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EROTIKA. RELATOS Y PENSAMIENTOS

Dominación

ATADA

ATADA

- Cariño, ya estoy en casa – oí su voz desde la habitación y eso me despertó un poco.

Me dolían los brazos, que seguían suspendidos de las cadenas, también me dolían las piernas, en realidad me dolía todo el cuerpo, ya que llevaba unas cinco horas allí colgada, desnuda y con los ojos vendados. Oí sus pasos acercándose a la habitación, y luego la puerta se abriéndose y a él que seguía acercándose a mí. Podía imaginar su cara de satisfacción y deseo al verme en aquella postura, indefensa ante él y ante cualquier y eso me excitó aún más de lo que ya estaba.

- Vaya, veo que has disfrutado con tu juguetito.

Entre mis piernas aún seguía en marcha el vibrador que había dejado él colocado antes de irse, se movía a baja potencia, pero la suficiente para hacerme estremecer y haber llenado mi entrepierna de jugos que descendían por mi piel hasta mis rodillas.

- Cariño he traído a un invitado – dijo Cristián - ¿Te acuerdas del chico del quinto? ¿El que nos observaba el otro día mientras follábamos en la terraza?

Afirmé con la cabeza, pues el placer que sentía no me dejaba responder ya que no podía dejar de jadear, mientras recordaba como aquel muchacho de unos 18 años nos había estado observando dos tardes atrás, cuando Cristian y yo, follábamos en la terraza. La escena que el muchacho debió ver, seguramente fue atrayente, excitante y fuera de lo normal, yo asomada a la baranda, con las tetas colgando, la muñecas atadas a la espalda, Cristián detrás de mí, sujetando por las caderas y arremetiendo con fuerza mientras tiraba de mi pelo, excitado como nunca. Seguro que desde esa tarde, cada noche sueña con ser él el que me folla de esa manera.

- Dime preciosa ¿Cuántas veces te has corrido mientras esperabas a que volviera?

Traté de serenarme, respiré hondo y respondí:

- D…Dos.

El chico joven que Cristián había traído permanecía en silencio, sólo se oía su respiración, supongo que la situación lo tenía un poco sorprendido. Verme allí extasiada, desnuda y atada a las cadenas que pendían del techo, con un arnés entre las piernas, debía ser una imagen impactante para un joven de unos 18 años.

- Bien, pues ahora vas a disfrutar de una joven verga de verdad, ¿estás dispuesta?

- Claro, sabes que sí, que haré todo lo que me pidas – respondí nerviosa y sumisa.

Aunque Cristian sabía de sobras que haría y me dejaría hacer cualquier cosa. No tenía otra opción. Con él nunca la había.

- Bien, me encanta que seas tan puta, lo sabes ¿verdad? – añadió acercándose a mí y pellizcándome un pezón, lo que me hizo gritar con cierta intensidad. – Vamos a quitarte esto ya – dijo desabrochando el arnés y sacando el vibrador de su refugio – y a ponerte más cómoda – añadió, soltando mis manos esposadas de la cadena – y ya sabes ponte sobre la mesa con ese culito bien en pompa para que nuestro amigo pueda follarte.

Obedecí, caminando con cierta dificultad los tres pasos que me separaban de la mesa que había a mi derecha. Una mesa de escritorio que sólo usábamos para eso, para que Cristián me follara a su antojo tras cada sesión de sado a la que me sometía en aquella habitación. Me incliné sobre la mesa y mostrando mi culo y mi sexo esperé. Seguía con la venda en los ojos y no podía ver nada, sólo escuchar, sentir e imaginar. Cristián le indicó al joven:

- Venga, es toda para ti.

Yo esperaba ansiosa a que el joven se acercara y no tardó en hacerlo. Sentí sus manos sobre mis caderas y su pene chocando ansioso contra mi vulva húmeda y deseosa de sentirle, lo guió con gran perfección y me penetró de una sola embestida haciéndome gemir. El muchacho empezó a acometer sujetándome por las caderas y haciendo que mi cuerpo se balanceara adelante y atrás mientras yo me apoyaba en la mesa. Enseguida empecé a sentir el placer de sus arremetidas, sentía sus huevos chocando con mis labios vaginales, su pene entrando y saliendo, rozando las paredes de mi ardiente sexy y eso me enardecía más. El chico me embestía sin parar, acelerando sus movimientos volviéndome loca de placer mientras oía como Cristián se movía por la habitación, seguramente filmando la escena, ya que le gustaba hacerlo y luego mirar las cintas. Tenía alma de vouyer.

En cada arremetida sentía como mis senos se balanceaban produciéndome aún más placer. El joven también disfrutaba de aquel momento y gemía gozando de mi sexo, su verga se hinchaba dentro de mí haciendo que mi excitación se elevara más y más. El chico aceleró más sus movimientos y finalmente se corrió llenando mi sexo con su caliente semen aunque sin conseguir que yo me corriera. Luego se apartó de mí fatigado y satisfecho, y yo me quedé semitendida sobre la mesa, exhausta y jadeante.

- Muy bien chaval – le dijo Cristián – cuando quieras repetir, sólo tienes que decírmelo.

Oí ruido, como si el chico se estuviera vistiendo y luego la puerta abriéndose y cerrándose, sin duda había salido de la habitación. Pensé que también Cristián había salido para acompañarle hasta la puerta, pero el tacto de sus dedos sobre mi húmeda vulva me sacó de mi error. Luego acercó sus manos a la venda y me la quitó.

- ¿Te lo has pasado bien? – Me preguntó.

- Sí, pero no del todo – respondí pues al no haber conseguido el orgasmo aún estaba excitada y deseosa de sentir una buena polla que me lo proporcionara.

- Bien, entonces, vístete de zorra que iremos a dar una vuelta para solucionarlo

- Pero… yo…- protesté.

- ¡Haz lo que te he dicho! – Me ordenó con voz firme abandonando la habitación.

Ir a dar una vuelta significaba que tenía en mente salir a la calle y hacerlo en un lugar público, donde cualquiera podía vernos y más a aquellas horas, ya que aún no eran las diez de la noche; cosa que yo odiaba y me daba mucha vergüenza, pero precisamente por eso, él me castigaba de aquella manera, porque sabía cuando me disgustaba que lo hiciéramos en un lugar público a la vista de cualquiera.

Como me había ordenado me puse el traje de zorra, que era un arnés con un vibrador y varias cintas de cuero que cruzaban todo mi cuerpo, desde las piernas, hasta mis senos desnudos y recorrían la espalda. Luego me puse la gabardina que solía usar en estos casos y salí de la habitación. Carlos ya me estaba esperando en la puerta con las llaves en la mano.

- ¿Nos vamos? – Me preguntó.

Caminé hacia él afirmando con la cabeza, estaba avergonzada, pero también excitada, aunque la excitación era más debida al vibrador que llevaba entre las piernas y que a cada paso entraba y salía de mi ya húmeda vagina. Salimos a la calle y caminamos un par de manzanas hasta el parque más cercano, eran ya de noche, y gracias a Dios, había poca gente en la calle, pues el frío otoñal ya empezaba a notarse. En el parque sólo nos cruzamos con un par de personas que llevaban a sus perros de paseo. Aunque ambos me miraron como si yo fuera una puta, quizás porque era evidente que bajo la gabardina no llevaba demasiada ropa, pues mis piernas desnudas así lo evidenciaban. Cristián me hizo caminar hasta un escampado donde no había nadie, excepto unos cuantos bancos y árboles. Nos detuvimos y girándose hacía mí me indicó:

- Bien, zorrita mía, ya puedes quitarte la gabardina y mostrarme ese traje de zorra.

- ¿Aquí? – Pregunté algo avergonzada.

- Sí, venga, no te hagas de rogar.

Obedecí y me desabroché la gabardina abriéndola luego para mostrar mi cuerpo semidesnudo. Me la quité despacio, mirando a todas partes y rezando para que no apareciera nadie que pudiera verme desnuda.

- Bien – dijo acercándose a mí Cristian y terminando de quitármela – Ven aquí – me cogió del brazo y me llevó hasta un árbol diciéndome – apóyate en él.

Lo hice, como siempre, obediente y dócil, me sentía abierta a él y a cualquiera que pudiera vernos y entonces él aprovechó para desabrochar el arnés y quitar el vibrador. Seguidamente, rozó mis labios untando sus dedos en los jugos que habían salido de mi sexo haciéndome estremecer.

- Perfecto, como siempre, húmeda y excitada, como a mi me gusta, que putita eres. Bien, ¿Qué quieres que haga ahora?

Era una pregunta retórica que me hacía siempre que hacíamos un paseíto de aquellos. Ya que sabía de sobras lo que quería, lo que deseaba, lo que mi excitación y mi sexo pedían a gritos.

- Follarme – gemí excitada, expuesta a él, un tanto avergonzada por si se acercaba alguien.

Oí como se bajaba la cremallera del pantalón y se lo desabrochaba, lo que me enervó aún más, a pesar de la vergüenza que aquella situación me causaba. Luego acercó su sexo al mío e introdujo el glande. A continuación me tomó por las caderas y terminó de penetrarme, haciendo que toda su verga se hundiera en mi coño. Gemí agitada, sintiendo como cada centímetro de aquel instrumento entraba en mí. Empezó el mete-saca haciéndome estremecer en cada una de sus embestidas. Primero estas fueron lentas, haciéndome notar como su sexo entraba y salía de mí, luego fue acelerando sus movimientos, torturándome con sus acometidas, empujándome hacía el tronco del árbol sobre el que estaba apoyada.

- ¡Qué calentito está ese conejito follador! –le encantaba dedicarme aquel tipo de frases que me hacían sentir como una puta, un objeto que sólo servía para ser follado - Aún puedo sentir el semen de tu amiguito dentro – musitó acercándose a mi oído, mientras yo seguía gimiendo.

Cristián continuó arremetiendo, cada vez con más fuerza, cogiéndome de mi largo y suelto pelo. Y siguió martilleándome con su pene, de modo que podía sentir sus huevos chocando contra mi clítoris, lo que provocó que mi sexo se excitara cada vez más y empezara a sentir el inicio del orgasmo, me había olvidado ya por completo que estábamos en un parque público y disfrutaba de aquel momento. También él se estaba excitando cada vez más, podía sentirlo porque su polla se hinchaba dentro de mí y su respiración se hacía más jadeante. Hasta que logró que me corriera, a la vez que también él lo hacía inundándome con su blanquecina leche. Tras eso me ordenó que le limpiara el pene. Así que me arrodillé frente a él y lo lamí y saboreé dejándolo totalmente limpio. Luego me vestí poniéndome la gabardina y volvimos a casa. Gracias a Dios, nadie nos había visto.

Una vez en la casa me cambié de ropa, me vestí y tras despedirme de Cristian salí a la calle. Caminé las tres manzanas que me separaban del lugar a donde iba, saqué las llaves de mi bolso, abrí y subí hasta el piso. Tras entrar saludé:

- Hola cariño.

Desde la cocina su voz me respondió:

- Hola cariño.

Tras quitarme el abrigo y dejarlo en la percha junto al bolso, entré hasta la cocina.

- ¿Qué tal el trabajo? – Me preguntó Max.

- Bien, ya sabes, limpiar por aquí, limpiar por allá – le respondí.

Luego me acerqué a él, que estaba preparando la cena, pegué mi cuerpo al suyo y le besé en la nuca.

- No me desconcentres ahora, ¿quieres? Por cierto, sigue sin gustarme que trabajes para ese hombre ¿cómo se llama?

- Cristian y no puedo hacer otra cosa, me paga muy bien, ya sabes.

- Sí, ¿pero es necesario que trabajes hasta tan tarde?

Miré el reloj eran casi las diez y media.

- Sí, cielo, ya sabes que además de limpiarle el piso debo prepararle la cena. Entiéndelo, amor; como tu has dicho me paga muy bien, y tal y como están las cosas no puedo perder ese cliente.

- Si, ya sé, ya… - aceptó finalmente con cierto descontento.

- Me voy a dar una ducha mientras terminas de hacer la cena – le dije.

- Bien, vale.

Me fui desnudando por el pasillo, llegué al baño, llené la bañera de agua caliente y me sumergí en ella, mientras pensaba que si hacía aquello era por el dinero, porque Cristián me pagaba muy bien y con eso de que cada dos por tres nos subían la hipoteca…

 

Erotikakarenc Texto de la licencia

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IMÁGENES 2 (La venganza)

IMÁGENES 2 (La venganza)

 

 

Entro en la habitación dispuesta a despertarte, pero la imagen que me encuentro ante mí me sorprende más de lo que esperaba. Estas desnudo sobre la cama, destapado, mostrándome tu sexo semierecto; los ojos cerrados, sonriendo, como si estuvieras en uno de tus mejores sueños. Inmediatamente mi mente empieza a maquinar una pequeña maldad.

Me desnudo despacio tratando de no hacer ningún ruido que te pueda despertar, aunque sé que tu sueño es bastante profundo y el ruido de la ropa deslizándose por mis cuerpo difícilmente te despertará. Me quito la blusa, desabrochando despacio los botones, luego el pantalón tejano, ese que tanto te gusta y se ajusta perfectamente a mis piernas y mi culo, haciendo que este destaque; voy dejando mi ropa junto a la tuya, me desabrocho el sujetador y me lo quito, deslizando los tirantes suavemente por mis brazos, me quitó por fin la braguitas y cuando estoy totalmente desnuda me deslizo despacio sobre la cama y sobre ti. Lo hago muy lentamente, porque no quiero despertarte hasta el momento justo, y sólo con imaginar ese instante mi sexo se humedece de deseo. Rozo tu rodilla con mi seno y temo que te despiertes, por eso me detengo unos segundos. Tú sigues dormido, así que continúo. Llego hasta tu sexo, lo huelo suavemente y siento la tentación de lamerlo, pero deshecho la idea porque no es así como quiero despertarte. Sigo avanzando, tú sigues dormido, inmóvil y con una dulce expresión de bienestar en tu cara. Llego a tu pecho y respiro el dulce olor de tu colonia que me embriaga. Mis senos están sobre tu pecho y al sentir el roce de tu piel mis pezones se eriza por el deseo. Mi sexo queda por fin a la altura de tuyo y me siento sobre él, cojo uno de los pañuelos de seda que guardo en la mesita de noche y te ato una mano cuidadosamente, luego paso el pañuelo por los barrotes de la cama y te ato la otra, oigo como suspiras, te conozco y sé que estás a punto de despertarte; restriego mi sexo sobre el tuyo plácidamente excitándome aún más de lo que ya estoy. Te beso suavemente en el cuello, luego junto al lóbulo de tu oreja y poco a poco siento como te vas despertando, mi plan ha salido a la perfección, te beso en los labios y tus ojos se abren por fin.

- ¡Uhm, cariño ¿Qué haces?! – Preguntas aún medio dormido.

- Intento despertarte – te respondo, mientras mi sexo sigue restregándose contra el tuyo, estoy a mil y lo único que deseo es follarte salvajemente, mientras tú permaneces atado y sin poder tocarme.

Sonrio pícaramente y entonces te das cuenta de que tienes las manos atadas.

- Vaya, ¿Pretendes torturarme? – Preguntas entrando en mi juego.

- Sí, como hiciste ayer conmigo – te respondo con una sonrisa traviesa.

Sigo moviéndome sobre tu sexo, haciendo que mis jugos se mezclen en él, tratando de excitarte y ponerte a mil, como a mí me gusta.

- Buff, cielo, me estás poniendo a mil.

- ¡Uhm, es lo que pretendo! – Anunció con una sonrisa maliciosa.

Decido descender por tu pecho, besándolo y chupeteando tus pezones, primero uno y luego otro. Sabes perfectamente lo que voy a hacer y te maldices a ti mismo por haberte quedado dormido completamente desnudo. Te tortura tener las manos atadas y no poder tocarme ni acariciarme, pero a la vez te excita pensar que yo tengo todo el poder y que voy a hacer contigo lo que quiera.

Por fin mi boca queda frente a tu sexo, saco mi lengua y lo lamo. Siento el sabor de mis jugos impregnados en él. Te observo y veo como te excitas, como deseas enredar tus manos en mi pelo para obligarme a tragar tu sexo, pero no puedes hacerlo, las ataduras no te lo permiten y un gemido de decepción sale de tu boca. Así que sigo lamiendo tu sexo, que erguido vibra de deseo. Lo tomo con una mano y lo acaricio sin dejar de observarte, veo como cierras los ojos por la impotencia de no poder dominar la situación, y es en ese preciso instante cuando rodeo tu glande con mi boca y empiezo a chupetearlo. Oigo tu gemido de satisfacción, y sonrío para mí misma al sentirme dueña de la situación. Sigo chupando tu miembro, deslizo mi boca sobre él, arriba y abajo, y lo hago despacio, deleitándome en su sabor, tratando de hacerte sufrir porque no lo hago como tú quieres. Te observo y veo como mueves tus manos atadas, tratando de zafarte de los nudos, pero no puedes. Sigo chupeteando hasta sacar el glande de mi boca, y entonces lamo el tronco con suavidad, desciendo hasta tus huevos y los lamo también, a continuación los chupeteo mientras tú gimes excitado. Vuelvo a ascender lamiendo hasta el glande y de nuevo me introduzco tu verga dentro de mi boca. Empujas con tu pelvis haciendo que tu pene entre más en mi boca, estás a mil, más excitado de lo que nunca has estado, lo sé porque te oigo gemir como nunca antes te había oído. Dejo de lamer tu sexo y vuelvo a colocarme sobre él, haciendo que mis labios vaginales lo rocen suavemente. Veo el deseo en tus ojos y las ganas de tocarme, acariciarme, etc., pero también puedo ver tu impotencia al no poder hacerlo. Suspiras al sentir como mi sexo se frota con el tuyo.

- ¡Oh, cielo, me muero por follarte! – Musitas.

- Ya lo sé pero es que me encanta verte así.

Es mi venganza por tu castigo de hace un par de días, ahora soy yo la que quiere castigarte, por eso juego contigo. Cojo tu sexo y rozo el glande contra mis labios, lo embadurno de mis jugos y lo sitúo a la entrada de mi sexo. Hago ademán de descender sobre él, pero inmediatamente me elevo y alejo mi sexo del tuyo. En tu cara se dibuja la decepción. De nuevo vuelvo a colocar tu glande en la entrada de mi sexo para a los pocos segundos volverlo a alejar, repito el juego varias veces, mientras tu excitación va subiendo poco a poco hasta que de nuevo me vuelves a suplicar.

-    Cariño, no puedo más…

Te sonrío picaramente y decido ser un poco piadosa contigo, por eso acerco uno de mis senos a tu boca. Tú sacas la lengua y empiezas a lamer mi pezón, dejo que te deleites saboreándolo, chupeteando mi pezón, lo que hace que me excite y empiece a gemir. Veo en tus ojos el triunfo pintado y acerco mi otro pecho a tu boca para que repitas la operación. Entre tanto mi mano acaricia tu sexo arriba y abajo, quiero que sigas muy excitado, tanto que me supliques que te deje follarme.

La pasión va subiendo poco a poco en la habitación. Cada vez me siento más enardecida y en realidad, me muero por tenerte dentro, pero también quiero hacerte sufrir un poco más. Me elevo quitándote mi seno de la boca y restriego mi sexo húmedo sobre el tuyo, tú notas mi humedad sobre tu verga, mientras yo me deleito en la sensación que la fricción entre nuestros sexos me causa. Y mientras sigo rozándome contra tu sexo, acaricio todo mi cuerpo desnudo. Tú me observas excitado, mis manos soban mis senos y cierro los ojos sintiendo como el placer me llena. Y entonces me suplicas:

-   Quiero follarte, cielo. Quiero metértela.

Pero yo no quiero que me la metas aún – te digo sensualmente – quiero verte sufrir un poquito más.

Me tumbo sobre ti, separando mi sexo del tuyo, te beso y vuelvo a erguirme.

- Venga, cariño – me suplicas nuevamente.

Sonrío picaramente y finalmente accedo. Guío tu sexo hasta el mío y desciendo sobre él despacio, una, dos, tres veces, hasta que te tengo completamente en mí. Tú sonríes victorioso. Empiezo a moverme despacio, sintiendo como tu sexo entra y sale de mí con lentitud. Vuelvo de nuevo a acariciar todo mi cuerpo desnudo, sobo mis senos y los estrujo, deleitándome en la sensación de mis manos sobre ellos. Luego desciendo hasta mi sexo y comienzo a acariciarme el clítoris. Me detengo en mis movimientos y acercando mi boca a la tuya te beso apasionadamente y hago que tu sexo salga casi completamente de mí. Te beso profundamente en los labios, y luego sigo por tu mejilla, desciendo hasta tu cuello y lo lamo. Tú te estremeces y empujas hacía mí haciendo que tu sexo entre un poco más en mí. Estas sediento de sexo y de placer, sediento de mí, pero yo prefiero darte el elixir poco a poco. Vuelvo a erguirme y cabalgo despacio sobre tu verga, acariciando todo mi cuerpo. Te observo; estás gimiendo de placer, te muerdes el labio inferior y sé que deseas que vaya más deprisa, pero yo prefiero seguir con este ritmo lento que me hace sentir como tu sexo entra suavemente en mí y sale con la misma lentitud, rozando las paredes de mi vagina.

Acerco mi boca a la tuya, tu sexo está de nuevo a punto de salirse de mí, sólo tu glande permanece en mi interior y entonces te preguntó:

- ¿Quieres más? ¿Quieres que vaya más deprisa?

- Sí – musitas tú excitado.

Vuelvo a elevarme y de nuevo cabalgo, primero lentamente y luego acelerando los movimientos. Ambos estamos a mil, ambos deseamos llegar al orgasmo, pero la sensación de tener el control me gusta demasiado como para dejar que termine todo ya. Poco a poco, ambos empezamos a gemir excitados, cabalgo sobre ti y te hago creer que esta vez llegaremos al final. Y realmente consigo llevarte hasta el límite del placer, pero justo en ese momento me detengo, saco tu sexo de mí y una mueca de decepción se dibuja en tu rostro.

Decido ponerme de espaldas a ti, sentándome sobre tu sexo, que guió hasta mi húmedo sexo introduciéndomelo. Desciendo y empiezo a moverme arriba y abajo, primero despacio, mientras me acaricio el culo. Sé cuanto te gusta mi culo redondo, como te gusta observarlo y acariciarlo, por eso te lo muestro obscena mientras me introduzco un dedo en el ano y sigo cabalgando sobre tu pene. Poco a poco voy acelerando mis movimientos; ahora sí, quiero correrme, dejar volar el placer para que atraviese todo mi cuerpo y el tuyo. Cabalgo cada vez más deprisa sobre tu sexo, mientras apoyo mis brazos sobre la cama, entre tus piernas abiertas. Empujo con fuerza, haciendo que tu sexo entre en mí una y otra vez. Gimo, gimes, la habitación se llena de jadeos y gemidos placenteros, hasta que me sobreviene el orgasmo y siento como las paredes de mi vagina estrujan tu verga hinchada; tú también lo sientes, por eso tu pene se hincha aún más, empujas contra mí y te corres también, gimiendo y gritando de placer, deseando tocarme, abrazarme, pero tus manos siguen atadas a los barrotes de la cama y eso te desespera.

Cuando dejó de convulsionarme, y mi cuerpo se tranquiliza, me acercó a ti, te desato las manos y por fin puedes abrazarme. Acaricias mis mejillas y me besas apasionadamente, luego me preguntas:

- Y ¿ahora que?

- Ahora… no lo sé.

Erotikakarenc (Autora TR de TR)

IMÁGENES 1 (El castigo)

IMÁGENES  1 (El castigo)

 Me excita verte en esa postura y no puedo dejar de mirarte. Estática, quieta ante mi, esperando a mi próxima orden. Tus manos posadas en el borde de la barra del bar, tratando de aguantar el peso de tu cuerpo, la blusita semitransparente que te regalé, el cinturón de eslabones que te compraste hace medio año y los zapatos de tacón; las piernas dobladas hacía afuera para que pueda observar ese magnifico culo  que abierto se muestra ante mí. Mi sexo está a mil, totalmente erecto. El silencio reina en la habitación y sólo se oye el ruido de mis pasos y tu respiración pausada. Me acerco a ti, y con el látigo que llevo en la mano acaricio la raja de tu culo. Te estremeces y me siento triunfante por lograr ese efecto en ti.

- Julio, por favor, me duelen los brazos y las rodillas – suplicas.

- Ya lo sé, pero eso forma parte del castigo, si te hubieras portado bien ahora no estarías así – contesto a tu suplica con dureza.

Suspiras al comprobar que tu ruego no obtiene resultado. Me arrodillo tras de ti y colando mi mano por entre tus nalgas alcanzo tu sexo y empiezo a acariciarlo, mientras te susurro al oído:

- Ni se te ocurra gemir o excitarte.

Afirmas con la cabeza tratando de controlar tus emociones. Estás excitada y en realidad deseas que te penetre ya, que te haga mía,  pero sabes que no lo voy a hacer, aún no. Te muerdes el labio inferior porque deseas gemir, pero no puedes; mis dedos hurgan en tu sexo y se introducen en tu agujero vaginal. Suspiras acallando un gemido y yo muevo mis dedos dentro y fuera, una y otra vez, acelerando cada vez más el ritmo para comprobar hasta donde eres capaz de soportar. Mueves tu cabeza hacía adelante y atrás, suspiras cada vez más rápidamente. Sé que te estás excitando y que tratas de luchar contra ello, pero no puedes y menos cuando mis labios se posan sobre tu cuello y con la lengua lo acaricio. Toda tu piel se eriza y finalmente:

- ¡Ah! – Un gemido escapa de tu garganta.

 - ¿Qué te he dicho, zorrita?

- Que no gimiera ni me excitara – respondes como una gatita obediente.  

- Muy bien – me pongo en pie y doy un latigazo en el suelo, muy cerca de tu hermoso culo.

Al sentir el aire que el látigo hace te revuelves, seguidamente tiro de tu pelo obligándote a echar la cabeza hacía atrás. Me bajo la cremallera del pantalón, saco mi sexo erecto y te ordeno:

- ¡Chúpalo! Tú, obediente, sacas tu lengua, acerco mi verga y empiezas a lamer.

Sé que la postura es incómoda, que hace que te duelan las cervicales, y que el dolor de mi mano tirando de tu pelo también es molesto, pero me gusta torturarte de esta manera. Suelto tu pelo, ya que sólo alcanzas a lamer un poco el tronco y eso no me satisface lo suficiente. De nuevo me arrodillo junto a ti, y cogiendo el látigo lo paso por entre tus piernas, lo sujeto por cada extremo, lo coloco de modo que pase por entre tus labios vaginales y roce tu clítoris y seguidamente empiezo a moverlo, primero despacio, luego aumento el ritmo adelante y atrás, oigo como empiezas a gemir. Cuando te das cuenta, intentas acallar tus gemidos resoplando y suspirando. Me detengo y te pregunto:

- ¿Te excita esto, cariño?

 - Sí – musitas inevitablemente.

- Bien – añado con picardía, mientras sigo moviendo el látigo hacía delante y hacía atrás.

Oigo que te quejas por lo incómodo de la postura y finalmente te ordeno:

- Anda ponte en pie, pero con la cabeza apoyada junto a tus manos en la barra.

Obedeces y me muestras tu culo y tu sexo en primer plano, lo que hace que mi pene aún se tense más. En realidad, deseo follarte ahora mismo, pero no puedo, no debo hacerlo, tengo que mantener el castigo para excitarte hasta que no puedas soportar más y me supliques que te folle. Ese es mi objetivo que te excites y me pidas que te lo haga.  

Vuelvo a coger el látigo y de nuevo lo coloco entre tus piernas. Lo muevo suavemente durante unos segundos, después aumento el ritmo, hasta conseguir que gimas y entonces te pregunto:

- Dime, como te excita más, así… - hago una pequeña pausa mientras muevo el látigo despacio - …o así… - y vuelvo a moverlo pero está vez más rápidamente.

- Ah! – gimes – por favor Julio, fóllame ya – suplicas excitada.

- ¿Quieres que te folle? – Te pregunto orgulloso y feliz de ver que he conseguido lo que deseaba.

- Sí – musitas excitada.

Sacó el látigo entre tus piernas y me preparo poniéndome detrás de ti. Te sujeto por las caderas y dando un fuerte empujón te penetro con ímpetu, permanezco inmóvil y me recuesto sobre tu espalda. Acerco mi boca a tu oído y te interrogo con voz sensual:

- ¿Es esto lo que quieres?

- Sí – respondes.

Pero antes de que te des cuenta, saco mi sexo de ti con el mismo ímpetu que he utilizado para penetrarte. Gimes al sentirlo y pareces decepcionada. Me encanta verte así, ansiosa por sentirme y desesperada porque no te dejo llegar al éxtasis. Tus mejillas se sonrojan y piel se eriza, estás preciosa. Repito la operación y te penetro bruscamente, de nuevo gimes, y esta vez doy tres fuertes embestidas que te hacen gemir más aún. Nuevamente retiro mi sexo del tuyo. Y otra vez siento en tu gemido la desilusión que mi actitud de causa. Espero unos segundos y vuelvo de nuevo a penetrarte, doy otras tres fuertes embestidas y abandono tu sexo.

- Por favor, Julio – suplicas desesperada y a mi me encanta oír la desesperación en tu voz, oí tus suplicas, sentir que me necesitas, que me quieres, que me deseas.

- ¿Quieres más? ¿Quieres que termine? – Te pregunto.

- Sí – aúllas

- Bien, puedes levantarte – te ordeno.

Me obedeces y te incorporas agradeciendo la nueva postura, ya que tenias los riñones adoloridos.

- Bien, vamos – te digo tomándote del brazo y llevándote casi en volandas hasta nuestra habitación.Por el camino observo tu culo redondo y prominente. Me pone a mil con sólo mirarlo y siento como mi sexo se alza erecto, ansioso por darte ese placer que tanto deseas. Llegamos a la habitación y te ordeno:

- Ponte en cuatro sobre la cama, en el borde a ser posible.

Tú obedeces y te sitúas a gatas con las rodillas en el borde de la cama. Por fin decido liberarme de mis pantalones, bajo los que no llevo nada. El resto de la ropa me la dejo puesta, porque sé como te gusta hacerlo cuando estoy semidesnudo.

Me acerco a ti y acaricio tu sexo suavemente con un par de dedos todo tu cuerpo se eriza al sentirlos, luego los deslizo hasta tu clítoris y lo masajeo. Gimes de placer, sé que tienes los ojos cerrados y que deseas que te lleve al máximo placer, pero finalmente dejo de acariciarte.Empiezo nuevamente el juego de penetrarte con rudeza, arremetiendo unas tres o cuatro veces y abandonando luego tu sexo. Repito la operación mientras oigo como gimes, sé que estas excitada, muy excitada, tanto que en cualquier momento serías capaz de correrte, lo sé. Y esta vez en lugar de sacar mi sexo de ti me detengo y te pregunto:

- ¿Es esto lo que querías, zorrita?

- Sí – gimes – sigue, por favor - suplicas

- Está bien – acepto.

Vuelvo a penetrarte con fuerza, tanta que te echo sobre la cama, y nos quedamos así, tumbados, yo sobre ti, tú debajo, piel contra piel en una unión perfecta. Doy tres fuertes embestidas y me detengo. Beso tu cuello, tu gimes, vuelvo a dar tres embestidas más y de nuevo me detengo. Me quedo inmóvil un rato, sé que tú estás a mil, siento como tu sexo se contrae entorno a mi verga y entonces empiezas a gemir, noto como tu vagina estruja mi verga, te estás corriendo y sin que yo haga nada. Es tal tu grado de excitación que no puedes remediarlo. Gimes alcanzando el orgasmo y entonces empiezo a empujar con fuerza y rapidez para correrme también y no tardo mucho en hacerlo, ya que estoy casi tan excitado como tú. Gimo y me convulsiono sobre ti, hasta llenarte con mi semen. Cuando dejo de agitarme me acuesto a tu lado.

El juego ha terminado. Te acercas a mí y me besas apasionadamente, luego apoyada sobre mi pecho y mirándome a los ojos me dices:

 - Ha sido increíble, has logrado que me corriera sin hacer casi nada. - Ya me he dado cuenta.

- Me has excitado tanto… Esto tenemos que repetirlo – me susurras.

- Cuando tú quieras, Princesa.

Me sonríes pícaramente, parece que estés pensando en el próximo juego que inventaremos. De repente, siento algo extraño entre mis piernas, algo caliente que esta… lamiéndome…siento una boca caliente y húmeda alrededor de mi sexo y…Abro los ojos y…. Tú estás ahí… 

 Erotikakarenc (Autora TR de TR).  

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SUMISAMENTE TUYA

SUMISAMENTE TUYA

Jamás creí que aquella conversación contándote mi insatisfacción me llevaría a sentir todo lo que ahora siento y a convertirme en tu amante, en tu sumisa y ser: sumisamente tuya.

Aún puedo recordar aquel momento como si hubiera sucedido ayer mismo. Pero en cambio, ha pasado ya un año. Un año en el que mi vida sexual, antes aburrida e infeliz, se han convertido en algo placentero y maravilloso, algo que me hace desear con ansiedad que sea la hora a la que cada día me haces tuya. Esa hora en la que me obligas a darte placer y a recibirlo. Nuestra hora.

Ya sólo faltan cinco minutos para que llames al timbre. Como aquel día de hace ahora un año. Eran las cuatro en punto, la hora en que habíamos quedado, hacía un par de semanas que no nos veíamos, así que teníamos mucho que contarnos y habíamos decidido tomar un café mientras nos revelábamos nuestros problemas, nuestras cosas. Llegaste como siempre puntual. Y ansiosa fui a abrir la puerta.

¡Hola Rebeca! – Me saludaste alegremente.

¡Hola Nico! – Te respondí.

Te hice pasar. Llevabas contigo una bolsa de deporte y pensé que venías del gimnasio. ¡Pero que equivocada estaba!.

Entramos en la cocina y nos sentamos en la pequeña mesa donde comemos Pablo, los niños y yo.

Te serví un café y empezamos a hablar.

Bueno, ¿qué me cuentas? – Me preguntaste.

¿Qué quieres que te cuente? Mi vida es muy aburrida, ya lo sabes.

¿Todavía no has solucionado tus problemas sexuales con tu marido? – Eramos tan buenos amigos y hacía tantos años que nos conocíamos (desde que teníamos cuatro años) que me atrevía a hablar contigo de cualquier tema, incluso de mis problemas con Pablo.

¿Con Pablo? No. Mi vida sexual sigue siendo tan aburrida como la de un caracol.

Pues creo que he encontrado la solución a tu insatisfacción.

Recuerdo que te miré con cierta incredulidad en ese momento.

¿Tú, un hombre soltero y sin compromiso cree saber cual es la solución a mis problemas sexuales?.

Sí, no me mires así. Y además voy a tratar de solucionarlos, pero debes hacerme caso en todo lo que te pida, ¿vale?.

Vale, si tú crees que puedes solucionar mis problemas, haré todo lo que me pidas.

Me miraste con cierta picardía en ese momento y sin más me ordenaste:

Desnúdate.

¡¿Qué?! –Te pregunté enormemente sorprendida, como si no hubiera entendido lo que acababas de pedirme.

Que te desnudes, has dicho que harás todo lo que te pida, así que, vamos, desnúdate.

No sé por qué, quizás fue por la firmeza de tu voz, pero lo hice. Me desnudé completamente, ante tu atenta mirada. Estaba algo desconcertada ante la situación, pero a la vez sentía curiosidad.

Ahora ponte sobre esa silla de rodillas. – Volviste a ordenarme.

Y yo sumisamente te obedecí. Me puse de rodillas sobre el asiento. Te acercaste a mí con unas cuerdas en las manos y me ataste de pies y manos a la silla, asegurándote que no me pudiera desatar fácilmente. Mientras lo hacías, indudablemente protesté:

¿Pero que haces?

Atarte para que estés quietecita. – Me respondiste con total naturalidad.

Tras eso, te desnudaste completamente, dejando libre una enorme y larga verga, de unos 20 cm, como jamás había visto en mi vida.

¿Qué te parece mi tranca? – Me preguntaste – Seguro que nunca has visto una así.

No, pero no vas a....

Sí, te la voy a meter por todos tus agujeritos y vas a gozar mucho con ella.

No, Nico, por favor, me va a doler – Protesté algo asustada, pero excitada a la vez, tratando de imaginar las cosas que serías capaz de hacer conmigo y con mi cuerpo.

Miles de veces en los últimos meses me había imaginado en una situación semejante contigo, aunque nunca me atreví a decírtelo, y ahora ese sueño se estaba convirtiendo en realidad.

Pero también la vas a disfrutar como nunca has disfrutado ninguna otra. ¡Anda, abre tu boquita y empieza a chuparla! – Me ordenaste acercándola a mi boca.

Y yo obedientemente hice lo que me pedías. Abrí la boca tanto como pude y saqué la lengua, empezando a lamer el glande. Tú lo empujaste hacía mí y lograste que todo él entrara en mi boca. Comencé a lamerlo y chuparlo, mientras tú me observabas con deseo. Lo curioso de todo es que a los pocos segundos empecé a excitarme, a sentir como mi sexo se humedecía y a desear que me penetraras con aquella polla.

No sé como te diste cuenta, quizás fue por el sugerente movimiento de mi culo pero recuerdo que dijiste:

Estas excitada ¿eh, perra? ¿Quieres que te perfore con mi enorme verga, verdad?

Sin dejar de lamer y chupetear la polla asentí y entonces la sacaste de mi boca. Te acercaste a la bolsa, sacaste un poco de lubricante y untaste el pene con él. Te pusiste detrás de mí y sentí como con una de tus manos acariciabas mi vagina, palpabas mi vulva y pellizcabas mi clítoris produciéndome una agradable sensación de dolor y placer a la vez. Sentí que acercabas el instrumento a mi vulva y de nuevo el miedo al dolor me invadió.

No, por favor, me va a doler.

Quizás, pero también lo estas deseando, putita – Dijiste cínicamente – Así que te la voy meter enterita.

No tuve tiempo de protestar más, porque de un solo empujón me la metiste hasta la mitad.

¡Ah, ay! – Me quejé, a pesar de la excitación sentí un leve dolor, ya que nunca había sido penetrada por algo de semejante tamaño.

Te detuviste y durante un rato permaneciste quieto para que mi sexo se acostumbrara. Entretanto acariciabas mis senos muy suavemente, primero; para pellizcar mis pezones después y tirar de ellos, produciéndome un liviano suplicio que me obligó a quejarme. Atrapaste mis senos entre tus manos y sujetándote con fuerza en ellos, te diste impulso para terminar introduciéndome toda la vara dentro de mí.

¡Ay! – Me quejé al sentir como entraba.

Volviste a quedarte quieto. Yo sentía como las paredes de mi vagina se expandían, como mi sexo estaba completamente lleno de ti, de tu sexo masculino.

Muy bien, nenita. ¿Ves como no ha sido para tanto? Ahora voy a empezar a moverme y no tendré piedad contigo porque quiero que disfrutes como una perra de mi verga.

Tragué saliva y esperé a que empezaras a torturarme con aquel instrumento. Sentía mi sexo húmedo y lleno a la vez. Realmente aquello me estaba resultando excitante. Empezaste a moverte muy despacio, primero en sentido rotatorio, haciendo que la verga chocara con mis paredes vaginales, luego saliendo y entrando muy suavemente tratando de rozar mi punto g con el enorme falo. Enseguida empecé a sentir un placer indescriptible que nunca antes había sentido. Y sin darme cuenta empecé a empujar hacía ti y a gemir excitada.

Ja, ja, ja, te gusta, ¿eh, putita? Estaba seguro que sería así.

Empezaste a acelerar tus movimientos, a cabalgarme cada vez más salvajemente, y mi sexo empezó a palpitar sintiendo como la enorme verga entraba y salía de mí. Estaba en la gloria y me sentía completamente llena. No podía creer que el más grande de los placeres que jamás hubiera sentido me lo estuviera dando mi mejor amigo. Pero tú arremetías cada vez con más fuerza, mientras pellizcabas mis pezones.

¡Arggghhh, ayuyy! – Me quejé y repentinamente sentí que sacabas tu verga, justo en el mismo instante en que estaba a punto de alcanzar el orgasmo. -¿Qué haces? – Te pregunté algo decepcionada.

Espera un segundo, querida.

Te acercaste de nuevo a la bolsa y ví como metías las manos dentro, también pude ver la brillante humedad que mi sexo había dejado sobre el tuyo. Vi que sacabas una pala de matar moscas, brillante y nueva y te acercabas de nuevo a mí.

¿Qué vas a hacer? – Te pregunté.

Nada, querida, sólo demostrarte quien manda aquí. Te voy a follar y cada vez que estés a punto de correrte te pegaré para demostrarte que sólo yo decido cuando te corres, ¿De acuerdo?.

Asentí mansamente. Ya nada podía evitar que hiciera todo lo que me pidieras, habías logrado que fuera tuya y sólo tuya con aquel modo tan brusco de tratarme.

Volviste a penetrarme y de nuevo empezaste a moverte dándome placer. Sentía el instrumento entrando y saliendo de mí, moviéndose en sentido giratorio dentro de mi vagina, rozando el punto g; el placer iba creciendo gradualmente en mí y cuando las paredes de mi útero empezaban a contraerse, sacaste la verga y empezaste a darme con la pala en las nalgas.

¡Ay, ay, ay! – Me quejé.

No me dabas muy fuerte, pero si lo suficiente para que sintiera cierto resquemor en mis posaderas. Cuando creíste que el castigo era suficiente volviste a penetrarme. De nuevo las embestidas, tus movimientos, los míos, las contracciones de mi vagina y de nuevo el castigo. Y la pala siendo sacudida sobre mis nalgas. Empecé a sentir un calor en mis nalgas que además de dolerme me excitaba. Sabía que en cualquier momento me correría, sino por el roce del instrumento, sería por la sensación que me producían los golpes de la pala sobre mis nalgas. Volviste a penetrarme por tercera vez y de nuevo las sensaciones agolpándose en mi sexo y otra vez los golpes sobre mis nalgas enrojecidas; estaba a mil, a punto de correrme. Volviste a introducirte en mí con tu enorme falo y antes de que este volvieras a salir de mí, me corrí en un maravilloso orgasmo. El mejor que jamás hubiera sentido, empecé a gemir y gritar desesperada presa del mayor de los goces. Todo mi cuerpo se contrajo y estremeció haciendo que las cuerdas con las que me habías atado me apretaran y me hicieran daño.

Muy bien, putita. Lo has disfrutado como nunca, ¿verdad?.

Sí... síiii... – Te respondí con la respiración entrecortada y jadeante.

Sacaste el falo de mí y dejaste que descansara un rato, en el cual estuviste buscando dentro de la bolsa algunas cosas más. Vi que sacabas un consolador y algunas pinzas de metal, además de una cámara de fotos, y lo dejabas todo sobre la mesa.

Seguidamente me desataste y me ordenaste:

Vamos al salón.

Te obedecí y una vez allí, te acostaste sobre el sofá con las piernas abiertas. Llevabas la cámara de fotos en la mano.

Bien, ahora vas a comer zanahoria. – Dijiste acariciándote el sexo.

Yo dócilmente me situé entre tus piernas, acerqué mi boca a tu verga y empecé a lamer. Era la primera vez que hacía algo así ya que con Pablo no pasábamos de la típica postura del misionero, traté de aplicarme y hacerlo lo mejor posible. Empecé a chupetear el glande, aplicando un suave masaje con la lengua en él y mordisqueándolo de vez en cuando. Empezaste a gemir excitado, señal inequívoca que mi trabajo era el adecuado, por lo que seguí chupeteando.Descendí con la lengua por el tronco, me introduje uno de tus huevos en la boca y lo chupé, luego hice lo mismo con el otro. Tu cuerpo se contorsionaba y tu respiración se aceleraba.

¡Ah, sí, lo estás haciendo muy bien! – Exclamaste entre jadeos.

Te miré y vi como apretabas el botón de la cámara. Me estabas haciendo fotos, quizás para contemplarlas más tarde y masturbarte viéndolas, recordando el placer que te estaba proporcionando.

Volví a ascender por el tronco hasta el glande, cuando pasándome el vibrador me dijiste:

Toma, méteme esto en el culo.

Lo cogí y giré el botón. El vibrador empezó a oscilar, levantaste el culo un poco, separándolo del sofá. Con un par de dedos descendí hasta tu ano. Lo acaricié suavemente, luego volví a tu sexo y lo acaricié con mi mano mientras seguía chupándolo, volví a tu ano y despacio introduje un par de dedos. Sin duda, no era la primera vez que ese lugar de tu anatomía era visitado. Así que cogí el vibrador , lo chupé para lubricarlo y lo acerqué a tu agujero trasero. Muy despacio lo fui introduciendo.

¡Ah, sí, cariño! – Gemiste.

Empecé a mover el instrumento dentro y fuera de tu ano, mientras seguía chupando tu pene. Tus gemidos se hicieron más intensos y tu cuerpo empezó a convulsionarse cada vez con más rapidez hasta que me tumbaste sobre el sofá, de un solo golpe metiste tu sexo dentro de mí y tras un par de fuertes empujones te corriste llenándome con tu semen. Habías llegado al éxtasis y yo me sentía feliz de haberte proporcionado aquel maravilloso placer.

Cuando terminaste de convulsionarte, oí el reloj de la cocina silbar.

¡Ostras, ya son las seis! – Exclamé nerviosa.

No te preocupes, cielo. Enseguida terminamos. Te has portado muy bien, así que sólo me falta una última cosa por hacer. Vamos, ponte en el sofá con las piernas bien abiertas.

Obedecí una vez más, y abrí las piernas. Cogiste el consolador que seguía vibrando sobre el sofá. Lo acercaste a mi sexo y lo introdujiste en él. Sentí la vibración recorriendo mi sexo. Sentía que podría correrme otra vez.

Y entonces acercaste tu cara a la mía y me dijiste muy seriamente:

Bien, a partir de hoy yo seré tu amo y cada vez que te ordene o pida algo me responderás diciendo: Si Amo. ¿Lo entiendes?.

Sí – respondí.

¿Cómo?

Sí, Amo.

Muy bien. Cada tarde de cuatro a seis serás mía y te daré ese placer que tanto te gusta. ¿Por qué te ha gustado, verdad?

Sí, Amo.

El vibrador seguía oscilando en mi vagina y sentía como un intenso y placentero calor llenaban mi sexo. Justo en ese momento sonó el timbre.

Bien, ahora yo abriré la puerta. Tú te vas a la habitación y te vistes, ¿de acuerdo, guarrilla? - Me ordenaste – Y nada de quitarte eso que he dejado entre tus piernas, no hasta que tengas un orgasmo. ¿Vale?

Vale – Acepté sumisamente.

Me dirigí a la habitación y me puse una bata. Luego volví al comedor. Tú y mis hijos, Alejandra y Mario, de 17 y 18 años respectivamente estabais hablando amigablemente. Entre mis piernas el vibrador seguía moviéndose y yo sentía como los músculos de mi vagina se contraían apresándolo. Sabía que de un momento a otro me iba a correr y tendría que disimular para que mis hijos no se percatasen de lo que sucedía.

¿Te pasa algo? – Me preguntó Alejandra. Supongo que por mi modo de andar, la bata que me había puesto y lo blanca que debía estar mi cara, había notado que algo me pasaba.

No, hija, no pasa nada.

¿Seguro, mamá?

El orgasmo me sobrevino por fin y traté de mantenerme quieta, para que mis hijos no notasen nada, pero me fue casi imposible, una, dos, tres convulsiones sacudieron mi cadera y un leve gemido que intenté acallar escapó de mi garganta. Me sujeté sobre una de las sillas del comedor.

Vuestra madre está muy bien, – Dijiste tú - sólo estaba un poco cansada y se ha echado un rato, ¿Verdad, Rebeca?

Siiii, eso.

Me senté en una de las sillas. Sentía la flojedad de mis piernas y el vibrador moverse dentro de mí. Disimuladamente y después de que tú me hicieras una pequeña indicación me quité el vibrador y lo guardé en uno de mis bolsillos.

Desde aquel día cada tarde de 4 a 6 soy: sumisamente tuya.

 

Erotikakarenc

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