23/04/2008
En sus ojos

El metro está lleno de gente, no cabe ni un alfiler, aún así me aventuro a buscar un lugar donde sentarme pero no lo encuentro, así que me quedo en pie en uno de los pasillos, mirando hacía la ventana, cogida fuertemente a la barra de sujeción. El metro arranca y en pocos segundos entramos en el túnel. La oscuridad, la gente, la gran ciudad sobre nosotros, el ruido del tren.... En menos de un minuto, llegamos a la siguiente estación. El convoy se detiene y entonces te veo. Alto, moreno, ojos negros, guapo. Estás sentado en el banco. Tus ojos se cruzan con los míos y una corriente eléctrica recorre mi cuerpo haciéndome sentir que podría amarte eternamente. Y el deseo crece entre mis piernas, es un cosquilleo que me invade sin remedio y mi mente vuela a miles de kilómetros de allí, otro lugar, un lugar sólo para nosotros dos.
Una cama, dos mesillas de noche y tú y yo, llenando ese espacio vital. Te acercas a mí y me tomas por la cintura. Tu mano acaricia mi mejilla suavemente y con lentitud, como si quisiera retener ese momento en tu memoria. Me miras a los ojos, los tuyo tienen un brillo especial y desde su negra oscuridad me cuentan que me deseas como nunca antes has deseado a nadie. Me besas, te beso, nuestros labios se unen en un beso largo, eterno. Beso de lenguas que se busca, de labios que se devoran, de humedades intensas que se juntas buscándose en este mar de placeres. Cuando nos separamos, te alejas unos centímetros de mí, das unos pasos a mi alrededor, mientras yo me quedo quieta, esperando. Te sitúas detrás de mí y vuelves a acercarte. Pegas tu cuerpo al mío, besas mi nuca y desabrochas el vestido, bajando la cremallera con parsimonia. Me lo quitas, dejándolo caer al suelo. Rozas mi cuello con el envés de tu mano y la dejas caer lentamente por entre mis pechos, hasta mi vientre. Todo mi cuerpo se eriza, tiemblo de placer. Apoyo mi cabeza en tu hombro y cierro los ojos para dejar que las sensaciones me llenen. Tu mano vuelve a ascender por mi cuerpo, resigue mi talle hasta mis senos, me desabrochas el sujetador, me lo quitas y lo dejas sobre la cama. Posas tus manos sobre mis pechos, los masajeas delicadamente, haciéndome estremecer y me pego a ti, tratando de sentir tu virilidad pegada a mis nalgas. Te deseo y con cada caricia haces que el deseo crezca.
Me quitas las braguitas, dejando que desciendan lentamente por mis piernas, que yo abro, y cuando ya me las has quitado aprovechas, para meter tus dedos en mi sexo y acuciarlo suavemente. Una descarga de placer cruza todo mi cuerpo, estoy a mil y te deseo como nunca he deseado a nadie. Me haces recostar sobre la cama, abres mis piernas y acercas tu boca a mi sexo, lo lames, lo excitas, lo amas. Mientras todo mi cuerpo se contrae y estremece sintiendo esa dulce lengua que viaja desde mis labios vaginales a mi clítoris y de mi clítoris a mis labios vaginales; se introduce en mi vulva y lame sedienta, luego vuelve al clítoris y lo chupetea con devoción.
Te pones en pie, y yo me siento sobre la cama. Te desabrocho el pantalón y te lo quito, mientras tú te quitas la camisa. Te quito el slip, dejando libre tu sexo erecto, que me apunta directamente y parece llamarme deseoso de sentirme. Acerco mi boca a él y lo beso, lo lamo, lo excito, lo amo. Acaricio el tronco con la mano, chupo el glande como si fuera un helado y disfruto de cada rincón de ese maravilloso manjar que tanto me gusta. Cuando ya estás suficientemente excitado me tumbo sobre la cama y te invito a que me hagas tuya con sólo una mirada. Tú no lo dudas, te pones sobre mí, guías tu erecto sexo hacía mi húmeda vagina y de un solo empujón me penetras, me haces sentirte dentro de mí y empiezas a moverte, lenta y cadenciosamente, empujando tus caderas hacía mí, te amo y me amas y siento que podría amarte eternamente. Tu cuerpo y el mío se aman, compás de pasión en una noche desesperada, baile de almas que se aman sobre una cama de deseo y placer. Poco a poco nuestro compás se ajusta, nos sentimos mutuamente, hasta que el placer empieza a recorrer nuestros cuerpos y estalla al unísono en ambos.
Y entonces despierto, y tu sigues frente a mí, sentado en el banco de la estación. Una chica que acaba de bajar del metro se acerca a ti, desvías tu mirada de mí y la miras a ella. Te besa en los labios y el metro arranca. Te pierdo de vista y comprendo que nunca más volveré a verte…
Los días pasan y cada vez que paso por esa estación observo detenidamente el andén esperando encontrarte de nuevo, pero día tras días mis esperanzas se pierden en un mar de gente. Hace ya una semana que te vi por primera y última vez y casi he perdido las esperanzas de volver a verte. Pero de repente, hoy en el viaje de regreso a casa…
El metro se detiene en la estación, y te veo, estás allí, de pie, esperando que las puertas se abran, sólo unos cinco o seis metros nos separan y mi corazón empieza a latir a cien por hora. Te acercas a mí y mi corazón empieza a latir a cien por hora, estoy más nerviosa que un flan, tiemblo y… De repente tu mano roza la mía al cogerte a la barra de sujeción, nos miramos, te sonrío, me sonríes pero bajo mi mirada al suelo, un tanto avergonzada. El tren arranca y al hacerlo, pierdo un poco el equilibrio cayendo sobre ti y empujándote.
Lo siento – me disculpó inmediatamente.
No pasa nada – dices tú.
Pero extrañamente nuestras manos se quedan unidas. El contacto de tu piel caliente con la mía me hace temblar. Seguimos así, cogidos de la mano el resto del camino y cuando llego a mi parada me suelto de tu mano y me dirijo hacía la puerta, pero tú me sigues. Sin mirar, camino por la estación, sabiendo que tú me sigues y sabiendo que tú sabes que yo sé que me sigues. Es un juego divertido. Salgo al exterior y justo enfrente de la parada de metro está la empresa donde trabajo. Es un edificio de varias plantas y en cada una hay varios despachos. Entro y tú sigues detrás de mí. Entro en el ascensor y tú entras conmigo y extrañamente, nadie más entra detrás de nosotros. Las puertas se cierran y nos quedamos solos.
¿Por qué me has seguido? – Te pregunto.
Porque me gustas – y sin más, me coges por la cintura y me acercas a ti y me besas.
No puedo creerme que este a punto de pasar lo que hace una semana era sólo un sueño. Así como llevados por una pasión irrefrenable, tus manos acarician mi cuerpo, y las mías el tuyo. Nuestros cuerpos están pegados, se desean con ansia. Me tienes atrapada entre tu cuerpo y la pared. Aprietas el botón de stop del ascensor. Sabemos que debe ser algo rápido, pero no nos importa, llevamos una semana imaginando este momento. Por eso, me subes la falda hasta la cintura, mientras mis manos desabrochan la cremallera de tu pantalón y buscan tu sexo erecto. Un beso sucede a otro y luego otro, nuestras bocas se comen literalmente la una a la otra. Tu mano aparta mis braguitas y busca mi vulva, la acaricias delicadamente comprobando que estoy a cien, dispuesta se recibirte cuando tú lo decides, luego diriges tus dedos a mi clítoris y también lo acaricias, todo mi cuerpo se estremece. Entre tanto, yo he conseguido sacar tu verga de su refugio y la acaricio suavemente, arriba y abajo, haciéndote estremecer y gemir de placer. También yo gimo sintiendo tus dedos hurgando entre mis carnes húmedas de deseo, me estremezco y te deseo. Trató de dirigir tu sexo al mío y tú comprendes perfectamente lo que deseo. Me miras a los ojos, te incrustas entre mis piernas y diriges tu sexo hacía el mío. Me penetras, te abrazo, siento como entras completamente en mí y mientras nuestros ojos se miran fijamente empiezas a moverte, entrado y saliendo de mí, empujando despacio una y otra vez. Te siento, me sientes y nuestros cuerpos arden al unísono en este fuego de pasión que nos ha invadido. Nada importa, nada nos preocupa, sólo tu y yo y el placer de este momento, que poco a poco va dibujando la pasión entre nosotros. Nuestros movimientos se aceleran, el sonido de nuestros gemidos aumenta y se precipita hacía "le petit mort". Siento como te vacías en mí y tu sientes como las paredes de mi vagina estrujan tu pene, alcanzando ambos el éxtasis. Nuestros cuerpos se convulsionan al unísono y cuando finalmente se calman, dejas que deposite mis pies en el suelo. Nos miramos de nuevo a los ojos, me besas, esta vez tiernamente. Nos separamos y arreglamos la ropa.
¿A que piso tienes que ir? – me preguntas.
Al doce ¿volveremos a vernos? – te pregunto yo. Aprietas el botón del ascensor y este arranca.
Sí, por supuesto. ¿A que hora sales?
A las siete – y entonces, no sé porqué la imagen de aquella chica besándote en la estación reaparece en mi mente. -¿Tienes novia? – te preguntó.
No – respondes simplemente mientras el ascensor sube.
Entonces, la chica del otro día en la estación ¿no es tu novia? - el ascensor se detiene y las puertas se abre. Me miras a los ojos y respondes:
No – ríes divertido – no, es mi hermana.
Entonces yo también río divertida al darme cuenta de la equivocación. Salgo del ascensor y me quedo mirándote. Me lanzas un beso con la mano y me dices:
A las siete.
Ni siquiera sé tu nombre, pero que importa. Sé que él es ese hombre que esperaba, lo he visto en sus ojos y eso me basta.
Erotikakarenc (Autora TR de TR). ![]()
30/03/2008
UNIDOS

13/03/2008
IMÁGENES 2 (La venganza)

Entro en la habitación dispuesta a despertarte, pero la imagen que me encuentro ante mí me sorprende más de lo que esperaba. Estas desnudo sobre la cama, destapado, mostrándome tu sexo semierecto; los ojos cerrados, sonriendo, como si estuvieras en uno de tus mejores sueños. Inmediatamente mi mente empieza a maquinar una pequeña maldad.
Me desnudo despacio tratando de no hacer ningún ruido que te pueda despertar, aunque sé que tu sueño es bastante profundo y el ruido de la ropa deslizándose por mis cuerpo difícilmente te despertará. Me quito la blusa, desabrochando despacio los botones, luego el pantalón tejano, ese que tanto te gusta y se ajusta perfectamente a mis piernas y mi culo, haciendo que este destaque; voy dejando mi ropa junto a la tuya, me desabrocho el sujetador y me lo quito, deslizando los tirantes suavemente por mis brazos, me quitó por fin la braguitas y cuando estoy totalmente desnuda me deslizo despacio sobre la cama y sobre ti. Lo hago muy lentamente, porque no quiero despertarte hasta el momento justo, y sólo con imaginar ese instante mi sexo se humedece de deseo. Rozo tu rodilla con mi seno y temo que te despiertes, por eso me detengo unos segundos. Tú sigues dormido, así que continúo. Llego hasta tu sexo, lo huelo suavemente y siento la tentación de lamerlo, pero deshecho la idea porque no es así como quiero despertarte. Sigo avanzando, tú sigues dormido, inmóvil y con una dulce expresión de bienestar en tu cara. Llego a tu pecho y respiro el dulce olor de tu colonia que me embriaga. Mis senos están sobre tu pecho y al sentir el roce de tu piel mis pezones se eriza por el deseo. Mi sexo queda por fin a la altura de tuyo y me siento sobre él, cojo uno de los pañuelos de seda que guardo en la mesita de noche y te ato una mano cuidadosamente, luego paso el pañuelo por los barrotes de la cama y te ato la otra, oigo como suspiras, te conozco y sé que estás a punto de despertarte; restriego mi sexo sobre el tuyo plácidamente excitándome aún más de lo que ya estoy. Te beso suavemente en el cuello, luego junto al lóbulo de tu oreja y poco a poco siento como te vas despertando, mi plan ha salido a la perfección, te beso en los labios y tus ojos se abren por fin.
- ¡Uhm, cariño ¿Qué haces?! – Preguntas aún medio dormido.
- Intento despertarte – te respondo, mientras mi sexo sigue restregándose contra el tuyo, estoy a mil y lo único que deseo es follarte salvajemente, mientras tú permaneces atado y sin poder tocarme.
Sonrio pícaramente y entonces te das cuenta de que tienes las manos atadas.
- Vaya, ¿Pretendes torturarme? – Preguntas entrando en mi juego.
- Sí, como hiciste ayer conmigo – te respondo con una sonrisa traviesa.
Sigo moviéndome sobre tu sexo, haciendo que mis jugos se mezclen en él, tratando de excitarte y ponerte a mil, como a mí me gusta.
- Buff, cielo, me estás poniendo a mil.
- ¡Uhm, es lo que pretendo! – Anunció con una sonrisa maliciosa.
Decido descender por tu pecho, besándolo y chupeteando tus pezones, primero uno y luego otro. Sabes perfectamente lo que voy a hacer y te maldices a ti mismo por haberte quedado dormido completamente desnudo. Te tortura tener las manos atadas y no poder tocarme ni acariciarme, pero a la vez te excita pensar que yo tengo todo el poder y que voy a hacer contigo lo que quiera.
Por fin mi boca queda frente a tu sexo, saco mi lengua y lo lamo. Siento el sabor de mis jugos impregnados en él. Te observo y veo como te excitas, como deseas enredar tus manos en mi pelo para obligarme a tragar tu sexo, pero no puedes hacerlo, las ataduras no te lo permiten y un gemido de decepción sale de tu boca. Así que sigo lamiendo tu sexo, que erguido vibra de deseo. Lo tomo con una mano y lo acaricio sin dejar de observarte, veo como cierras los ojos por la impotencia de no poder dominar la situación, y es en ese preciso instante cuando rodeo tu glande con mi boca y empiezo a chupetearlo. Oigo tu gemido de satisfacción, y sonrío para mí misma al sentirme dueña de la situación. Sigo chupando tu miembro, deslizo mi boca sobre él, arriba y abajo, y lo hago despacio, deleitándome en su sabor, tratando de hacerte sufrir porque no lo hago como tú quieres. Te observo y veo como mueves tus manos atadas, tratando de zafarte de los nudos, pero no puedes. Sigo chupeteando hasta sacar el glande de mi boca, y entonces lamo el tronco con suavidad, desciendo hasta tus huevos y los lamo también, a continuación los chupeteo mientras tú gimes excitado. Vuelvo a ascender lamiendo hasta el glande y de nuevo me introduzco tu verga dentro de mi boca. Empujas con tu pelvis haciendo que tu pene entre más en mi boca, estás a mil, más excitado de lo que nunca has estado, lo sé porque te oigo gemir como nunca antes te había oído. Dejo de lamer tu sexo y vuelvo a colocarme sobre él, haciendo que mis labios vaginales lo rocen suavemente. Veo el deseo en tus ojos y las ganas de tocarme, acariciarme, etc., pero también puedo ver tu impotencia al no poder hacerlo. Suspiras al sentir como mi sexo se frota con el tuyo.
- ¡Oh, cielo, me muero por follarte! – Musitas.
- Ya lo sé pero es que me encanta verte así.
Es mi venganza por tu castigo de hace un par de días, ahora soy yo la que quiere castigarte, por eso juego contigo. Cojo tu sexo y rozo el glande contra mis labios, lo embadurno de mis jugos y lo sitúo a la entrada de mi sexo. Hago ademán de descender sobre él, pero inmediatamente me elevo y alejo mi sexo del tuyo. En tu cara se dibuja la decepción. De nuevo vuelvo a colocar tu glande en la entrada de mi sexo para a los pocos segundos volverlo a alejar, repito el juego varias veces, mientras tu excitación va subiendo poco a poco hasta que de nuevo me vuelves a suplicar.
- Cariño, no puedo más…
Te sonrío picaramente y decido ser un poco piadosa contigo, por eso acerco uno de mis senos a tu boca. Tú sacas la lengua y empiezas a lamer mi pezón, dejo que te deleites saboreándolo, chupeteando mi pezón, lo que hace que me excite y empiece a gemir. Veo en tus ojos el triunfo pintado y acerco mi otro pecho a tu boca para que repitas la operación. Entre tanto mi mano acaricia tu sexo arriba y abajo, quiero que sigas muy excitado, tanto que me supliques que te deje follarme.
La pasión va subiendo poco a poco en la habitación. Cada vez me siento más enardecida y en realidad, me muero por tenerte dentro, pero también quiero hacerte sufrir un poco más. Me elevo quitándote mi seno de la boca y restriego mi sexo húmedo sobre el tuyo, tú notas mi humedad sobre tu verga, mientras yo me deleito en la sensación que la fricción entre nuestros sexos me causa. Y mientras sigo rozándome contra tu sexo, acaricio todo mi cuerpo desnudo. Tú me observas excitado, mis manos soban mis senos y cierro los ojos sintiendo como el placer me llena. Y entonces me suplicas:
- Quiero follarte, cielo. Quiero metértela.
Pero yo no quiero que me la metas aún – te digo sensualmente – quiero verte sufrir un poquito más.
Me tumbo sobre ti, separando mi sexo del tuyo, te beso y vuelvo a erguirme.
- Venga, cariño – me suplicas nuevamente.
Sonrío picaramente y finalmente accedo. Guío tu sexo hasta el mío y desciendo sobre él despacio, una, dos, tres veces, hasta que te tengo completamente en mí. Tú sonríes victorioso. Empiezo a moverme despacio, sintiendo como tu sexo entra y sale de mí con lentitud. Vuelvo de nuevo a acariciar todo mi cuerpo desnudo, sobo mis senos y los estrujo, deleitándome en la sensación de mis manos sobre ellos. Luego desciendo hasta mi sexo y comienzo a acariciarme el clítoris. Me detengo en mis movimientos y acercando mi boca a la tuya te beso apasionadamente y hago que tu sexo salga casi completamente de mí. Te beso profundamente en los labios, y luego sigo por tu mejilla, desciendo hasta tu cuello y lo lamo. Tú te estremeces y empujas hacía mí haciendo que tu sexo entre un poco más en mí. Estas sediento de sexo y de placer, sediento de mí, pero yo prefiero darte el elixir poco a poco. Vuelvo a erguirme y cabalgo despacio sobre tu verga, acariciando todo mi cuerpo. Te observo; estás gimiendo de placer, te muerdes el labio inferior y sé que deseas que vaya más deprisa, pero yo prefiero seguir con este ritmo lento que me hace sentir como tu sexo entra suavemente en mí y sale con la misma lentitud, rozando las paredes de mi vagina.
Acerco mi boca a la tuya, tu sexo está de nuevo a punto de salirse de mí, sólo tu glande permanece en mi interior y entonces te preguntó:
- ¿Quieres más? ¿Quieres que vaya más deprisa?
- Sí – musitas tú excitado.
Vuelvo a elevarme y de nuevo cabalgo, primero lentamente y luego acelerando los movimientos. Ambos estamos a mil, ambos deseamos llegar al orgasmo, pero la sensación de tener el control me gusta demasiado como para dejar que termine todo ya. Poco a poco, ambos empezamos a gemir excitados, cabalgo sobre ti y te hago creer que esta vez llegaremos al final. Y realmente consigo llevarte hasta el límite del placer, pero justo en ese momento me detengo, saco tu sexo de mí y una mueca de decepción se dibuja en tu rostro.
Decido ponerme de espaldas a ti, sentándome sobre tu sexo, que guió hasta mi húmedo sexo introduciéndomelo. Desciendo y empiezo a moverme arriba y abajo, primero despacio, mientras me acaricio el culo. Sé cuanto te gusta mi culo redondo, como te gusta observarlo y acariciarlo, por eso te lo muestro obscena mientras me introduzco un dedo en el ano y sigo cabalgando sobre tu pene. Poco a poco voy acelerando mis movimientos; ahora sí, quiero correrme, dejar volar el placer para que atraviese todo mi cuerpo y el tuyo. Cabalgo cada vez más deprisa sobre tu sexo, mientras apoyo mis brazos sobre la cama, entre tus piernas abiertas. Empujo con fuerza, haciendo que tu sexo entre en mí una y otra vez. Gimo, gimes, la habitación se llena de jadeos y gemidos placenteros, hasta que me sobreviene el orgasmo y siento como las paredes de mi vagina estrujan tu verga hinchada; tú también lo sientes, por eso tu pene se hincha aún más, empujas contra mí y te corres también, gimiendo y gritando de placer, deseando tocarme, abrazarme, pero tus manos siguen atadas a los barrotes de la cama y eso te desespera.
Cuando dejó de convulsionarme, y mi cuerpo se tranquiliza, me acercó a ti, te desato las manos y por fin puedes abrazarme. Acaricias mis mejillas y me besas apasionadamente, luego me preguntas:
- Y ¿ahora que?
- Ahora… no lo sé.
Erotikakarenc (Autora TR de TR) ![]()
28/02/2008
IMÁGENES 1 (El castigo)

Me excita verte en esa postura y no puedo dejar de mirarte. Estática, quieta ante mi, esperando a mi próxima orden. Tus manos posadas en el borde de la barra del bar, tratando de aguantar el peso de tu cuerpo, la blusita semitransparente que te regalé, el cinturón de eslabones que te compraste hace medio año y los zapatos de tacón; las piernas dobladas hacía afuera para que pueda observar ese magnifico culo que abierto se muestra ante mí. Mi sexo está a mil, totalmente erecto. El silencio reina en la habitación y sólo se oye el ruido de mis pasos y tu respiración pausada. Me acerco a ti, y con el látigo que llevo en la mano acaricio la raja de tu culo. Te estremeces y me siento triunfante por lograr ese efecto en ti.
- Julio, por favor, me duelen los brazos y las rodillas – suplicas.
- Ya lo sé, pero eso forma parte del castigo, si te hubieras portado bien ahora no estarías así – contesto a tu suplica con dureza.
Suspiras al comprobar que tu ruego no obtiene resultado. Me arrodillo tras de ti y colando mi mano por entre tus nalgas alcanzo tu sexo y empiezo a acariciarlo, mientras te susurro al oído:
- Ni se te ocurra gemir o excitarte.
Afirmas con la cabeza tratando de controlar tus emociones. Estás excitada y en realidad deseas que te penetre ya, que te haga mía, pero sabes que no lo voy a hacer, aún no. Te muerdes el labio inferior porque deseas gemir, pero no puedes; mis dedos hurgan en tu sexo y se introducen en tu agujero vaginal. Suspiras acallando un gemido y yo muevo mis dedos dentro y fuera, una y otra vez, acelerando cada vez más el ritmo para comprobar hasta donde eres capaz de soportar. Mueves tu cabeza hacía adelante y atrás, suspiras cada vez más rápidamente. Sé que te estás excitando y que tratas de luchar contra ello, pero no puedes y menos cuando mis labios se posan sobre tu cuello y con la lengua lo acaricio. Toda tu piel se eriza y finalmente:
- ¡Ah! – Un gemido escapa de tu garganta.
- ¿Qué te he dicho, zorrita?
- Que no gimiera ni me excitara – respondes como una gatita obediente.
- Muy bien – me pongo en pie y doy un latigazo en el suelo, muy cerca de tu hermoso culo.
Al sentir el aire que el látigo hace te revuelves, seguidamente tiro de tu pelo obligándote a echar la cabeza hacía atrás. Me bajo la cremallera del pantalón, saco mi sexo erecto y te ordeno:
- ¡Chúpalo! Tú, obediente, sacas tu lengua, acerco mi verga y empiezas a lamer.
Sé que la postura es incómoda, que hace que te duelan las cervicales, y que el dolor de mi mano tirando de tu pelo también es molesto, pero me gusta torturarte de esta manera. Suelto tu pelo, ya que sólo alcanzas a lamer un poco el tronco y eso no me satisface lo suficiente. De nuevo me arrodillo junto a ti, y cogiendo el látigo lo paso por entre tus piernas, lo sujeto por cada extremo, lo coloco de modo que pase por entre tus labios vaginales y roce tu clítoris y seguidamente empiezo a moverlo, primero despacio, luego aumento el ritmo adelante y atrás, oigo como empiezas a gemir. Cuando te das cuenta, intentas acallar tus gemidos resoplando y suspirando. Me detengo y te pregunto:
- ¿Te excita esto, cariño?
- Sí – musitas inevitablemente.
- Bien – añado con picardía, mientras sigo moviendo el látigo hacía delante y hacía atrás.
Oigo que te quejas por lo incómodo de la postura y finalmente te ordeno:
- Anda ponte en pie, pero con la cabeza apoyada junto a tus manos en la barra.
Obedeces y me muestras tu culo y tu sexo en primer plano, lo que hace que mi pene aún se tense más. En realidad, deseo follarte ahora mismo, pero no puedo, no debo hacerlo, tengo que mantener el castigo para excitarte hasta que no puedas soportar más y me supliques que te folle. Ese es mi objetivo que te excites y me pidas que te lo haga.
Vuelvo a coger el látigo y de nuevo lo coloco entre tus piernas. Lo muevo suavemente durante unos segundos, después aumento el ritmo, hasta conseguir que gimas y entonces te pregunto:
- Dime, como te excita más, así… - hago una pequeña pausa mientras muevo el látigo despacio - …o así… - y vuelvo a moverlo pero está vez más rápidamente.
- Ah! – gimes – por favor Julio, fóllame ya – suplicas excitada.
- ¿Quieres que te folle? – Te pregunto orgulloso y feliz de ver que he conseguido lo que deseaba.
- Sí – musitas excitada.
Sacó el látigo entre tus piernas y me preparo poniéndome detrás de ti. Te sujeto por las caderas y dando un fuerte empujón te penetro con ímpetu, permanezco inmóvil y me recuesto sobre tu espalda. Acerco mi boca a tu oído y te interrogo con voz sensual:
- ¿Es esto lo que quieres?
- Sí – respondes.
Pero antes de que te des cuenta, saco mi sexo de ti con el mismo ímpetu que he utilizado para penetrarte. Gimes al sentirlo y pareces decepcionada. Me encanta verte así, ansiosa por sentirme y desesperada porque no te dejo llegar al éxtasis. Tus mejillas se sonrojan y piel se eriza, estás preciosa. Repito la operación y te penetro bruscamente, de nuevo gimes, y esta vez doy tres fuertes embestidas que te hacen gemir más aún. Nuevamente retiro mi sexo del tuyo. Y otra vez siento en tu gemido la desilusión que mi actitud de causa. Espero unos segundos y vuelvo de nuevo a penetrarte, doy otras tres fuertes embestidas y abandono tu sexo.
- Por favor, Julio – suplicas desesperada y a mi me encanta oír la desesperación en tu voz, oí tus suplicas, sentir que me necesitas, que me quieres, que me deseas.
- ¿Quieres más? ¿Quieres que termine? – Te pregunto.
- Sí – aúllas
- Bien, puedes levantarte – te ordeno.
Me obedeces y te incorporas agradeciendo la nueva postura, ya que tenias los riñones adoloridos.
- Bien, vamos – te digo tomándote del brazo y llevándote casi en volandas hasta nuestra habitación.Por el camino observo tu culo redondo y prominente. Me pone a mil con sólo mirarlo y siento como mi sexo se alza erecto, ansioso por darte ese placer que tanto deseas. Llegamos a la habitación y te ordeno:
- Ponte en cuatro sobre la cama, en el borde a ser posible.
Tú obedeces y te sitúas a gatas con las rodillas en el borde de la cama. Por fin decido liberarme de mis pantalones, bajo los que no llevo nada. El resto de la ropa me la dejo puesta, porque sé como te gusta hacerlo cuando estoy semidesnudo.
Me acerco a ti y acaricio tu sexo suavemente con un par de dedos todo tu cuerpo se eriza al sentirlos, luego los deslizo hasta tu clítoris y lo masajeo. Gimes de placer, sé que tienes los ojos cerrados y que deseas que te lleve al máximo placer, pero finalmente dejo de acariciarte.Empiezo nuevamente el juego de penetrarte con rudeza, arremetiendo unas tres o cuatro veces y abandonando luego tu sexo. Repito la operación mientras oigo como gimes, sé que estas excitada, muy excitada, tanto que en cualquier momento serías capaz de correrte, lo sé. Y esta vez en lugar de sacar mi sexo de ti me detengo y te pregunto:
- ¿Es esto lo que querías, zorrita?
- Sí – gimes – sigue, por favor - suplicas
- Está bien – acepto.
Vuelvo a penetrarte con fuerza, tanta que te echo sobre la cama, y nos quedamos así, tumbados, yo sobre ti, tú debajo, piel contra piel en una unión perfecta. Doy tres fuertes embestidas y me detengo. Beso tu cuello, tu gimes, vuelvo a dar tres embestidas más y de nuevo me detengo. Me quedo inmóvil un rato, sé que tú estás a mil, siento como tu sexo se contrae entorno a mi verga y entonces empiezas a gemir, noto como tu vagina estruja mi verga, te estás corriendo y sin que yo haga nada. Es tal tu grado de excitación que no puedes remediarlo. Gimes alcanzando el orgasmo y entonces empiezo a empujar con fuerza y rapidez para correrme también y no tardo mucho en hacerlo, ya que estoy casi tan excitado como tú. Gimo y me convulsiono sobre ti, hasta llenarte con mi semen. Cuando dejo de agitarme me acuesto a tu lado.
El juego ha terminado. Te acercas a mí y me besas apasionadamente, luego apoyada sobre mi pecho y mirándome a los ojos me dices:
- Ha sido increíble, has logrado que me corriera sin hacer casi nada. - Ya me he dado cuenta.
- Me has excitado tanto… Esto tenemos que repetirlo – me susurras.
- Cuando tú quieras, Princesa.
Me sonríes pícaramente, parece que estés pensando en el próximo juego que inventaremos. De repente, siento algo extraño entre mis piernas, algo caliente que esta… lamiéndome…siento una boca caliente y húmeda alrededor de mi sexo y…Abro los ojos y…. Tú estás ahí…
29/01/2008
DESTINO

DESTINO
La avenida estaba a rebosar de gente caminando de un lado a otro y parándose frente a las tiendas para observar los escaparates, se notaba que era tarde de sábado. Elisa, Sonia y Alba caminaban entre la gente observando a su alrededor. De repente las tres se pararon ante un escaparate en el que había varios trajes de fiesta; Alba tenía que ir a una boda y estaban buscando un vestido adecuado.
- ¿Qué te parece ese rojo? – le indicó Elisa a Alba
- No está mal.
De repente una gitana pasó frente a ellas y se quedó mirando a Alba de un modo extraño.
- ¿Queréis que os lea la buenaventura? – Preguntó la gitana.
- No, gracias - respondió amablemente Sonia.
Pero cogiendo la mano de Alba y dejando la palma de esta abierta le dijo:
- Veo que antes de que acabe el día, le serás infiel a tu marido por primera vez.
- ¡Venga ya! – Dijo Alba incrédula.
Sonia y Elisa se rieron de la afirmación de la gitana, a lo que esta respondió:
- No os riáis, porque mañana por la mañana antes de la hora de comer os lo habrá contado con pelos y señales.
La gitana siguió su camino, mientras las tres amigas entraban en la tienda olvidando lo que la gitana acababa de decir. Alba se probó un par de vestidos y tras elegir uno y pagarlo, las tres amigas salieron de la tienda.
- Bueno yo tengo que irme a casa – dijo Sonia – Alfredo me está esperando para cenar e ir al teatro.
- Yo también tengo que irme – apostilló Elisa – Toni lleva demasiadas horas sólo con los niños y seguro que se la habrán armado gorda.
- ¿Ya me dejáis sola? ¡Ay, que ver! Con lo poco que me apetece pasar la noche sola en casa – a pesar de tener ya treinta y cinco años Alba aún no tenía hijos y probablemente nunca los tendría porque para Isidro, estos sólo: "Eran un estorbo que era mejor evitar".
- ¿Ya está otra vez de viaje, tu querido maridito? – Pareció burlarse Sonia.
- Sí, ya ves, otro fin de semana sola en casa.
- Qué te digo yo que este te pone los cuernos con su secretaria – añadió Elisa.
- Venga ya, no lo creo, está en un congreso de cirugía vascular en París – aclaró Alba.
- Con su secretaría, seguro – repitió Elisa.
- Bueno, la cuestión es que me dejáis sola – dijo Alba tratando de evitar el tema de la posible infidelidad de su marido.
Las tres amigas se despidieron y Alba tomó un taxi para volver a su casa, ya que iba bastante cargada con el vestido, los zapatos y el bolso que había comprado para la boda. En el taxi, mientras observaba como las calles iban pasando, volvió a recordar a la gitana y su sentencia sobre que le iba a ser infiel a su marido. Alba jamás había creído en esas tonterías del destino y de que este estaba escrito en las líneas de la mano, pero... observó su palma y aquellas líneas marcadas. ¿Estaría marcado allí su destino? ¿Sería cierto que iba a serle infiel a su marido? Bueno, si en realidad lo era, sería porque ella quisiera, pensó, no porque estuviera escrito en la palma de su mano. Inmediatamente alejó aquella estúpida idea de su cabeza. Y entonces se puso a pensar en Isidro, su marido. ¿Qué estaría haciendo? Seguramente escuchando la aburrida charla de un eminente Cirujano Vascular. Isidro no le contaba mucho de aquellos congresos, sólo lo referente a las charlas, coloquios, etc. No sabía si después de aquellas charlas salía a tomar algo con sus compañeros de carrera o si se retiraba a su habitación ó.. Y entonces las palabras de Elisa volvieron a su mente ¿Y sí Elisa tuviera razón e Isidro aprovechara aquellos congresos para serle infiel con su secretaria o con alguna enfermera? No, no podía ser, Isidro era un hombre cabal y fiel, estaba totalmente segura.
Llegó a su casa y como pudo, cargada con las bolsas, abrió la puerta. Subió y una vez frente a la puerta de su piso, introdujo la llave, la giró para abrir pero la cerradura parecía encallada. Probó algunas veces más pero la cerradura no funcionaba, y empezaba a estar desesperada cuando se acordó de su vecino. Era un joven de unos 25 años, muy atractivo, moreno y de intensos ojos verdes. Y, además, tenía un culito redondito muy apetecible, recordó Alba. Llamó al timbre y nerviosa esperó a que el chico le abriera, deseando que este no hubiera salido de marcha con sus amigos.
A los pocos segundos la puerta se abrió. Y el chico con cara de aburrimiento le preguntó:
- ¿Sí?
- Perdona que te moleste – empezó a explicarle Alba – pero es que vengo de hacer unas compras y la llave no me abre, parece que la cerradura esté encallada ¿Podrías ayudarme?
- Por supuesto – aceptó inmediatamente el muchacho.
Empezó a mover la llave, y estuvo un buen rato dándole vueltas, hasta que por fin, la cerradura cedió y la puerta se abrió.
- Muchas gracias, ¿por qué no pasas y te invito a tomar algo para agradecértelo? – Le propuso Alba al joven muchacho.
- Vale – aceptó este sin pensárselo demasiado.
Emilio, que así se llamaba el muchacho, cogió la llave de su piso, cerró la puerta de un golpe y siguió a Alba hasta el interior de su piso.
- ¿Estás sola? – Preguntó al ver que no había nadie en la casa.
- Sí, mi marido está en una de sus convenciones. ¿Qué quieres tomar? ¿Una cerveza? – Le ofreció Alba al muchacho, señalándole el sofá para que se sentara.
- Vale – aceptó este sentándose.
Alba dejó las bolsas sobre la mesa y se dirigió a la cocina.
Se sentía algo excitada al pensar que sentado en su sofá estaba ese joven al que de vez en cuando, si se lo encontraban en la escalera, le miraba el culo. Por un segundo, imaginó que el chico la hacía suya en aquel sofá, pero enseguida apartó aquellos pensamientos de su mente. Era una mujer felizmente casada y no podía permitirse tener aquel tipo de pensamientos.
Volvió al salón, con una cerveza, una coca-cola y un par de vasos, que dejó sobre la mesilla. Se sentó junto a Emilio y le llenó el vaso con la cerveza y se lo ofreció. Luego llenó el suyo de Coca-cola y se sentó en el sofá junto al chico.
- ¿No entiendo como puede dejarte sola tu marido todo un fin de semana? – Preguntó el muchacho, colocando su mano sobre la rodilla de Alba.
Al ver que Alba no decía nada ante ese gesto, el joven se tomó la libertad de acariciar la rodilla con suavidad.
- Mi marido sabe que le quiero y que puede confiar en mí – apostilló Alba.
Emilio siguió acariciando aquella fina rodilla y se aventuró a subir la mano hasta medio muslo. Muy educadamente Alba sacó la mano del chico de su muslo y se apartó un poco. El muchacho se acercó a ella y dijo:
- Yo no te dejaría nunca sola.
Alba sonrió y sin saber como sintió unos labios húmedos y calientes sobre los suyos y unos brazos que la apretaban con fuerza. Tras aquel robado beso, Alba musitó:
- No.
Pero aquella negación pareció animar al chico, que volvió a besarla y empezó a acariciar su cuerpo por encima de la ropa.
- No – repitió la mujer. Pero aquel no significaba sí, porque deseaba que aquellos labios se aventuraran a ir más abajo, que aquellas manos vencieran la barrera de su ropa y se adentraran en su piel.
Emilio hizo caso a los deseos de la mujer y empezó a desabrocharle la blusa musitándole al oído:
- Yo te amaría hasta dejarte totalmente satisfecha, hasta que no quedara en tu cuerpo espacio para más caricias.
Y mientras decía esto le quitaba la blusa a Alba muy despacio. Ella se dejaba, aunque algo en su interior le decía que no debería hacerlo.
- No, mi marido... – musitó tratando de zafarse de los brazos del muchacho.
- Tú marido te pone los cuernos con la guarra de su secretaria – dijo el muchacho.
- No, no puede ser.
- Sí, lo he visto con ella muchas veces – agregó Emilio.
Alba se dejó besar, dejó que Emilio lamiera su cuello y que le quitara el sujetador dejando libres sus senos. Aceptó que aquella transgresora boca de hombre lamiera y mamara sus senos y que las abusadoras manos le quitaran la falda que llevaba. El muchacho se situó de rodillas entre las piernas de la mujer. Metió los dedos por la goma de las braguitas y las deslizó despacio por las piernas hermosas de Alba. Alba aún seguía luchando por vencer las barreras de aquella infidelidad, no quería ser infiel a su marido, pero sentir los besos y caricias de aquel muchacho al que tantas veces había deseado... Emilio, tomó a Alba por el anverso de las rodillas y la deslizó por el sofá hacía afuera, haciendo que su culo quedara justo en el borde, y sin más preámbulos hundió sus labios en la húmeda vulva de la mujer. Aquella esencia le supo a la más dulce de las mieles y comenzó a saborearla, haciendo que Alba se estremeciera y gimiera, mientras apretaba entre sus manos el suave pelo de su amante. A punto de llegar al orgasmo, Alba logró apartar al muchacho y se levantó intentando huir de aquella locura.
- Por favor, Emilio, déjame.
Alba intentó escapar hacía su habitación, pero al llegar a la puerta que comunicaba el comedor con el pasillo, Emilio la alcanzó, y la abrazó pegando su cuerpo al de ella, y entonces le musitó al oído:
- Estás deseando que te haga mía, lo sé, llevas mucho tiempo deseándolo. Lo he visto en tus ojos cada vez que me miras.
Alba no pudo deshacerse de aquel abrazo, porque en realidad deseaba que siguiera; el muchacho tenía razón, deseaba que él la poseyera. Por eso dejó que Emilio acariciara de nuevo su cuerpo desnudo, que sus manos se perdieran sobre la suave piel de sus senos y luego descendieran hasta su empapada vagina, buscando el erecto clítoris, que muy dócilmente acarició. Alba gemía y se contorsionaba sintiéndose excitada como nunca antes lo había estado. Oyó como el muchacho, aún vestido, se bajaba la cremallera del pantalón, e inmediatamente, sintió aquel sexo caliente y erecto rozar los labios de su vulva. Quería sentirlo dentro, y el muchacho no tardó mucho en dirigirlo a la entrada de su vagina y muy despacio la penetró. Alba apoyó sus manos en el marco de la puerta para soportar mejor las embestidas que el muchacho empezó a darle. En pocos segundos, ambos cuerpos vibraban de placer y gemían de deseo. Emilio dio un par de empujones y luego se detuvo. Abrazó a la mujer y le susurró al oído:
- Vamos a la habitación.
Alba empezó a caminar, con su amante pegado a ella. Caminó despacio para que el sexo del muchacho no saliera del suyo y cuando llegaron a la habitación este le ordenó:
- Ponte de rodillas sobre la cama.
Alba obedeció y muy cuidadosamente se colocó sobre la cama de rodillas. Emilio se quedó de pie pegado a ella, con su verga dura y tiesa dentro del cálido agujero. Y así, tomó a Alba por las caderas y empezó a arremeter de nuevo, primero muy despacio y luego más rápidamente, lo que hizo que Alba empezara a gemir excitada.
Hacía mucho tiempo que Alba no se sentía tan deseaba y excitada y eso le gustaba. Emilio se tendió sobre la espalda de la mujer y acarició sus senos con suavidad. Poco a poco y con cada embestida Alba empezó a sentir como el cosquilleo previo al orgasmo se iba extendiendo por todo su cuerpo. Emilio empujaba cada vez con más fuerza y su sexo se hinchaba cada vez más dentro de la húmeda vagina femenina. Hasta que finalmente ambos se corrieron entre espasmos y gemidos de placer y cayeron rendidos sobre la cama.
Entonces Alba miró hacía la mesilla de noche, donde estaba la foto de su marido. ¿Cómo había podido serle infiel? Y, además, con el vecino. Luego recordó lo que le había dicho la gitana, y cayó en la cuenta de que se había cumplido. ¿De verdad el destino estaría marcado en las líneas de la mano? Miró su palma como si quisiera adivinar en cual de ellas estaba marcada aquella infidelidad.
- ¿Qué miras? – Le preguntó el muchacho con curiosidad.
- Nada. Oye, ¿es cierto lo que has dicho de mi marido, que me pone los cuernos con su secretaría?
- Sí – respondió el muchacho.
- ¿Y cómo lo sabes?
- Porqué les he visto más de una vez entrando en el hotel donde yo trabajo, muy acaramelados.
- ¿Acaramelados? – preguntó ella como sin aún no acabara de creerse lo que su amante le estaba contando.
- Sí, besándose, metiéndose mano.... ya sabes.
Alba se quedó pensativa sin saber que hacer o que decir. No podía creer lo que Emilio le acaba de contar, aunque si lo pensaba detenidamente, todo encajaba: El hecho de que llevara más de un mes sin tocarla, el que sus convenciones fueran cada vez más frecuentes, el que cuando estaban juntos pareciera que no tenían nada que contarse... Todo.
Se sintió engañada y por eso abrazó con fuerza a su amante y le susurró al oído:
- Hazme el amor salvajemente hasta que nos quedemos agotados de hacerlo.
Emilio no se lo pensó dos veces ya que Alba había sido un sueño para él desde el momento en que la conoció, una diosa a la que adorar. Besó a Alba con furia, la tumbó sobre la cama, abrió sus piernas y se encajó entre ellas. Apuntó con su erecta verga el húmedo agujero femenino y de una sola estocada la penetró.
Durante unos minutos ambos cuerpos cabalgaron en una carrera hacía el orgasmo, sintiendo el roce de sus pieles, comiéndose a besos, arañándose mutuamente, hasta que ambos alcanzaron el segundo orgasmo de la noche.
La noche fue larga para ambos y ambos disfrutaron hasta límites insospechados del placer más absoluto y por la mañana cuando despertaron Alba sólo deseaba llamar a sus amigas y contárselo. Por eso se levantó mientras Emilio aún dormía, se puso una ligera bata y cogió su móvil. Llamó a Elisa y le contó su aventura con su joven vecino y la maravillosa noche que acababa de pasar con él. Luego llamó a Sonia. Cuando colgó el teléfono, miró la hora, eran las doce del mediodía y en ese momento volvió a pensar en la gitana y aquella pregunta volvió a rondar por su cabeza. ¿De verdad, tenemos el destino marcado de ante mano o lo marcamos nosotros mismos a través de las decisiones que tomamos?
Erotikakarenc (Autora TR de TR)
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