamos a estar a mil, deseosos de repetir el combate de unas horas antes. Lamí con vehemencia, engullí aquel glande y lo chupé como si fuera un chupa-chups. Lengüeteé el tronco y me detuve en los huevos, lamiendo primero uno y luego el otro. Volví a ascender por el tronco hasta el glande y volví a chuparlo. Él gemía y se retorcía excitado hasta que tiró de mi pelo y me suplicó que me detuviera. Lo hice y me recosté a su lado.

Frente a frente, ambos de lado, nos miramos a los ojos. Él pegó su cuerpo al mío. Subí mi pierna hasta apoyarla en su cadera y noté como su sexo erecto rozaba mi húmeda vulva. El fuego del deseo había vuelto a encenderse en nuestras entrepiernas. Deseaba que dejara de juguetear con nuestros sexos y me penetrara de nuevo, por eso empujé hacía él. Sin hacerse esperar más, guió su verga hasta mi sexo y muy despacio la introdujo en mí. Ambos empujamos hasta que nos sentimos el uno dentro del otro. Y entonces, él empezó a moverse despacio, haciendo que su pene entrara y saliera de mí. Yo también empujaba hacía él. Entretanto nuestras miradas estaban fijas en la del otro.

Empecé a gemir sintiendo el placer que me proporcionaba. Poco a poco fuimos aumentando el ritmo. Ambos gemíamos, sintiendo nuestros cuerpos pegados. Nuestros labios se unieron en un beso de lenguas luchando por encontrarse y sentirse. Pasé mis brazos por detrás de su cuello y le abracé, momento que él aprovechó, para acostarme boca arriba sobre la cama y quedar sobre mí. Entonces, le abracé con mis piernas también y sentí como su sexo se endurecía cada vez más dentro de mí.

Sabía que le encantaba sentir mi cuerpo pegado al suyo, mis senos rozando su pecho y mi respiración excitada en su oído. A mí también me encantaba. Aquello hacia que ambos nos excitáramos cada vez más. Hasta que mi vagina empezó a contraerse presa del orgasmo, estrujando su verga entre sus paredes y haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Pocos segundos después también él alcanzaba el éxtasis. Su sexo se hinchaba dentro de mí y su blanco y caliente semen me llenaba. La unión completa se había consumado. Y él cayó rendido sobre mí. Nos abrazamos fuertemente y luego se acostó a mi lado. Nos quedamos un rato descansando hasta que ambos decidimos levantarnos. Teníamos que marcharnos, volver cada uno a su vida y dejar aquel sueño aparcado en aquella habitación hasta la próxima vez que pudiéramos tener ocasión para repetirlo.

Nos vestimos y abandonamos la habitación. Una vez en recepción, él pagó y me acompañó hasta mi coche que tenía aparcado a unos metros del hotel. Me abrió la puerta caballerosamente y antes de que yo entrara nos besamos y me preguntó:

¿Cuándo podremos repetirlo?

No lo sé. Espero que pronto. Te quiero. – Le respondí acariciando su suave mejilla y mirándolo a los ojos.

Yo también te quiero mi princesita.

Me subí al coche y él cerró la puerta. Se quedó en la acera observando como mi coche se alejaba y deseé volver con él, pero no podía, mi vida me esperaba.

 

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BUSCANDO UN SEMENTAL.

BUSCANDO UN SEMENTAL.

Me llamo Erika y voy a contaros lo que me sucedió hace un año. Era una noche de verano y salí como cada noche en busca de un semental que satisfaciera mi líbido. Me había puesto un vestido muy sexy y ajustado que remarcaba perfectamente mis atributos, compuesto por una minifalda y un top y me dirigí a un pub al que solía ir cada noche. Estaba allí tomando una copa cuando se acercaron dos tipos de unos 30 años guapisímos, ambos morenos.
¡Hola! Llevamos un rato observándote – me dijeron – y hemos pensado que quizás te gustaría tomar algo con nosotros y nuestro amigo. – Me propusieron indicándome una besa donde había otro chico de la misma edad, rubio y también bastante guapo.
Bueno. – Acepté y los acompañé hasta la mesa, donde nos sentamos.
Bueno, primero nos presentaremos – Dijo el que se había estado hablado conmigo – Yo soy Pablo, y estos son Antonio y Mario.
Mucho gusto. Yo me llamo Erika.
El camarero nos ha hablado de ti.
¡Ah, si! – Exclamé haciéndome la sorprendida - ¿Y que os ha dicho?
Dice que te gustan mucho los hombre – Dijo Pablo.
Pues claro, para eso soy mujer – Bromeé.
Mira, lo que en realidad nos ha dicho es que... – empezó a decir Antonio, pero Pablo le cortó preguntándome:
¿Qué tal si bailamos?
Vale.
Pablo se levantó y tendiéndome la mano me dijo:
¿Me concede este baile?
Por supuesto – Respondí cogiéndole de la mano.
Me levanté y salimos ambos hacía la pista. Pablo me rodeó con sus brazos y empezamos a bailar.
¿Sabes? Eres muy guapa – Me dijo y acercando sus labios a los míos me besó, introduciendo su lengua en mi boca. Nos besamos largamente, mientras sus manos me acariciaban el culo. Sentí como su sexo se endurecía bajo los pantalones. Cuando nos separamos me di cuenta que Antonio y Mario estaban a nuestro alrededor.
Yo también quiero uno – Dijo Antonio.
Y yo – Repitió Mario.
Me separé de Pablo y abracé a Antonio besándole como había hecho con su amigo. En mi mente una imagen empezaba a formarse, me estaba poniendo cachonda, sobre todo porque también a Antonio se le puso el miembro tieso.
¿Y a mí, cuando me toca? – Protestó Mario.
Así que me separé de Antonio y abrazando a Mario le besé igual que había hecho con sus amigos y también sentí su verga hinchándose.
¿Qué tal si vamos a un lugar más tranquilo? – Propuse – Me estáis poniendo cachonda.
Vale, vamos a mi casa. – Dijo Pablo.
Así que los cuatro juntos abandonamos el local.
Tengo mi coche ahí mismo. – Dijo Pablo.
Vale.
Entramos todos en el coche. Pablo se sentó en el asiento al volante y Antonio, Mario y yo nos sentamos en el asiento trasero. Yo en medio, y ellos cada uno a un lado. Mario pasó su brazo por detrás de mis hombros y acercando sus labios a los mios volvió a besarme, además se tomó la libertad de acariciarme un pecho por encima de la ropa, cosa que me puso aún más cachonda. Mi líbido estaba al cien por cien. Así que decidí acariciar los sexos de mis compañeros.
¡Guau, esta tía está a cien! – Exclamó Antonio mientras empezaba a acariciarme la pierna y a besarme en el cuello, haciendo que mi piel se erizara.
Mario, sin dejar de besarme, comenzó a desabrocharme el top, al tiempo que yo les bajaba la cremallera a ambos y buscaba su erecto pene para acariciarlo. Mario me quitó el top, y tras dejar mis pechos libre, él y Antonio se lanzaron a chuparme cada uno un pecho.
Gemí al sentir el placer que sus bocas me producían, e inmediatamente sentí una mano introduciéndose en mis bragas, cuando llegó a mi clítoris pegué un pequeño saltito.
¡Oh, Dios esta tía está más caliente que una tea! – Exclamó Antonio, mientras me quitaba las bragas. Mario seguía besando y chupando mis senos.
Repentinamente sentí la mano de Antonio acariciando mi clítoris suavemente con dos de sus dedos y a la vez sentí como dos dedos se introducían en mi vagina.
¡Estas mojadísima!- Me susurró Mario al oído.
Quiero sentiros dentro de mí. –Les dije sin dejar de acariciar sus sexos.
Entonces me incliné sobre el sexo de Mario y empecé a chuparlo y lamerlo. Antonio siguió masajeando mi clítoris, produciéndome un maravilloso placer.
¡Oh, ah! – gimió Mario - ¡Esta tía es buenísima! – Mientras yo seguía chupándole el sexo.
Él se convulsionaba excitado mientras con una de sus manos acariciaba mi pecho.
Entretanto, Antonio seguía masajeando mi clítoris a punto de provocarme un orgasmo. Al sentir el placer llegando dejé de chupar el sexo a Mario y empecé a gemir.
Mi cuerpo comenzó a convulsionarse hasta llegar a la cúspide del placer. Cuando dejé de estremecerme me incorporé.
Quiero que me la metas hasta el fondo – Le supliqué a Mario mirándole con deseo. Estaba a mil sentía el deseo quemándome por dentro y ansiaba más y más cada vez.
Muy bien. Ven aquí – Me ordenó.
Así que me puse a horcajas sobre sus piernas, guié su sexo hacía mi vagina y me la introduje muy despacio, hasta que la tuve completamente dentro. Entonces le besé, Antonio se acercó a nosotros y también me besó.
¿Y yo que hago? – Preguntó ingenuo.
¿Por qué no me la metes por detrás? – Le propuse totalmente excitada, estaba casi fuera de mí, como drogada por el sexo, necesitaba sentirles dentro de mí y nada iba a evitar que aquel deseo se convirtiera en realidad.
Jo, tíos, me estáis poniendo como una moto. – Protestó Pablo desde su asiento. – Será mejor que busque un lugar tranquilo donde parar.
Yo seguí a horcajas sobre Mario. Antonio se había colocado tras de mí y sentía como su falo a la entrada de mi ano luchaba por abrirse camino.
¡Oh, oh! – Gimió Antonio al introducir su sexo primero hasta la mitad y luego hasta el final.
Gemí y exclamé extasiada:
  • ¡Como me gusta!
Entonces empecé a moverme sobre el sexo de Mario, haciendo que este entrara y saliera de mí. También Antonio comenzó a moverse introduciendo y sacando su sexo una y otra vez. En pocos minutos nuestros cuerpos lograron acompasarse.
Pero súbitamente el coche empezó a botar, ya que Pablo había encontrado un camino de tierra por el que tiró y a cada bache aquellos dos instrumentos de placer se clavaban más profundamente, dándome un placer maravilloso.
¡Guau, que excitante! – Exclamó Mario – Creo que me voy a correr.
Yo también. – Agregó Antonio, mientras seguíamos brincando.
Yo también. - Exhalé sintiendo como me venía el orgasmo.
En poco segundos sentí como Mario me llenaba con su semen e inmediatamente después fue Antonio el que eyaculó. Sentir el caliente semen de mis amantes llenando mi cuerpo me hizo explotar en un fantástico clímax.
Cuando los tres dejamos de convulsionarnos, nos separamos. Pablo había parado el coche en un pequeño bosquecillo.
¡Oh! ¡Qué maravilloso polvo! – Les dije
Pues ahora me toca a mí. – Dijo Pablo - ¿No crees? Espero que aún estés dispuesta a dar lo mejor de ti.
Por supuesto. – Le dije – Mi fuego aún no se ha apagado, cariño.
Pablo bajó del coche, abrió la puerta y tendiéndome la mano me dijo:
Ven aquí, princesa.
Le tendí la mano y salí del coche.
Lo siento amigos, – Les dijo a Mario y Antonio – pero ahora será sólo para mí.
Yo seguía excitada como una perra en celo. Pablo, cogiéndome de la mano, me llevó hasta la parte delantera del coche y allí tras desabrocharse los pantalones y sacar su miembro erecto me ordenó:
Anda, chupa, zorra.
Yo me agaché, cogí el miembro con mis manos y comencé a chuparlo como si fuera un helado. Primero el glande, después lamí el tronco de arriba abajo varias veces, a continuación chupé sus huevos y volví a lamer el tronco para terminar chupando el glande.
Pablo gemía diciendo:
¡Oh, ah, que bien! ¡Sigue, sigue!
Continué chupando el sexo durante algún rato hasta que Pablo excitado me dijo:
¡Para, para! ¡No quiero correrme aún!
Dejé de chuparle y ayudada por él me puse en pie.
Anda, ven aquí. – Me dijo cogiéndome por la cintura y haciéndome sentar sobre el capó del coche aún caliente.
Me tumbé sobre él y Pablo comenzó a besarme. Primero los pechos que lamió y mordisqueó con vehemencia, después fue bajando poco a poco por mi abdomen lamiendo con la lengua, hasta llegar a mi pelvis. Y finalmente a mi sexo, que comenzó a lamer, pasando su lengua muy despacio de mi clítoris a mis labios vaginales. Seguidamente se centró en chupar mi clítoris por un rato, lo que hizo que mi cuerpo empezara estremecerse.
Gemí mientras Pablo me lamía el sexo moviendo su lengua cada vez con más rapidez, lo que hacía que me convulsionara aún más.
¡Oh, ah! ¡Sigue, sigue! – Grité enloquecida.
Su lengua se movía muy diestramente, primero alrededor del clítoris, después bajando hasta mi vagina e introduciéndose en ella. Era la primera vez que alguien me hacía el sexo oral tan bien y haciéndome disfrutar tanto.
¡Qué me corro! – Exclamé al llegar al clímax.
Cuando dejé de temblar, Pablo se levantó, llevó su erecto y grueso sexo hasta la entrada de mi vulva y muy despacio me penetró. Cuando sentí su falo dentro de mí casi enloquecí. Empezó a moverse muy despacio haciendo que su sexo saliera de mí manteniendo sólo la punta dentro y volviéndolo a meter con lentitud, una y otra vez, mientras con sus fuertes manos me sujetaba por la cintura.
Poco a poco fue aumentando el ritmo.
¡Oh, que suave y caliente está! – Musitó Pablo - ¿Te gusta?
¡Oh, sí! – Gemí yo con excitación.
Pablo cada vez empujaba más rápidamente y su sexo se hinchaba dentro de mí.
Mi cuerpo se estremecía presa del placer que me proporcionaba aquel hombre. Ambos estabamos a punto de alcanzar el clímax final. Pablo se movía con rapidez, arremetiendo contra mí una y otra vez, haciendo que mi cuerpo lograra el cenit del placer. Pocos segundos después Pablo también se corría cayendo exhausto sobre mí.
¿Sabes? Eres muy buena – Me dijo al oído, luego me miró, me besó en la nariz y añadió:
¿Qué tal si nos vamos a mi casa?
Bueno – Acepté.
Nos incorporamos, me bajé la minifalda que llevaba arremangada en la cintura y subimos a la parte delantera del coche.
Mira, se han dormido – Dijo Pablo refiriéndose a Mario y Antonio, que estaban medio desnudos aún, en el asiento trasero.
Mario tenía mis bragas en su mano y mi top estaba junto a Antonio, los cogí y me los puse mientras Pablo sacaba el coche del bosquecillo y volvía a la carretera.
En pocos minutos llegamos a casa de Pablo. Estaba situada en una urbanización a pocos kilómetros de la ciudad.
¡Hey, chicos, ya hemos llegado! – Vociferó Pablo a sus amigos.
Antonio y Mario se despertaron y todos salimos del coche. Antonio y Mario aún medio dormidos se adelantaron mientras Pablo, tras cerrar el coche y cogiéndome por la cintura, me besaba.
¡Hey, muchachos! ¿Por qué no seguís dentro? – Gritó Mario desde la puerta.
Entramos en la casa y antes de que me pudiera dar cuenta Pablo me estaba besando. Mario detrás de mí intentaba quitarme el top y Antonio arrodillado en el suelo me estaba quitando la minifalda.
¿Lo has hecho alguna vez con tres tíos a la vez? – Me preguntó Pablo cuando dejó de besarme.
No, nunca. – Le respondí con voz entrecortada, ya que Antonio me había quitado las bragas y con sus dedos, muy suavemente, acariciaba mi clítoris.
Mario detrás de mí, me masajeaba los pechos, mientras con su polla erecta jugueteaba con mis nalgas. Pablo me cogió las manos y las llevó hasta su sexo para que se lo acariciara. Comencé a toquetear el fláccido pene y poco a poco este fue aumentando de tamaño. Cuando los cuatro estuvimos a tono de nuevo, Pablo propuso:
¿Por qué no vamos a la habitación?
Nos dirigimos hacía la habitación y una vez allí, Pablo me ordenó:
Acuéstate, preciosa, hoy vas a gozar como nunca.
Me acosté sobre la cama boca arriba y Pablo se puso sobre mí de rodillas a la altura de mi cara apuntándome con su erecto pene. Lo cogí con mis manos y me lo introduje en la boca, empezando a chupar y lamer aquel delicioso sexo. Entretanto Mario me había abierto de piernas y con su lengua me lamía el clítoris. Antonio a mi lado me masajeaba un pecho, mientras yo trataba de acariciar y manosear su sexo.
¡Oh, ah! ¡Qué buena eres mamando! – Musitó Pablo excitado.
Antonio se puso de rodillas sobre mi cabeza y advirtió:
Yo también quiero.
Tranquilos, chicos, hay para todos. – Dije yo y cogiendo el sexo de Antonio lo chupé un par de veces.
Mario seguía recorriendo con su lengua mi sexo volviéndome loca de placer, hasta que enloquecida de satisfacción y deseo supliqué:
Necesito una polla dentro de mí.
Antonio se acostó a mi lado con el falo en completa erección y dijo:
Anda, ven y fóllame, que quiero probar tu coñito.
Pablo y Mario dejaron que me incorporara, me puse sobre Antonio y guiando su sexo hasta mi agujero vaginal me lo introduje despacio. Empecé a subir y bajar sobre la erecta verga hasta que Pablo se puso tras de mí y dijo:
Vamos a hacer un bocadillo de nena.
Guió su erguido pene hasta mi agujero trasero y me penetró con cuidado.
Gemí al sentir los dos sexos en mí.
Ahora me toca a mí. – Anunció Mario, poniéndose de pie sobre la cama y dirigiendo su sexo hasta mi boca para que se la mamara.
Pablo detrás de mí, empujaba para que su polla saliera y entrara de mí, a la vez que yo subía y bajaba sobre el sexo de Antonio y trataba de chupetear y lamer el nabo de Mario. El placer era sublime, mi cuerpo se convulsionaba y agitaba excitado. Pablo aceleró sus movimientos, haciendo que también yo lo hiciera precipitándome hacía Antonio una y otra vez. En pocos segundos llegué al orgasmo, sintiendo como ambos hombre me llenaban con su leche y gemían llegando al éxtasis. Traté de seguir chupando el sexo de Mario para que también él se corriera y lo conseguí haciendo que me llenara la boca con su semen.
Agotados nos tumbamos los 4 en la cama y no sé como pero nos quedamos dormidos. Había sido una noche agotadora.

DESPEDIDA DE SOLTERA.

DESPEDIDA DE SOLTERA.

No puedo, no puedo casarme con él. Sí, sería un gran papelón dejarlo plantado ahora, aquí, en el altar, pero es que no me puedo casar con él. Después de lo que me sucedió anoche con aquel chico....No puedo.

¿Quieres casarte con Conrado? – Me pregunta el concejal por segunda vez, pero no puedo contestar.

No. – Acierto a decir por fin, mirando al apuesto concejal a los ojos.

Un gran "Ooooohhhh" se oye en la sala, Conrado me mira con cara de sorpresa.

Lo siento, pero no puedo. – Le digo y echo a correr hacía el final de la sala.

Salgo a la calle y busco un taxi, enseguida veo uno, lo hago parar y entro.

¿Dónde la llevo señorita?.

No sé, lejos de aquí.

El taxista arranca justo antes de que Conrado llegue a la puerta del taxi. Detrás de él, el guapo concejal le sigue. Él es el culpable de que a última hora me haya arrepentido de seguir adelante con esta boda. Porque gracias a él he comprendido que realmente no amo a Conrado, le quiero pero no me llena, hay muchas cosas de él que no acaban de llenarme, no me siento plenamente satisfecha con él. No siempre puedo ser yo con Conrado y eso lo descubrí anoche, en brazos de otro hombre.

Conocí a Conrado hace diez años, yo por entonces tenía 15 y el 17, lo nuestro surgió como cualquier relación adolescente; nos conocimos en una discoteca, nos gustamos y empezamos a salir y desde entonces, siempre hemos estado juntos. Hace un año ambos decidimos dar el paso definitivo hacía nuestro futuro y casarnos. En ese momento yo estaba convencida de que quería a Conrado y que él era el hombre de mi vida, con el que quería compartir el resto de mis días, pero desgraciadamente anoche me di cuenta que todo lo que creía sentir por Conrado no era lo que realmente deseo.

El taxi recorre algunas calles mientras yo trato de pensar, de analizar los acontecimientos de las últimas 14 horas. Todo empezó a las diez de la noche. Había quedado con Fina y Paqui, para tomar algo y salir a dar una vuelta. "La última salida de solteras" dijo Paqui. Primero fuimos a cenar al mismo lugar donde vamos cada fin de semana con Conrado, Alberto y Toni, nuestros novios. Tras la cena fue Fina la que propuso ir a aquella discoteca, alegando:

Dejémonos llevar, dejemos que los tíos se acerquen a nosotras, que bailen, que nos deseen. Hoy es una noche para disfrutar.

¿Y si alguno quiere ligar? – Pregunté.

Pues te dejas llevar, hoy todavía eres soltera, la noche es joven y llegado el momento eres tú quien decide si quiere ir a más o dejarlo. – Respondió Fina.

Y tenía razón, no había nada de malo en bailar con un chico y dejarse querer un poquito por él, luego, llegado el momento en que él quisiera ir más lejos, yo era totalmente libre de decirle que no, que estaba comprometida y que no podía serle infiel a mi novio, ya que me casaba al día siguiente. Pero lo malo es que todo lo que pensaba en ese momento se desmoronó cuando tuve a César enfrente, pidiéndome que nos fuéramos a un lugar más íntimo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Entramos en la discoteca y enseguida algunas miradas masculinas se centraron en nosotras, a pesar de lo llena que estaba la sala. A mí me encanta bailar, así que al escuchar la música, irremediablemente empecé a moverme el ritmo de las notas y poco a poco fui avanzando hacía la pista, mientras Fina y Paqui se quedaban fuera observando. No pasó mucho tiempo antes de que un par de tíos se pusiera a bailar a mi alrededor, tratando de que yo les prestara atención, pero ninguno de los dos me atrajo lo suficiente para seguirle el juego. Así que seguí bailando. Pero repentinamente, al alzar la vista hacía adelante unos ojos grises se cruzaron con los míos y sentí una extraña corriente eléctrica que recorría mi cuerpo y una irremediable atracción que me llevaba a desear que aquellos ojos grises me observaran el resto de la noche. El poseedor de aquellos ojos se acercó a mí, era un chico de pelo castaño, alto, y bastante guapo, al menos a mi parecer.

¿Puedo bailar contigo? – Me preguntó amablemente con su dulce voz.

Me gustó aquella forma tan galante de actuar, así que sin pensarlo le dije que sí. Empezamos a bailar, primero manteniendo cierta distancia que poco a poco y a medida que pasaban los segundos se iba acortando, hasta que nuestros cuerpos empezaron a rozarse irremediablemente. Me sentía atraída por aquel chico y deseaba que fuera a más. Sentí como con su mano cogía la mía y mirándome a los ojos me decía:

Ven.

Me sacó de la pista y al pasar junto a Paqui y Fina, esta última me guiñó un ojo. El chico me llevó hasta el reservado y nos sentamos en uno de los cómodos sillones que había allí:

¿Quieres tomar algo? – Me preguntó el chico.

No. ¿Cómo te llamas? – Le pregunté.

César, ¿y tú?.

Paula.

No dijimos nada más. Sus labios se enredaron con los míos y no pude resistirme, porque en realidad deseaba a aquel hombre, deseaba sentir su cuerpo desnudo pegado al mío, sus suaves manos recorriendo mi piel, su sexo dentro del mío.

De repente sentía que no existía nadie más en el mundo, excepto él y yo. Así que me dejé llevar, su lengua buscó la mía y la mía buscó la suya. Mis manos recorrieron su espalda por encima de la ropa y las suyas abarcaron mis senos y los apretaron suavemente. Empecé a sentir como mi sexo se humedecía al notar como su sexo, debajo de una de mis manos, se hinchaba. Tras aquel intenso beso nos separamos y él me miró a los ojos.

¿Vamos a un lugar más íntimo? – Me preguntó.

Vale. – Acepté.

Salimos del reservado y al ver a mis amigas le dije:

Espera tengo que avisar a mis amigas.

Me dirigí hacía ellas y acercando mis labios al oído de Fina le dije:

Voy a dar una vuelta. No me esperéis, ya me acompañará él a casa.

Vale. Pero ten cuidado, recuerda que tú pones el límite. – Me avisó Fina.

Pero en realidad en aquel momento no deseaba poner ningún límite, quería ir hasta el final con César y nada me iba a detener.

Salimos de la discoteca y nos dirigimos hasta su coche. Cuando llegamos a él, César me apoyó sobre la puerta del copiloto y me besó de nuevo con pasión. Pegó su cuerpo al mío y pude sentir su sexo crecido pegado al mío. Enredé mi pierna por detrás de su culo y lo apreté contra mí, mientras seguía besándolo salvajemente, como si fuera la última vez en mi vida que besara a alguien. Sentí como subía la falda de mi vestido e introducía su mano por mis braguitas en busca de mi deseoso clítoris, lo rozó levemente y todo mi cuerpo se estremeció. Luego deslizó sus dedos hasta mi vulva y me penetró con ellos, volví a temblar. Entonces César separó sus labios de los míos, me miró fijamente a los ojos; creo que él supo perfectamente lo que yo deseaba en ese momento y como lo deseaba, así que separándose de mí, me hizo poner de espaldas a él. Oí como se bajaba la cremallera del pantalón. Me bajó las bragas bruscamente y sentí como su cuerpo se pegaba al mío y como su sexo intentaba abrirse camino hacía el mío, como su pelvis se pegaba a mis nalgas desnudas, y como de una estocada me penetraba.

Ambos gemimos y nos quedamos unos segundos quietos, sintiéndonos. Deseaba que aquel momento no terminase nunca. Apoyé mis manos sobre el cristal y él me sujetó por la cintura y empezó a moverse muy despacio, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí. Yo empujaba hacía él, quería que fuera más rápido, que me diera ese placer que tanto deseaba y se lo hice saber. Él aceleró sus movimientos. Yo empecé a empujar hacía a él y en pocos minutos ambos nos movíamos como caballos salvajes en busca del placer supremo. Los gemidos, los movimientos, mi sexo llenándose del suyo, el suyo entrando y saliendo de mí y el imparable camino se iba acortando cada vez más hasta que sentí como se derramaba en mí, justo en el mismo instante que los músculos de mi vagina apretaban la masculina verga, explotando en un maravilloso orgasmo. Cuando ambos dejamos de convulsionarnos y nos serenamos, César se separó de mí. Nos vestimos y abriendo la puerta del coche, me hizo entrar en él.

Durante una buena parte del trayecto permanecí callada, pensando. Acababa de serle infiel a mi novio, después de 10 años de total fidelidad, y justo unas horas antes de nuestra boda. Pero no me sentía mal por ello, todo lo contrario, miraba a César y me daba cuenta de que no nos hacían falta palabras para entendernos, para saber lo que quería el otro, que con sólo mirarnos a los ojos descubríamos hasta el más intimo deseo.

Me llevó hasta su casa. Tras aparcar el coche en el parking del edificio, no pude evitar acercar mi boca a la de él y volver a besarle, nuestras manos empezaron a recorrer nuestros cuerpos por encima de la ropa. Sentí su mano sobre mi rodilla, la acarició suavemente y poco a poco fue deslizándola por mi muslo, hasta mi nalga que sobó y apretó a su antojo. Cosa que empezó a excitarme, haciendo que mis bragas se humedecieran de nuevo. Estaba a punto de echarme encima de él cuando me dijo:

Vamos a mi casa, estaremos más cómodos.

Bajamos del coche y nos dirigimos al ascensor. Mientras subíamos en él, continuamos comiéndonos la boca, porque no era simplemente besarnos lo que hacíamos, sino que nos devorábamos, nos comíamos el uno al otro, mientras nuestras manos se movían sin control sobre el cuerpo del otro por encima de la ropa, intentando desabrochar, introducirse, buscar, palpar... Llegamos al ático, recobramos la compostura y salimos del ascensor. El deseo seguía creciendo entre nosotros. César sacó las llaves de su bolsillo y las introdujo en la cerradura, mientras yo detrás de él, le acariciaba el culo y esperaba a que abriera. Abrió la puerta y un olor a casa limpia me invadió. Entramos y César cerró la puerta. Yo decidida intenté entrar hasta el comedor, pero a medio pasillo, César me cogió del brazo, me detuvo y me acorraló contra la pared. Sus labios volvieron a hundirse en los míos y nuestras manos de nuevo recorrieron imparables el cuerpo del otro, pero esta vez, desabrochando camisas, quitando prendas, hasta que ambos quedamos en ropa interior. Noté su sexo duro pegado a mi vientre y no pude evitar acariciarlo. Él metió una de sus manos dentro de mis braguitas y acarició mis nalgas, llevó uno de sus dedos hasta mi ano y lo acarició. Mi cuerpo se estremeció. Metí la mano por dentro de su slip y palpé el erecto miembro, deseaba tenerlo en mi boca, besarlo, mamarlo, así que me agaché frente a César, él me miró expectante, y pude descubrir que él también deseaba aquello. Le quité el slip y liberé su verga. Acerqué mi lengua y lamí el glande. Él suspiró. Y metí el glande en mi boca, empezando a chuparlo como si fuera un helado. Sus manos se enredaron en mi pelo, que suelto caía sobre mis hombros. Empezó a dirigir mis movimientos, mientras yo lamía y chupaba aquella exquisitez. Aquello era algo que pocas veces solía hacerle a mi novio y generalmente lo hacía cuando él me lo pedía, pero con César todo era tan diferente, me sentía libre y capaz de realizar cualquier acto sexual. Me sentía libre y liberada.

Sentí como la verga de César empezaba a hincharse en mi boca y entonces, él tiró de mi pelo suavemente y me hizo poner en pie. Volvió a besarme con furia y seguidamente me hizo poner de cara a la pared, me desabrochó el sujetador y me lo quitó, sentí la fría pared rozando mis senos y eso me excitó aún más. Su boca rozó mi oído y sentí como su mano, acariciaba una de mis nalgas y como introducía uno de sus dedos por mi raja. Mi cuerpo se tensó y suspiré fuerte. Noté la caliente piel de su capullo buscando un lugar entre mis nalgas y volví a suspirar y entonces le dije:

Ten cuidado.

Acercó su boca a mi oído y me preguntó:

¿Eres virgen por ahí?

Afirmé con la cabeza a lo que él añadió:

Entonces vamos a la habitación, lo haremos con más calma. – Y me cogió en brazos para llevarme hasta su cama.

No sé porque, pero con él lo quería todo. Con Conrado nunca me atreví a pedirle que practicáramos el sexo anal, aunque me moría de ganas por hacerlo, había oído decir a mis amigas que era genial, pero nunca me había atrevido a pedírselo a mi novio y ahora estaba dispuesta a hacerlo con un completo desconocido.

Me depositó en la cama y situándose a mis pies empezó a besarme con dulzura, desde los dedos hasta ir subiendo beso a beso por mi pierna. Mi piel se erizaba con cada beso. Al llegar a mis muslos muy despacio me hizo girar poniéndome boca a bajo. Sentí su lengua lamiendo mis nalgas suavemente, mientras uno de sus dedos se abría camino entre mis nalgas, haciendo que mi sexo se excitara. Con el dedo empezó a masajear mi ano, que enseguida empezó a reaccionar. Comencé a sentir el placer que aquella agradable caricia me causaba, que unida a las caricias que realizaba con la otra mano sobre mi clítoris, hacían que mi sexo se llenara con mis jugos. Y entonces, César introdujo uno de sus dedos en mi ano y empezó a moverlo dentro y fuera, el placer adquirió una nueva dimensión para mi desconocida anteriormente y creció cuando César introdujo otro dedo. Al sentir como penetraba, mi cuerpo se convulsionó fuertemente y no pude evitar emitir un grito de placer. Siguió moviendo ambos dedos, cada vez más velozmente, hasta que finalmente alcancé el orgasmo. Cuando dejé de estremecerme, César sacó un preservativo y un tubo de crema del cajón de la mesita, y me pidió que le pusiera el preservativo. Así que se tumbó sobre la cama. Me deslicé hasta su miembro. Lo así con la mano y empecé a lamerlo, mientras dejaba el preservativo a un lado. Acerqué la lengua al glande y lo lamí suavemente, lo introduje en mi boca y empecé a chuparlo, mientras acariciaba el tronco con la mano. César se convulsionó, mientras apretaba mi cabeza con sus manos. Seguí chupando durante un rato, hasta que noté que estaba a punto de correrse. Le puse el preservativo y me quedé en cuatro sobre la cama. Él cogió la crema y se situó detrás de mí. Yo estaba nerviosa. Sentí como sus dedos empezaban a acariciar mi ano con suavidad, embadurnándolo con la crema. Introdujo uno y lo movió dentro y fuera unas cuantas veces. El ligero dolor inicial que había sentido iba dejando paso al placer con cada una de las caricias que César aplicaba. Un nuevo dedo entró en mi ano lo que me provocó una fuerte convulsión. Mi esfínter empezaba a reaccionar agradablemente a las caricias. César movió los dedos dentro y fuera, cada vez más velozmente, logrando que mi respiración se tornara jadeante. Cada vez me gustaba más aquello y deseaba más, e irreconociblemente me oí suplicándole a aquel extraño:

¡Métemela ya, venga!

César no se hizo esperar, noté como su verga chocaba contra mis nalgas y mi cuerpo se estremeció una vez más, sentía como palpitaba mientras en mi mente imaginaba la escena. Mi amante colocó la punta en la entrada de mi ano, una vez untada en la crema, y muy despacio empezó a vencer la resistencia inicial de mi agujero. Sentí como muy lentamente iba entrando. César me sujetaba por las caderas y de vez en cuando se detenía, esperaba unos segundos y luego seguía introduciendo aquel mástil, hasta que noté como sus huevos chocaban con mi vagina. Permanecimos inmóviles un rato y luego él comenzó a moverse lentamente, haciendo que su verga entrara y saliera de mí. Poco a poco mi ano fue acostumbrándose y empezó a contraerse apresando la verga, el placer fue creciendo a medida que César empujaba una y otra vez. Sentía su verga hinchándose dentro de aquel estrecho agujero. Y en pocos segundos un maravilloso orgasmo, como nunca antes en mi vida había tenido explotó, haciéndome estremecer sin remedio y estrujando la polla de César que no tardó mucho en correrse también.

Cuando ambos dejamos de convulsionarnos, caímos rendidos sobre la cama. César se quitó el preservativo, me abrazó y nos quedamos dormidos.

Desperté unas pocas horas después. El sol empezaba a entrar por las rendijas de la persiana de la habitación. Estaba un poco desorientada pero al sentir aquel olor a aftershave recordé donde estaba. César seguía dormido. Miré el reloj que había en la mesita. Eran las siete y faltaban sólo un par de horas para que la peluquera llegara a mi casa para peinarme. Iba a ser el gran día de mi vida y yo acababa de despertarme en la cama de un extraño, después de haber pasado la noche con él y haber tenido la mejor experiencia sexual de mi vida.

Me vestí deprisa, tratando de hacer el menor ruido posible para no despertarle. No me apetecía darle explicaciones y además no había futuro para nosotros.

Llegué a casa medía hora más tarde y procurando que nadie notara que había pasado la noche fuera me dirigí a mi habitación. Otra medía hora más tarde el espectáculo empezaba para mí. Traté de poner buena cara, de disfrutar el momento pero poco a poco me iba dando cuenta que no era aquello lo que quería, que Conrado no podría satisfacerme nunca como lo había hecho César aquella noche. Ese pensamiento fue gestándose en mi mente durante toda la mañana, hasta que en aquel instante en que tuve a César frente a mí, con su cara de sorpresa mirándome y pareciéndome preguntar si era aquello lo que deseaba, me acabó de convencer que estaba cometiendo una locura y por eso salí corriendo y huí.

Pero tendré que volver, en algún momento tendré que volver y aclarar las cosas con ambos, pero mejor será pensar en eso mañana...

Erotikakarenc

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